El día que desapareció CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

HARRY

AHORA

Harry se aparta de la puerta para dejarla entrar.

Todavía le sorprende que Charlie esté aquí, en su puerta de nuevo, después de casi una semana de silencio. El aire de fuera está cargado de humedad, de esa que se pega a la piel, pero ella parece pálida, casi helada, como si hubiera estado viviendo en algún lugar más frío que Houston.

—Pasa —dice él—. Puedo preparar café.

Charlie asiente sin mirarlo realmente y entra. Su postura es extrañamente tensa, los hombros levantados hasta las orejas, como si se preparara para un impacto. Harry siente que algo inquietante le trepa bajo las costillas. Cierra la puerta con suavidad.

Hace un gesto hacia el sofá.

—Puedo hacerlo con hielo, si quieres.

—Solo está bien.

Diez minutos después, sirve café en dos tazas y se dirige a la sala de estar, donde le entrega una.

Los dedos de Charlie tiemblan ligeramente al coger el café, pero no lo bebe. En su lugar, dice:

—Soñé con Leila.

Harry se detiene.

—¿En serio? ¿Qué pasó en el sueño?

Charlie niega con la cabeza.

—No lo sé. Ni siquiera recuerdo haber soñado con ella, pero debí de hacerlo porque Theo me oyó. Dijo... que estaba llorando y diciendo su nombre.

Harry suspira.

—Charlie...

—Sé que es por esas notas que alguien me envió —dice ella.

—El estrés y la ansiedad probablemente te provocaron una pesadilla —dice Harry mientras se acomoda en el borde de un sillón.

—No he recibido más notas —dice ella—. No desde la de la tienda. Esa ha sido la última, hasta ahora.

—¿Cuántas recibiste?

—Solo tres —dice Charlie—. Tres de más.

—¿Crees que quien las envió decidió parar por alguna razón?

—Tal vez sí, tal vez no —Charlie deja escapar un suspiro cansado—. Da igual. Aún necesito saber quién las envió.

Él asiente.

—Estoy de acuerdo.

Charlie clava la mirada en su café, como si temiera que algo fuera a salir de él.

—No dejo de pensar... ¿y si fue el Sr. Shaw?

Harry arquea una ceja.

—¿De verdad crees que un hombre de ochenta y tantos años anda merodeando y metiendo notas en tu bolso?

—Quiere justicia para Leila —dice Charlie en un susurro—. Cree que merezco ser castigada.

Harry vacila.

—No creo que sospeche que la mataste.

Charlie traga saliva.

—¿Quién más podría ser? Porque no es la familia de Leila. Están dispersos. Se fueron. Les doy igual.

Agarra la taza con demasiada fuerza. La respiración se le acelera.

—A menos que sea uno de los detectives. ¿Y si uno de ellos está intentando que me derrumbe? ¿Y si... y si creen que maté a Leila?

Harry se inclina hacia delante, con la alarma pintada en el rostro.

—Charlie, oye. Cálmate, ¿vale? No es eso. Ningún detective te está enviando notas escritas a mano en secreto quince años después.

Charlie niega con la cabeza, temblando.

—¿Entonces quién? ¿Quién más me odia tanto como para hacer esto? El Sr. Shaw es el único que me trató como a una sospechosa. Como a un... un monstruo.

La expresión de Harry se suaviza.

—Mira... sigo sin creer que sea él. Pero... —exhala lentamente, cediendo—... por ahora, podríamos considerar al Sr. Shaw. Considerarlo en serio. Puedo hablar con él otra vez. Ya lo tenía pensado de todos modos. Para el podcast.

Charlie le sostiene la mirada, los ojos enrojecidos, el terror aún latiendo en ellos, pero también un destello de frágil alivio, porque Harry no la está desestimando. No la está tachando de loca.

Harry le sostiene la mirada un momento de más.

Se le encoge el pecho. Ella está asustada.

Muy asustada. Y una parte de él anhela ayudarla.

Otra parte le susurra que si ella empieza a confiar en él, a confiar de verdad, la verdad sobre Leila podría salir por fin a la luz.

Charlie Spencer no mató a Leila Marsh. De eso está seguro.

Pero sabe algo. Algo que nunca ha dicho en voz alta.

Algo que la mantuvo callada a los once años y que aún la encadena.

Y lo que ella sabe, lo que nunca ha dicho, podría ser lo que haga explotar el podcast. El tipo de exclusiva jamás contada que los aficionados al true crime devoran. El tipo de secreto que lo cambia todo. Se odia por pensarlo, incluso mientras la idea brilla como oro en el fondo de su mente.

La verdad de Charlie podría convertir su podcast en un éxito.

Pero también la destrozaría a ella.

No sabe qué le asusta más.

Charlie asiente, exhausta.

Harry carraspea suavemente.

—¿Quieres que empecemos hoy? No tenemos que hacer mucho. Solo la siguiente parte.

Ella vuelve a tensarse.

—No hay nada más que decir.

—¿Nada? —repite él en voz baja.

Ella clava la vista en su taza.

—Mi madre llegó a casa. Terminé de cenar. Me fui a la cama. Al día siguiente, los Marsh vinieron a preguntar si había visto a Leila. Les dije que no. Que solo la veía en el colegio.

Harry frunce el ceño.

—¿Por qué les mentiste a sus padres?

Charlie parpadea. Despacio. Como si no entendiera la pregunta.

—¿A qué te refieres?

—Dijiste que fuiste a casa de Leila ese día —dice Harry—. Que esperaste a que volviera. Que viste una película. Te quedaste dormida. Te fuiste a casa. Entonces... ¿por qué no se lo dijiste a la policía?

Se le corta el aliento. Aprieta los dedos alrededor de la taza hasta que los nudillos se le ponen blancos. —Yo... tengo que hacer un recado —dice de pronto—. Se me olvidó que tenía algo que hacer.

—Charlie —dice Harry con cautela—. No te estoy acusando. Solo intento entender. ¿Por qué querían tus padres que le mintieras a la policía?

Temblando, balbucea: —Porque... ellos...

—Ellos... —la presiona Harry—. ¿Qué? ¿Pensaban que sabías lo que le había pasado a Leila y no querían que te metieras en problemas, o...?

—Tengo que irme. —Se levanta de golpe y el café se derrama por el borde de la taza.

—Charlie...

—Ya cumplí con mi parte para tu podcast. He terminado con eso. —Le tiembla la voz—. Solo necesito ayuda para averiguar quién me envió esas notas, pero si no quieres ayudarme, está bien. Solo te pido que no vuelvas a contactarme.

Camina hacia la puerta tan deprisa que casi tropieza.

Tiene la mano en el pomo cuando Harry dice: —Charlie... está bien si no quieres volver a hablarme.

No se da la vuelta.

—Pero tendrás que hablar con la policía.