El día que desapareció CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

CHARLIE

AHORA

Llueve desde antes del amanecer, una cortina gris y constante que convierte las ventanas en espejos borrosos.

Charlie está sentada en la isla de la cocina con las dos manos rodeando la taza, aunque el café ya se ha enfriado. No ha dormido. O quizá sí, pero no lo recuerda. Siente el cuerpo vacío, en carne viva.

Fuera, la lluvia gotea entre las hojas del roble, el agua repiqueteando sobre la piedra como un grifo mal cerrado.

El móvil descansa boca abajo sobre la encimera. No lo toca.

No deja de pensar en cómo Theo pronunció el nombre, Leila Marsh , con tanta naturalidad, cuando iban en el coche, la carretera desfilando bajo las farolas. La mano de Theo apoyada en el volante, la voz relajada, casi de conversación.

—El Sr. Shaw me acorraló cuando estaba recogiendo el correo —dijo—. Buen tipo. Raro, pero bueno.

Charlie tenía la mirada fija en el parabrisas.

—¿Sobre qué?

—Me preguntó si sabía algo de Leila Marsh.

—¿Por qué estabas hablando de ella? —preguntó Charlie, y hasta a ella misma le sonó la voz débil.

Theo se encogió de hombros.

—Él sacó el tema. Dijo que quizá iba a participar en un podcast sobre su desaparición. Quería saber qué sabía yo.

—¿Y por qué ibas a saber algo? —preguntó Charlie. Notaba la garganta cerrada, como si el aire se hubiera espesado.

—Pues no sé nada —dijo Theo—. Eso le dije. Solo sabía que ella vivió en la casa antes que nosotros. Él me contó el resto.

El pulso de Charlie latía fuerte y desacompasado.

—Dijo que desapareció una tarde —continuó Theo, con los ojos en la carretera—. La encontraron una semana después en el bosque, detrás de una escuela primaria.

El coche le parecía demasiado pequeño, claustrofóbico, como si se cerrara sobre ella. El cinturón le presionaba la clavícula como una atadura.

La voz del Sr. Shaw se mezclaba con la de Theo, como si estuviera allí con ellos, sentado en el asiento de atrás, con el aliento en su nuca.

—Dijo que el asesinato nunca se resolvió —continuó Theo—. Y que había una amiga. Una chica que siempre estaba con ella. No recordaba su nombre, pero...

A Charlie se le revolvió el estómago.

—Dijo que esa amiga mintió a la policía.

—No es verdad —soltó Charlie con voz aguda y áspera—. Eso no es verdad.

—¿Y tú cómo lo sabes?

Charlie negó con la cabeza.

—Porque yo...

—¿Conocías a Leila Marsh?

El calor le subió por el cuello.

—¿Por qué ibas a pensar eso?

Theo la miró.

—Porque tuviste esa pesadilla con ella. Estabas llorando y decías su...

—Para —dijo ella; se le estrechaba la visión mientras el estómago se le contraía con un dolor agudo—. Voy a vomitar.

—¿Charlie?

—Ahora.

Theo se desvió hacia el arcén; los neumáticos crujieron contra la grava.

En cuanto el coche se detuvo, Charlie saltó fuera con arcadas, y apenas llegó al borde de la carretera antes de que el cuerpo la traicionara por completo.

El ácido le quemó la garganta. Le temblaban las manos mientras se apoyaba en la hierba húmeda.

Theo apareció a su lado al instante, con una mano suspendida sobre su espalda.

—Eh. Eh. Tranquila.

No podía respirar. Cada bocanada de aire le arañaba los pulmones.

—Estoy bien —logró decir entre arcadas—. Solo... algo me ha sentado mal.

Theo le frotaba la espalda con movimientos circulares y lentos. Tanta amabilidad casi la deshizo.

Cuando pasó lo peor de las náuseas, se limpió la boca con el dorso de la mano, humillada, agotada.

Momentos después, volvieron al coche. El resto del trayecto transcurrió en silencio.

En casa, él la ayudó a entrar e insistió en que tomara un poco de agua con gas y unas galletas saladas.

Ella se lo agradeció y le dijo que pensaba quedarse despierta un rato para que se le asentara el estómago.

Al final se fue a la cama y se quedó mirando el techo hasta que la oscuridad pareció presionarle el pecho.

Charlie mira la lluvia, que sigue cayendo. Su reflejo ondula débilmente en la piedra pulida: pálido, demacrado, los ojos demasiado brillantes.

Theo aparece en el umbral, ya vestido para ir al trabajo. Se detiene al verla.

—¿Estás bien?

Ella asiente.

Él se acerca y apoya la cadera en la encimera.

—¿Segura? No has dormido. Te has pasado toda la noche dando vueltas.

—Estoy bien —repite ella.

Theo la observa un largo momento. La preocupación le ensombrece el rostro.

—Charlie... no pareces tú.

Charlie aprieta la taza con más fuerza.

—Estás muy callada. Apenas comes. Siempre estás cansada —vacila y luego dice en voz baja—: Llevamos semanas sin hablar de verdad. Sin...

Se interrumpe y le escudriña el rostro.

—No te estoy echando la culpa. Solo... estoy preocupado.

La lluvia parece más fuerte ahora. La casa cruje levemente mientras se asienta a su alrededor.

—Te quiero —dice Theo—. Eres la persona más importante de mi vida. Y me mata verte así. Si pasa algo, puedes contármelo. Quiero estar a tu lado. No tienes que cargar con todo tú sola.

Algo se fractura dentro de ella. Una grieta fina, luego otra. La presión que ha estado conteniendo aflora de golpe.

Ella lo mira, lo mira de verdad. La sinceridad en sus ojos.

Su preocupación es sencilla, sin reservas.

Lo necesita. La certeza la golpea con una claridad aterradora.

No puede seguir haciendo esto sola. No puede seguir tragándose los secretos y las mentiras, noche tras noche, hasta que lo envenenen todo.

Abre la boca.

Las palabras ascienden, agolpándose en su garganta.

Y entonces—

Suena el timbre.

Charlie se sobresalta como si la hubieran golpeado.

Theo se vuelve hacia el sonido con el ceño fruncido, confuso.

—Yo abro —dice.

Charlie se queda paralizada junto a la isla de la cocina, con el corazón desbocado, la confesión extinguiéndose en sus labios sin llegar a pronunciarse mientras la lluvia sigue cayendo.