CAPÍTULO 38
CHARLIE
AHORA
La mañana llega densa y gris.
Charlie se siente igual: pesada, difusa, en carne viva por dentro.
Está sentada en la isla de la cocina, aferrando una taza de café que se enfría una y otra vez por mucho que la caliente.
No durmió. No de verdad. Entró y salió de breves e inútiles intervalos de inconsciencia, cada uno interrumpido por la sensación de caer, de gritar, de ser observada.
Su teléfono se ilumina sobre el mármol.
Un mensaje de Harry.
¿Estás mejor? ¿Quedamos luego? Podemos grabar más si te apetece.
Charlie mira la pantalla hasta que las letras se difuminan.
Tiene el pulgar suspendido sobre el teclado, pero no responde.
No sabe qué decir. No puede contarle a Harry la verdad: que su padre mató a Leila, que la razón por la que a veces no puede respirar es porque ha pasado toda su vida fingiendo que no presenció un asesinato.
No puede decir nada de eso, porque si lo hiciera…
Él la matará a ella también.
El pensamiento se le instala en el pecho como una piedra.
Su padre lo decía en serio. Lo vio en sus ojos cuando apareció en su puerta hace unos días.
Vio quién era realmente, aunque, de alguna manera, siempre lo había sabido.
Recuerda crecer con miedo a los arrebatos de ira, los castigos gélidos, las pequeñas explosiones de crueldad seguidas de horas de calma inquietante.
Incluso de niña, Charlie sabía que algo fallaba en él, algo fundamental, como si le faltara una pieza por dentro.
Una vez había visto a su padre abofetear a Ann, el ama de llaves, porque las sábanas no estaban bien almidonadas. El sonido resonó por el pasillo. Y al chófer, que se limpiaba la sangre de la nariz con un pañuelo mientras se disculpaba entre lágrimas por haber llegado diez minutos tarde.
—Mi hijo… necesitaba su medicina…
Su padre lo cortó en seco.
—No te pago para que tengas un hijo enfermo. Te pago para que estés aquí cuando yo te necesite.
Charlie se estremece cuando el recuerdo de otra ocasión se cuela en su mente, invadiendo sus pensamientos hasta que oye pasos que atraviesan la entrada de la cocina.
Theo.
A Charlie se le corta la respiración un instante antes de esbozar una pequeña sonrisa neutra. Él camina hacia ella con el pelo suave y revuelto del sueño y un leve pliegue entre las cejas. Le besa la mejilla con suavidad.
—¿Estás bien? —pregunta.
Su voz es suave, preocupada. Y eso la aterroriza más que nada. Preocupación significa que notó algo. Preocupación significa que ella cometió un desliz.
Charlie baja la mirada hacia su café.
—Estoy bien. Solo cansada.
—Tuviste pesadillas.
La cuchara deja de moverse. Un escalofrío helado le recorre la columna.
—¿Qué?
Theo asiente lentamente, observándola.
—Mientras dormías. Estabas… inquieta. Y hablando —hace una pausa—. Llorando, en realidad.
Todo su cuerpo se tensa en una fracción de segundo. Intenta disimularlo, intenta relajar los hombros, intenta fingir que su columna no se acaba de poner rígida.
—No… no lo recuerdo —susurra, con el pulso desbocado mientras agarra la taza con más fuerza para que no le tiemblen las manos.
Theo duda, observándola con esa mirada: cautela mezclada con confusión, y algo más. Algo parecido a sospecha.
—Y —continúa lentamente— dijiste un nombre.
A Charlie se le seca la garganta. Ya sabe qué nombre. Ya sabe que este momento va a romper algo.
Se aferra al borde de la encimera porque de repente siente que el suelo podría no sostenerla. Sus pulmones olvidan cómo respirar. La cocina se inclina ligeramente, como si la gravedad hubiera cambiado.
Theo sigue hablando, preguntando algo con suavidad, pero las palabras se funden en un zumbido distante.
La visión le pulsa en los bordes, la habitación se dobla ligeramente, como si estuviera bajo el agua y el mundo estuviera sobre ella, borroso e inalcanzable.
No puede responder. No puede hablar. Ni siquiera puede fingir que esto es algo normal, algo que puede quitarse de encima con una risa o una excusa.
Lo único que puede hacer es quedarse ahí sentada, aferrándose a su café frío, oyendo la voz de su padre en su cabeza…
Mantén la puta boca cerrada.
Pero Theo está esperando.
Su rostro es demasiado abierto. Demasiado sincero.
Y eso es lo que la aterroriza. La idea de que la mire con demasiada atención, de que haga la pregunta equivocada, de que se acerque aunque sea un centímetro más a la verdad. Si lo hace…
Charlie se aferra a la encimera hasta que los nudillos se le ponen blancos. Le escuecen los ojos. La lengua no se le mueve. Consigue negar ligeramente con la cabeza.
—Yo…
Su voz se quiebra.
—No…
Charlie baja la mirada para que él no vea el pánico que no puede ocultar. Para que no vea la culpa. Para que no empiece a atar cabos.
Traga saliva; el movimiento es doloroso. Sabe que no puede seguir así. Theo notando cosas, sus pesadillas filtrándose en el mundo real, Harry insistiendo en busca de respuestas, su padre rondando como un lobo con un secreto que matará por proteger.
Theo extiende la mano y le roza el brazo ligeramente.
—Charlie… ¿quién es Leila?