El día que desapareció CAPÍTULO 55
89%

CAPÍTULO 55

CHARLIE

AHORA

El aire es diferente en la Columbia Británica.

Nítido y limpio, con aroma a pino y tierra húmeda.

Imponentes árboles de hoja perenne se apiñan junto a las estrechas carreteras, con las copas perdiéndose entre nubes bajas que se desplazan perezosamente por las montañas.

Todo se siente antiguo y vigilante. La cabaña está enclavada en el bosque como si se escondiera a propósito, toda de madera oscura y piedra, con el lago detrás, cristalino e inmóvil, reflejando el cielo gris.

Hace dos días, huyeron de Houston en un vuelo nocturno, escapando mientras la ciudad dormía. Charlie llevaba una gorra de béisbol bien calada y mantuvo la cabeza gacha, con el corazón desbocado, temiendo que alguien pudiera reconocerla a pesar de todo. Theo le apretó la mano durante todo el vuelo.

Por un momento, un momento frágil y suspendido, escapar en medio de la noche la hizo sentirse exactamente como cuando tenía once años.

Huyendo sin saber adónde iba. Con la única certeza de que tenía que marcharse.

El recuerdo se desliza sin previo aviso.

Había estado dormida, o algo parecido, atrapada en otro de esos sueños en los que el rostro de Leila aparecía y desaparecía sin cesar.

Desde que encontraron el cuerpo de Leila en el bosque detrás de la escuela primaria, los sueños no habían parado.

Nunca se despertaba descansada, solo alterada, con el corazón acelerado y las sábanas enredadas en las piernas.

Su padre entró en su habitación esa noche sin llamar.

La puerta crujió al abrirse y ella se despertó de golpe, con la respiración atrapada en la garganta.

Él estaba de pie a los pies de su cama, una silueta oscura contra la tenue luz del pasillo.

Su expresión era rígida, furiosa de un modo que parecía irradiar calor.

Encendió la luz del dormitorio de un manotazo y la cegó.

—Levántate —espetó—. Haz una maleta.

Estaba aturdida, confundida, con las extremidades pesadas al incorporarse. No se movió lo bastante rápido.

La bofetada le cruzó la cara, fuerte y sonora.

Ya completamente despierta, reprimió el sollozo mientras él ladraba órdenes. Con las manos temblorosas, metía ropa en la mochila. No sabía qué llevarse. No sabía adónde iban.

—Es culpa tuya que tengamos que irnos —despotricó su padre—. Hiciste que la policía sospechara de ti, y ahora quieren volver a hablar contigo.

—No les diré nada —prometió Charlie—. No voy a...

La agarró del brazo y tiró de ella hacia él.

—No tendrás otra oportunidad de joderlo todo. Ya es bastante malo que encontraran a esa pequeña zorra, y todavía me pregunto cómo lo hicieron porque me aseguré de que estuviera bien escondida para que nadie la descubriera, pero no puedo evitar pensar que me has traicionado.

Charlie tragó saliva y negó con la cabeza, con una mueca de dolor por cómo él le apretaba el brazo, los dedos clavándosele en la carne.

—No he dicho...

Su padre la fulminó con la mirada.

—Más te vale que no. O te romperé el cuello, te cortaré en pedazos y te daré de comer a los cerdos de la granja de mi abuelo.

Aterrorizada ante la idea, gimió mientras las lágrimas le escocían en los ojos.

—Ahora termina de hacer la maleta y baja —dijo, y la soltó con un empujón que la hizo tambalearse hacia atrás, a punto de caer.

Abajo, el vestíbulo olía a humo de cigarrillo.

Su madre estaba junto a la puerta principal, vestida como si fueran a misa, con un vestido azul marino y perlas. Tenía el rostro pálido y los ojos enrojecidos. Fumaba con dedos temblorosos y no miraba a Charlie.

Su padre sacó el equipaje al coche y volvió a entrar, impaciente.

—Vamos.

Su madre habló por fin, con un hilo de voz:

—¿De verdad crees que es necesario irnos?

—Sí —dijo su padre con sequedad—. Quieren meter a Charlie en la cárcel por lo que le pasó a la pequeña zorra de los Marsh. No vamos a quedarnos para eso.

Charlie no lo había entendido todo entonces. Solo el miedo y la certeza de que algo terrible los perseguía, y huían de ello.

—Estás muy callada —dice Theo.

Charlie parpadea y vuelve al presente.

Caminan por el bosque, con la luz de media mañana filtrándose entre ramas cubiertas de musgo. El suelo es blando bajo sus botas; las agujas crujen suavemente a cada paso. A lo lejos, el agua corre sobre las rocas.

Se habían despertado temprano esa mañana, con la pálida luz del norte colándose por las cortinas.

Por primera vez en lo que parecía una eternidad, su cuerpo se había relajado lo bastante como para desearlo, para dejarse hacer el amor sin que su mente se adelantara al desastre.

Después, bebieron café en la pequeña mesa de la cocina, comieron tostadas con huevos y decidieron salir antes de que se cubriera el cielo.

—Estaba pensando —dice ella con cautela—. En lo tranquilo que es esto.

Theo sonríe.

—Lo es. Me encantaba venir aquí en invierno con mis padres. Y con mi hermana.

Charlie lo mira.

—¿Tu hermana?

Él asiente, con la mirada al frente.

—Sí.

Ella frunce ligeramente el ceño.

—No sabía que tuvieras una hermana.

Theo se detiene un momento y luego dice:

—Ya no hablamos mucho.

—Ah.

Ella vacila.

—¿Por qué?

Theo exhala despacio.

—Porque está muerta para mí.

Un escalofrío le recorre la espalda a Charlie. El bosque de pronto parece más cercano, más denso, como si se hubiera inclinado para escuchar.

—¿Qué quieres decir? —pregunta ella.

Theo se detiene.

—¿Qué pasa? —pregunta Charlie, con el corazón acelerado.

Se agacha despacio, con la mirada fija en el suelo frente a ellos. El bosque está en silencio, sin pájaros, sin viento. Solo el rumor lejano del agua.

Theo señala y dice:

—Huellas de oso...