CAPÍTULO 31
CHARLIE
AHORA
Su padre la observa con una curiosidad tenue, casi aburrida.
—Charlene, hay algo que deberías saber —dice—. ¿Recuerdas que te dije que maté a esa zorrita malvada por ti? Bueno, eso no era del todo cierto. En realidad, no era cierto en absoluto. Mentí…
Charlie se queda paralizada; el pulso le tartamudea dolorosamente.
—No maté a Leila para protegerte —dice, inclinándose hacia delante con los antebrazos apoyados en las rodillas—. La maté porque quise.
El corazón casi se le detiene.
—Hay algo que no sabes de mí, y probablemente deberías saberlo —continúa—. He querido matar a alguien desde que era joven.
Charlie lo mira fijamente, sin aliento.
—Tu abuela me llevó a rastras a psiquiatras cuando estaba en el instituto —dice—. Creo que se dio cuenta de que yo era… diferente. Solía atrapar lagartijas y arrancarles la cabeza de un mordisco. Y agarraba ardillas y les arrancaba los ojos.
Charlie aparta la mirada, conteniendo las arcadas, desesperada por huir, pero paralizada en el sitio.
—En fin, uno de los médicos me diagnosticó de sociópata. Falta de empatía. Problemas de control de impulsos. Ideación violenta —sonríe con suficiencia—. Bla, bla, bla. Una lista de palabras para hacer llorar a una madre.
A Charlie se le contraen los pulmones. Cada célula de su cuerpo le grita que huya, pero no puede moverse.
—Leila era una zorrita retorcida —dice con naturalidad—. Tú lo sabes. Yo lo sé. Todo el mundo lo sabía, en realidad. Me dio la excusa perfecta. Proteger a mi hija —se ríe entre dientes—. Nadie sospechó nada. De quien sospecharon fue de ti .
Charlie se derrumba por dentro. Se le doblan las rodillas y se agarra al respaldo de un sillón.
La expresión de él se suaviza, no con ternura, sino con algo peor. Indiferencia.
—La verdad, Charlie —dice con calma—, es que no siento ningún afecto por ti. Ni por tu madre. Nunca lo he sentido.
Charlie siente que no puede respirar.
—Si quisiera —dice, recostándose de nuevo—, podría acercarme ahora mismo, rodearte el cuello con las manos y partírtelo. Después acostarme esta noche y dormir como un bebé. Con dulces sueñitos.
Un sollozo se le queda atragantado en el pecho.
—¿Y por la mañana? —continúa pensativo—. Me despertaría renovado. Descansado. Listo para desayunar. Y no volvería a pensar en ti.
Algo se rompe de nuevo dentro de Charlie, pero esta vez de forma silenciosa, limpia, catastrófica.
Su padre asesinó a Leila, pero no por ella, ni en un arrebato de rabia, ni por un amor retorcido.
Sino porque quiso .
A Charlie se le estrecha la visión mientras la respiración se le entrecorta.
Su padre la observa desmoronarse con leve curiosidad, y luego se levanta con calma, paciente. —Ahora, cariño, si quieres seguir viva… mantendrás la puta boca cerrada.