CAPÍTULO 57
CHARLIE
AHORA
La cabaña está en silencio.
Charlie descansa en un enorme sillón de cuero que casi la engulle, con un pie descalzo metido bajo el otro y una manta de lana sobre las piernas, aunque el fuego aún conserva el calor.
Hoy empezó igual que ayer. El mismo despertar lento. La misma cercanía. El mismo intento de fingir que el mundo más allá de estas paredes no existía.
Pero no fueron de excursión.
Se estremece al recordar a Theo: cómo se detuvo en seco, se agachó y señaló la marca en la tierra húmeda.
Huellas de oso.
Theo la había guiado de inmediato de vuelta hacia el refugio, con el cuerpo sutilmente interpuesto delante del de ella, los ojos recorriendo los árboles.
Charlie lo siguió con el corazón desbocado, mientras su imaginación se les adelantaba y veía un oso pardo irrumpiendo de la maleza, las fauces abiertas, las garras relucientes.
Cada rama que se quebraba sonaba como una advertencia. Cada susurro parecía una amenaza.
El camino de regreso se hizo eterno. O tal vez solo lo pareció porque el miedo estira el tiempo, lo adelgaza, hace que cada segundo sea agudo y frágil.
No se había dado cuenta de lo lejos que se habían alejado hasta entonces, de lo fácil que había sido olvidar dónde estaban. Lo expuestos que estaban.
Charlie exhala y se levanta del sillón, que suspira bajo ella. Camina descalza hacia la cocina, el suelo de piedra frío bajo los pies, y llena la tetera en el fregadero. Afuera, el bosque se aprieta contra la cabaña, perenne e interminable.
Theo se ha ido. Hace una hora, salió hacia el pueblo más cercano, a casi cincuenta kilómetros, para abastecerse. Necesitaban espray antiosos, munición para el rifle.
La idea todavía la inquieta.
Ayer, cuando regresaron al refugio, Theo negó con la cabeza y dijo que tendría que haber sabido que no podía salir sin el rifle.
—¿Hay un rifle aquí? —había preguntado ella, incapaz de disimular el filo en su voz.
Theo había parecido genuinamente sorprendido por la pregunta.
—Por supuesto que sí —había dicho, señalando vagamente hacia la naturaleza salvaje más allá de las ventanas—.
Esto es el interior de Canadá. Hay osos pardos, osos negros, lobos, pumas, alces, joder, hasta glotones. No se viene aquí sin estar preparado.
Sin estar preparado.
La tetera hace clic al encenderse. Charlie busca una taza, luego se detiene, distraída por el eco de esa palabra. Añade una bolsita de té y la miel que encontró en la despensa, y observa cómo el ámbar se arremolina y se oscurece mientras vierte el agua.
Theo había seguido hablando con naturalidad, como si se tratara de un pasatiempo. Solía cazar con su padre y su tío. Sobre todo ciervos. A veces alces. Era lo que hacía la gente, sin más.
Ella no había preguntado nada más. No se había fiado de sí misma para hacerlo.
Charlie lleva la taza a la encimera, la envuelve con las manos y deja que el calor le penetre en las palmas. Piensa en el almuerzo, quizá sopa, algo caliente y sencillo. Piensa en lo aislados que están aquí, en lo lejos que queda Houston, como una fiebre que por fin se le ha pasado.
Y entonces, sin quererlo, piensa en lo que Theo dijo ayer sobre su hermana.
—Ya no hablamos —había dicho, con la mirada en los árboles—. En realidad... no hablamos en absoluto. Está muerta para mí.
La frase le pesa en el pecho. La gente lo dice constantemente, pero rara vez en sentido literal. Suele significar traición. Algo imperdonable. Una fractura tan profunda que nunca sanó.
Charlie se pregunta qué pudo haber pasado. Se pregunta lo grave que tuvo que ser.
Se lleva la taza a los labios cuando el móvil vibra en la encimera.
Su primer pensamiento es Theo. Baja la mirada.
Se le encoge el estómago, una sensación aguda y fría, como si hubiera pisado en falso en una escalera.
Harry Nichols.