CAPÍTULO 48
CHARLIE
HACE QUINCE AÑOS
La sala de la piscina olía a cloro y a sangre.
Charlie estaba cerca de la puerta, descalza sobre las baldosas frías, con los dedos de los pies encogiéndose y estirándose como si su cuerpo intentara echar raíces en el lugar.
Leila yacía en el suelo, todo en ella estaba mal, demasiado quieta, las extremidades en ángulos extraños, el pelo oscurecido y apelmazado en el cuero cabelludo.
Charlie no conseguía mirarla mucho rato.
Cada vez que la mirada se le iba hacia allí, su mente resbalaba, como si patinara sobre hielo.
Su padre se movía con determinación.
Abrió un armario y sacó sábanas limpias, blancas, gruesas como las de hotel, del tipo que a su madre le gustaban porque daban a las camas un aspecto «ordenado».
No dudó, pero tampoco se apresuró. Colocó una toalla doblada bajo los hombros de Leila y otra alrededor de las piernas, envolviéndola como quien empaqueta la compra o un mueble frágil.
Charlie quería gritar. O correr. O desaparecer.
El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que su padre podía oírlo.
Pensó en su madre, que no podía ayudarla porque estaba fuera de la ciudad, visitando a su abuela, sin saber que su propio padre la estaba aterrorizando y atormentando.
Se imaginó pasando a toda prisa junto a él, corriendo hacia el teléfono, llamando a la policía, contándolo todo antes de que pudiera detenerla.
Entonces recordó su voz en la oscuridad.
Mataré a tu madre. Luego te mataré a ti. Y después, me meteré una bala aquí mismo.
El pensamiento la paralizó en el sitio.
Afuera, la noche se apretaba contra las paredes de cristal de la sala de la piscina.
El verano de Houston no refrescaba solo porque el sol se hubiera puesto.
El calor se aferraba, húmedo y opresivo, pegándose a la piel.
El sudor le corría por la espalda. El aire vibraba con el canto de las cigarras, un sonido tan intenso que parecía tener vida propia.
Su padre terminó de atar las sábanas formando un bulto tosco. Se enderezó y la miró.
—Vamos —dijo.
Las piernas se le movieron antes de que su mente diera su consentimiento.
Salieron de la caseta de la piscina al jardín, donde las luces exteriores proyectaban sombras largas y distorsionadas sobre el césped. La hierba aún estaba caliente bajo sus pies. En algún lugar cercano, los aspersores siseaban suavemente, absurdos y domésticos.
Avanzaron hacia la parte trasera de la propiedad, hacia la densa hilera de hibiscos que marcaba el límite del jardín cuidado.
Las flores se erguían en la oscuridad, con los pétalos pesados y un olor dulzón, casi podrido.
Su padre apartó las ramas con la mano libre y Charlie se deslizó tras él; las hojas le rozaban los brazos y le dejaban rastros húmedos en la piel.
Más allá de los arbustos, el bosque se los tragó.
El aire cambió de inmediato. Era más espeso, más terroso. El suelo era irregular, con raíces que se retorcían como venas bajo la tierra. Los mosquitos le zumbaban en los oídos. Espantó uno con la mano y casi tropezó.
Su padre caminaba delante, cargando a Leila con sombría eficiencia. Charlie iba detrás, con los pensamientos desbocados. Conocía aquel lugar. Cada paso le provocaba una oleada de reconocimiento enfermizo.
La escuela primaria no quedaba lejos.
Recordaba haber jugado allí una vez, años atrás. Corriendo entre aquellos mismos árboles. Darse cuenta de ello la mareó. Volvió a pensar en huir, en girar bruscamente y salir corriendo hacia las luces, la casa, la seguridad.
Pero la seguridad tenía un precio. Y ella sabía cuál era.
Se detuvieron en lo profundo del bosque, donde la maleza crecía espesa y enmarañada. Su padre depositó el cuerpo de Leila y lo empujó bajo un grupo de arbustos, quebrando ramas, echando hojas encima hasta que desapareció bajo la pila.
Su padre dio un paso atrás y examinó su trabajo.
—Con eso basta —dijo.
Charlie miraba fijamente el lugar donde Leila había desaparecido, con el pecho doliéndole, la garganta en carne viva. El bosque parecía cerrarse a su alrededor, el sonido de los insectos ensordecedor, implacable.
Su padre se volvió hacia ella y la miró fijamente con ojos implacables.
—Olvídate de lo que le pasó a Leila. ¿Entiendes?
Charlie asintió, con la sensación de que el cuello se le iba a partir.
—No le cuentes a nadie, y cuando digo nadie es nadie, lo que le pasó —continuó—.
Tienes que mantener la boca cerrada. Cuando Leila no vuelva a casa, sus padres se preocuparán y seguramente llamarán a la policía.
Y la policía querrá hablar con todos los amigos de Leila, lo que significa que querrán hablar contigo.
A Charlie se le aflojaron las piernas solo de pensar en hablar con la policía.
—Tienes que decirle a la policía que la última vez que viste a Leila fue en el colegio —le indicó su padre—. Les dices que no sabes qué le pasó. Les dices que no sabes nada.
—Pero... eso no es verdad.
—La verdad no importa —dijo su padre—. Lo que importa es asegurarnos de que tú, tu madre y yo sigamos vivos.
Porque si le dices a la policía que me vi obligado a deshacerme de esa pequeña zorra para protegerte, no lo entenderán.
Te llevarán y te encerrarán en algún centro de menores donde abusarán de ti y te maltratarán.
Charlie se estremeció solo de pensarlo, aunque sabía que aquello no era cierto, que no iría a la cárcel porque no había hecho nada malo.
O... ¿sí lo había hecho? Ella no había matado a Leila, pero...
si no le decía la verdad a la policía, entonces...
eso estaba mal. Estaba mal mentirle a la policía, y no sabía si podría hacerlo, pero si no lo hacía, entonces...
Su padre dijo:
—Si le dices la verdad a la policía, no podré protegerte. La policía se te llevará, y entonces tu madre se suicidará, y yo me veré obligado a suicidarme, y te quedarás sola. Serás huérfana, y no quieres que eso ocurra, ¿verdad?
Charlie negó con la cabeza.
—Así que tienes que mantener la boca cerrada —dijo—. O si no...
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos, pesadas y definitivas.
Charlie asintió de nuevo, con las lágrimas deslizándose en silencio por su rostro y perdiéndose en la oscuridad mientras se daban la vuelta y emprendían el largo camino de vuelta a través del bosque.