El día que desapareció CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

CHARLIE

AHORA

Una semana después, su padre se presenta en su casa sin avisar.

Charlie sabe que es él antes incluso de llegar a la puerta.

La llamada no es educada ni vacilante. Es seca, autoritaria, el tipo de llamada que da por hecho que abrirán. Se le tensa el estómago, un pavor familiar se acumula en su pecho.

Abre la puerta, y ahí está él, con el aspecto de siempre. Sereno y seguro de sí mismo, con un abrigo caro, los ojos fríos y escrutadores.

Cruza el umbral sin pedir permiso y dice:

—Me enteré de ese podcast.

Charlie parpadea mirándolo, con el pulso ya desbocado. Mantiene la voz plana, cautelosa.

—No sé de qué hablas.

La boca se le curva, aunque no llega a ser una sonrisa.

—No me mientas.

Se clava los dedos en la tela de la manga. Siente el corazón latiéndole en la garganta.

—Shaw me llamó —dice él.

El nombre cae como un plato al suelo.

—¿El Sr. Shaw?

—Sí. El Sr. Shaw —da un paso hacia ella, invade su espacio y la obliga a echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos—. Quería saber si ese pequeño cabrón de Harry Nichols me había contactado para una entrevista en un podcast. Un podcast sobre el asesinato de Leila Marsh.

La habitación parece estrecharse, las paredes cerrándose sobre ella. Charlie traga saliva. Tiene la boca seca.

Había pasado una semana desde que vio a Harry, desde que encontró la nota amenazante en casa de él, evidencia de su traición, prueba de que había sido una tonta al confiar en él.

Harry le había enviado las notas amenazantes en lo que solo podía ser un intento enfermizo y demente de asustarla para que revelara la verdad sobre lo que le pasó a Leila.

Había fingido ayudarla sabiendo todo el tiempo que él era el culpable.

Charlie odiaba haber participado en su podcast, haberle dado material para retorcer y manipular hasta convertirlo en algo morboso.

Odiaba aún más haber empezado a pensar en Harry como un amigo, alguien en quien tal vez podría confiar.

Alguien con quien podría, por fin, ser honesta sobre la desaparición y el asesinato de Leila.

Avergonzada de haber sido tan crédula, Charlie había decidido olvidarse de Harry.

Pero ahora su padre estaba aquí, y sabía lo del maldito podcast. Iba a tener que convencerlo de que no le había revelado sus secretos a Harry, aunque solo pensarlo le revolvía el estómago y la hacía sentirse traidora... y cobarde.

¿No le había prometido a su padre que no se quedaría callada por más tiempo? ¿Que le diría al mundo el monstruo atroz que era en realidad?

Y sin embargo, no lo había hecho...

Como su padre le había ordenado, se había quedado callada.

—No tenía ni idea de qué demonios estaba hablando —continúa su padre, con voz casi coloquial—. Entonces Shaw dice que Harry le contó que ya te habían entrevistado.

Charlie niega con la cabeza automáticamente.

—Yo no... —la mentira se le atraganta. Cierra los ojos medio segundo, lo justo para sentir el peso de todo aplastándole el pecho. No tiene sentido. Él ya lo sabe.

La mirada de su padre se afila, depredadora.

—¿Qué le dijiste a Nichols?

Charlie vacila. Le vienen imágenes a la cabeza. El rostro sincero de Harry, el micrófono sobre la mesa, la forma cuidadosa en que la había mirado, como si fuera frágil y peligrosa a la vez. Se le retuerce el estómago.

—Las mismas cosas que me dijiste que le dijera a la policía —dice—. Que no estuve en su casa. Que solo la vi en el colegio. Que no sé nada.

Por un momento, él no dice nada. El silencio se extiende, denso y vibrante, hasta que le zumban los oídos.

Se le aprieta el pecho. El alivio que debería sentir no llega. En cambio, algo amargo le sube por la garganta. Cierra las manos en puños a los costados. Siente las uñas clavándosele en las palmas, anclándola, manteniéndola en pie.

—Pero ojalá no hubiera mentido —dice. Le tiembla la voz. No intenta disimularlo—. Porque mereces pagar por lo que le hiciste a Leila.

Las palabras quedan suspendidas entre ellos, irrevocables.

—Pequeña puta desagradecida —dice con desprecio—. ¿Crees que tengo que pagar por asegurarme de que esa zorrita no te arruinara la vida?

El corazón se le acelera. Lo siente en la garganta, en las yemas de los dedos.

—Tienes que irte.

Él se gira lentamente, recorre con la mirada el vestíbulo, la altura de los techos, el lujo silencioso. Vuelve a mirarla.

—Le dijiste la verdad a Nichols, ¿verdad?

—No le dije nada —dice, esforzándose por mantener la voz firme—. Te dije que no lo haría, y no lo hice, así que tienes que irte. Ahora.

Por un momento, él la estudia.

—Siempre has sido una mentirosa pésima.

Algo en ella se quiebra. Tal vez es el miedo, o las notas que Harry envió, o el recuerdo de las manos de su padre en el cuello de Leila, que no la deja en paz.

