CAPÍTULO 53
CHARLIE
AHORA
Charlie va de la ventana al sofá, luego a la pequeña mesa del comedor, y vuelve a empezar.
La suite del hotel es demasiado silenciosa, demasiado beige, demasiado provisional.
Otra habitación anónima con cortinas opacas y arte que parece elegido por un comité con miedo a ofender a nadie.
El cuarto hotel en cuatro semanas. Quizá el quinto, ya ha perdido la cuenta.
Siguen mudándose porque alguien siempre los encuentra.
Una foto borrosa publicada en internet. Un TikTok grabado desde el otro lado de la calle.
Un hombre en el vestíbulo fingiendo mirar el móvil mientras la observa con demasiada fijeza.
Fuera, la lluvia empapa la ciudad y convierte los faros en halos difusos.
No ha salido en todo el día. No ha querido.
Cada vez que abre una puerta, casi espera un flash de cámara.
O un periodista exigiendo declaraciones.
O un desconocido que piensa que debería morirse e irse al infierno por no haber contado lo de Leila antes.
El móvil vibra sobre la mesa.
Charlie se queda paralizada, el corazón desbocado, y luego exhala al ver que es solo otro correo.
Otra «solicitud de comentario», otro presentador de podcast asegurándole que será «respetuoso», otro bloguero de crímenes reales que dice estar de su lado mientras le pide que reviva los peores momentos de su vida.
No responde. Ya casi nunca lo hace.
Theo está en el pequeño escritorio junto a la ventana, con el portátil abierto y los hombros encorvados.
Trabaja a distancia desde que todo pasó, pero Charlie percibe la tensión que emana de él.
El tono cortante en las videoconferencias.
Los largos silencios después. Cómo los correos de su jefe han pasado de «Tómate el tiempo que necesites» a «Necesitamos que vuelvas a la oficina cuanto antes».
Charlie odia que esto le esté costando todo lo que tanto le costó conseguir. Odia que su vida haya estallado y que la metralla siga alcanzándolo también a él.
Los detectives no aflojan. Llaman y mandan correos pidiendo aclaraciones y cronologías.
Charlie se repite que es normal. Que esto es lo que pasa cuando un caso así salta a la opinión pública.
Pero una vocecilla venenosa sigue susurrándole que no la creen.
Que esperan a que meta la pata. Que cualquier día de estos, alguien la mirará raro y dirá «Necesitamos que venga a comisaría».
A veces siente que todavía tiene once años, sentada en aquel sofá, respondiendo preguntas con cuidado, aprendiendo demasiado pronto que la verdad no siempre es lo más seguro.
Su madre lleva semanas sin hablarle.
El silencio es peor que los gritos. Peor que la incredulidad lanzada de un extremo a otro de la habitación.
Las últimas palabras de su madre aún resuenan en la cabeza de Charlie.
«Ya no sé quién eres», seguidas de un clic y el tono de marcado.
Sin llamadas devueltas. Sin mensajes. Sin respuestas. Solo ausencia.
Charlie se lleva la mano al pecho, intentando respirar pese a la opresión que siente ahí. Su madre no la cree. O tal vez sí y no puede soportarlo. En cualquier caso, es como otra pérdida más apilada sobre todas las demás.
Se deja caer en el borde de la cama y se queda mirando la pared.
—¿Cuánto tiempo más crees que podemos seguir así? —pregunta en voz baja.
Theo levanta la vista del portátil. Su mirada se dulcifica al instante, como siempre que la mira. Cierra el ordenador sin rechistar y va a sentarse a su lado.
—No lo sé —admite—. Pero no mucho más.
Ella suelta una risa débil.
—Eso me temía.
Se quedan en silencio un momento. El tintineo lejano de un ascensor en algún lugar del pasillo. Charlie se siente atrapada entre paredes que no son suyas.
—Siento que me estoy volviendo loca —dice al fin—. Como si no pudiera pensar con claridad. Cada vez que suena el teléfono, creo que es la policía. O la prensa. O alguien que me odia.
Theo asiente.
—Lo sé.
—Y los detectives... —se le tensa la voz—. Siguen haciendo las mismas preguntas. Una y otra vez. Como si esperaran a que mi versión cambie.
—Tienen que ser minuciosos —dice Theo con suavidad, aunque a ella no se le escapa el esfuerzo que le cuesta—. Eso no significa que no te crean.
