CAPÍTULO 49
HARRY
AHORA
Harry cierra con llave la puerta principal de la cafetería y le da la vuelta al cartel para poner CERRADO; el chasquido hueco del pestillo resuena más fuerte de lo que debería en el espacio vacío.
El local huele a café quemado y a limpiador con olor a limón, esa mezcla familiar de final de jornada que normalmente lo tranquiliza. Esta noche, no.
Cumple el ritual en piloto automático: limpia la barra, apila las sillas, tira los posos del café, todo mientras nota algo pesado en el pecho. Arrepentimiento, sobre todo. Y una sensación sorda y creciente de fracaso.
El podcast tenía que significar algo.
Había pensado que si hablaba con el Sr. Shaw, si localizaba a antiguos compañeros de clase o incluso contactaba de nuevo con alguno de los detectives que habían trabajado en el caso, algo acabaría saliendo a la luz.
Una confesión. Una contradicción. Un detalle que a todos se les hubiera pasado por alto.
Pero no fue así.
Ninguna revelación. Ninguna verdad enterrada que saliera a la luz.
Solo los mismos fragmentos de siempre, el mismo misterio sin resolver que llevaba una década enfriándose.
Entonces, ¿por qué iba nadie a escuchar?
¿Por qué iba a importarle a nadie su repaso trillado de una chica que todos los demás ya habían olvidado?
Aprieta la mandíbula mientras rocía limpiador sobre la última mesa y frota con demasiada fuerza, sin poder dejar de pensar en la última vez que vio a Charlie. Su rostro aparece en su mente. Cómo lo había mirado cuando se dio cuenta de lo que él había hecho.
La nota en el reverso del cartel de persona desaparecida.
Enviársela a su padre había sido un error. Ahora lo sabe con brutal claridad. Una apuesta estúpida y cruel disfrazada de instinto investigador.
Se había dicho a sí mismo que solo era presión.
Que a veces la verdad solo salía a la superficie cuando la gente estaba suficientemente asustada.
Se había convencido de que los padres de Charlie, especialmente su padre, la habían mantenido callada todos estos años, y que si sacudía la jaula con la fuerza suficiente, algo acabaría soltándose.
Pero no se soltó nada. Salvo la frágil confianza que Charlie le había dado.
Harry tira la bolsa de basura con las manos moviéndose mecánicamente mientras sus pensamientos dan vueltas.
Sabe que Charlie sabe más de lo que ha dicho.
Lo nota en los huecos de su historia, en cómo se estremece ante ciertas preguntas, en cómo se le tensa la voz cuando sale el nombre de Leila. Quizás incluso sepa quién la mató.
Y él había intentado obligarla a hablar.
La certeza se le asienta como una piedra en el estómago.
Se apoya en la barra y exhala lentamente, con la mirada fija en las ventanas oscurecidas. Quizás esta sea la señal que lleva ignorando todo este tiempo. Quizás todo esto —el podcast, la investigación, la obsesión— no sea más que su forma de evitar lo inevitable.
La facultad de Derecho.
El bufete de su padre.
Una vida limpia y predecible donde los problemas llegan bien empaquetados y con solución, donde uno no acosa a familias en duelo ni aterroriza a personas que le importan en nombre de la «verdad».
Podría hacerlo. Fácilmente. Entraría. Se graduaría. Nunca volvería a preocuparse por el dinero, el trabajo o el sentido de su vida. ¿Sería tan malo?
Todavía le está dando vueltas cuando suena el teléfono.
Harry se queda inmóvil.
Durante un segundo irracional, está convencido de que es el dueño de la cafetería, que llama para pedirle que cubra otro turno. Hace una mueca y coge el teléfono.
El nombre de Charlie brilla en la pantalla.
Se le para el corazón.
Responde de inmediato.
—¿Charlie?
Lo primero que oye es su respiración. Irregular, entrecortada, como si estuviera intentando no sollozar ni gritar. Se le encoge el estómago.
—Eh —dice rápidamente, con voz más suave—. Tranquila. Respira y dime qué pasa.
Hay una pausa. Un suspiro tembloroso.
Luego su voz, débil y quebrada, a punto de romperse.
—Mi padre —dice—. Harry..., mi padre...
Se interrumpe, y por un instante él piensa que se ha cortado la llamada.
Entonces ella se obliga a hablar.
—Está muerto.