—Ya no te tengo miedo —dice con voz temblorosa pero firme.

El aire parece escaparse de la habitación.

La expresión de su padre se endurece, la leve sonrisa se desvanece.

—¿Qué —pregunta en voz baja— significa eso?

—Significa que te vayas —dice Charlie—. Ahora. O cumpliré mi promesa de contarle a todo el mundo lo que le hiciste a...

La bofetada llega de la nada, el sonido seco y definitivo. La cabeza le gira hacia un lado. Pierde el equilibrio y cae con fuerza, el mármol frío contra las palmas, la mejilla ardiendo. Por un segundo, no puede respirar. Saborea sangre.

—Levántate —dice él. Las palabras suenan calmadas, ensayadas. Peor que si gritara.

Charlie se levanta como puede, con el pánico inundándole las extremidades, y echa a correr.

Su cuerpo sabe qué hacer antes de que su mente reaccione.

Las escaleras se desdibujan bajo sus pies mientras sube a toda prisa, con el pecho oprimido, la respiración entrecortada.

La casa se despliega a su alrededor, los pasillos demasiado largos, las puertas demasiado separadas. Cada pisada retumba como un disparo.

Está pasando otra vez.

Tiene once años, descalza en la oscuridad, corriendo sobre la hierba resbaladiza de rocío. Los árboles le arañan los brazos. Los pulmones le arden. Sabe que él viene detrás. No hay adónde ir. Nunca lo hay.

Charlie llega al dormitorio y apenas tiene tiempo de darse la vuelta y cerrar la puerta antes de que él aparezca.

La mano de él se cierra en torno a su brazo y tira de ella hacia atrás con tanta fuerza que los dientes le chocan. Ella grita, intenta zafarse, pero él la estampa contra la pared. El impacto hace temblar las fotos enmarcadas. Algo cae y se hace añicos en el suelo.

—¿Crees que puedes amenazarme? —dice él, con el aliento caliente contra la cara de ella. Está perdiendo el control. Ella lo nota en su voz—. ¿Después de todo lo que he hecho por ti?

Ella forcejea en vano, le empuja el pecho con las manos, le araña la tela con las uñas.

—Debería haberte matado hace años —dice.

—No... por favor... no... —suplica Charlie mientras intenta liberarse, horrorizada por la determinación en su mirada, por lo definitivo de su expresión.

—Voy a matarte.

Charlie le cree. No quiere creerle. No quiere pensar que pueda ser tan despiadado y brutal. Quiere creer que, aunque sea un monstruo, aún la quiere, aún se preocupa por ella, porque es su padre.

—Zorra estúpida —sisea con los dientes apretados—. ¡Te dije que mantuvieras la boca cerrada!

Le da un revés, no tan fuerte esta vez, casi descuidado, y ella tropieza, apenas logra mantenerse en pie.

—No... no... —suplica, pero sabe que no sirve de nada. Va a hacerlo. Va a matarla. No va a escapar. Da igual cuánto lo intente. Da igual cuánto suplique o luche. Va a rodearle el cuello con las manos y estrangularla, igual que hizo con—

—¿Qué demonios está pasando?

La voz de Theo corta el aire, tajante e incrédula.

Su padre se gira, sobresaltado, y afloja el agarre lo suficiente para que Charlie se libere. Theo ya se ha puesto en movimiento y se interpone entre ellos sin dudarlo.

—Aléjate de ella —dice Theo.

—Esto no es asunto tuyo —responde su padre. Su voz se suaviza, se recompone—. Esto es entre mi hija y—

Theo lo empuja.

Con fuerza.

Segundos después, colisionan. Los cuerpos chocan contra la cómoda, los cajones se abren con estrépito.

Su padre lanza un puñetazo, torpe por la rabia.

Theo se agacha, le agarra la chaqueta, y forcejean.

Chocan contra la cama, la lámpara cae y se estrella en el suelo.

Charlie se deja resbalar por la pared, se abraza a sí misma, cada músculo en tensión, la mente gritándole que corra, que ayude, que haga algo.

Charlie no puede moverse.

Oye gruñidos, el impacto de los puños al golpear, el roce de zapatos sobre la madera. Theo maldice. Su padre ruge algo ininteligible. Chocan contra el marco de la puerta y desaparecen en el pasillo.

Charlie se queda donde está, temblando sin control, con las lágrimas cayéndole por la cara. Le zumban los oídos con los sonidos: forcejeos, respiración trabajosa, un grito agudo de dolor. Luego un golpe fuerte. Luego otro.

Luego silencio.

El silencio es peor.

El corazón le martillea mientras se obliga a levantarse, con las piernas débiles, la visión borrosa. Avanza a trompicones hasta la puerta, luego hasta la barandilla, y se aferra a ella con tanta fuerza que le duelen los nudillos.

Debajo, en el suelo del vestíbulo, Theo y su padre yacen desparramados, inmóviles.

Durante un segundo largo, imposible, Charlie no logra comprender lo que ve.

Y entonces grita.