Quiere creerlo. De verdad que quiere. Pero no puede evitar pensar que los detectives sospechan de ella.
Que su historia no cuadra. Es demasiado limpia.
Demasiado concisa. Demasiado perfecta. Así, sin más, después de tanto tiempo, decide contar la verdad.
Su padre psicótico mató a Leila Marsh. Y resulta que acaba muerto cuando su marido, al intentar protegerla, cae rodando por las escaleras con él.
Su padre se parte el cuello. Theo queda maltrecho, pero sobrevive.
A veces, su historia suena demasiado conveniente.
Eso es lo que dicen en los comentarios y foros de internet sobre el caso.
La gente cree que ella mató a Leila, que su padre lo descubrió, fue a casa a encararla, y ella lo mató.
Luego obligó a Theo a ayudarla a taparlo todo.
«Se inventaron esa historia de mierda de que su padre mató a Leila Marsh», recuerda haber leído en un comentario.
Charlie se sintió enferma, hundida y aterrada al ver cuánta gente había dado like al comentario y compartía esa conclusión. Porque ¿por qué iba el padre a matar a Leila? ¿Qué problema podía tener con una niña de doce años?
Pero no conocían a su padre.
No sabían que era retorcido, despiadado y abyecto. «He querido matar a alguien desde que era joven».
Theo se aclara la garganta, duda y luego dice:
—He estado pensando en algo.
Charlie lo mira fijamente. Esa frase, «He estado pensando», le encoge el estómago.
—¿Qué?
—Deberíamos irnos de aquí.
Charlie frunce el ceño.
—Theo, ya lo hemos intentado.
—No me refiero a otro hotel.
—¿Entonces?
—A algún sitio... lejos.
—¿Qué quieres decir?
Esboza una sonrisa tímida.
—La naturaleza salvaje de Canadá.
Parpadea.
—¿La qué?
—Mi tío tiene un sitio allí arriba. Está en medio del bosque —dice—. Sin vecinos en kilómetros a la redonda. Sin prensa. Sin cobertura de móvil, a menos que la busques expresamente.
La idea la sacude como un golpe de frío. Fría. Vigorizante. Aterradora. Y extrañamente atractiva.
—Canadá —repite.
—Columbia Británica —dice—. Solo montañas, árboles y silencio.
Intenta imaginarlo. Sin reporteros. Sin gente que se crea con derecho a opinar sobre su vida.
—No sé si podré soportar estar a solas con mis pensamientos así —admite.
Theo le coge la mano y entrelaza los dedos con los de ella.
—Ya lo estás. Al menos allí no tendrás público.
Se le cierra la garganta.
—Y antes de que lo digas —continúa—, sí, sé que en el trabajo las cosas están complicadas. Pero puedo tomarme unos días. Un fin de semana largo. Yo también lo necesito.
Lo mira, fijándose en el moretón amarillento sobre el ojo, ya casi desvanecido. En la tensión que carga incluso cuando intenta parecer tranquilo. En la culpa que no lo ha abandonado desde aquella noche.
—Sigues culpándote —dice en voz baja.
Él aprieta la mandíbula.
—Intento no hacerlo.
—Tú no lo mataste —dice, por lo que parece la centésima vez—. Fue un accidente.
—Lo sé —dice, y luego, más bajo—: pero si no me hubiera peleado con él...
—Me habría matado —lo interrumpe—. Me salvaste la vida.
Theo la mira, con un destello de dolor en el rostro.
—Eso no lo hace más fácil.
—Lo sé —concede ella—. Pero...
Se quedan sentados, con las manos entrelazadas, aplastados por el peso de todo. Charlie se siente agotada hasta los huesos. Está cansada de que la observen, de que duden de ella, y harta de aguantar los juicios y las teorías de todo el mundo.
—De acuerdo —dice por fin—. Vámonos.
El alivio inunda el rostro de Theo tan deprisa que casi la hace llorar.
—Yo me encargo de todo —dice—. Desapareceremos unos días.
Charlie asiente. Desaparecer suena bien. Necesario, incluso.
Mientras Theo coge el móvil, Charlie se recuesta contra el cabecero y cierra los ojos. Por primera vez en semanas, la idea del futuro no le parece un túnel que se estrecha.
Una casa aislada en plena naturaleza podría ser justo lo que necesitan. Sin cámaras ni micrófonos. Solo árboles y silencio.
Y la esperanza, frágil, tímida, de que lejos del ruido pueda por fin respirar.