CAPÍTULO 29
HARRY
HACE CINCO AÑOS - AUSTIN
—¡Charlie! —la llamó.
Ella se giró.
Un destello de confusión le cruzó el rostro: primero miedo, luego reconocimiento. Y después una sonrisa pequeña y sorprendida, como si no supiera si tenía derecho a esbozarla.
—Sabía que eras tú —dijo Harry al alcanzarla—. Te delató el pelo.
Ella se tocó un rizo, cohibida.
—Sí, siempre me delata. Eh... hola.
—Hola.
La recorrió con la mirada, sorprendido de lo familiar y a la vez desconocida que le resultaba.
—¿Qué haces por aquí?
—Me han dejado plantada —dijo ella—. Un tío que por lo visto no tiene teléfono.
—Vaya mierda.
Se encogió de hombros apenas.
—Son cosas que pasan. Ojalá lo hubiera sabido, habría cogido otro turno en el trabajo. Ganar algo de pasta extra. En fin, ¿y tú qué? ¿Qué haces aquí un miércoles?
—Ahogando las penas. He suspendido un examen.
Charlie hizo una mueca.
—Vaya... —se cambió el bolso de hombro—. Mala noche para los dos.
—Sí —dijo él. Y luego, porque el silencio se sentía frágil—: ¿Te apetece caminar? Digo, si no vas a ningún sitio.
Ella dudó un instante y asintió.
Caminaron bajo el resplandor de las farolas, entre estudiantes que pasaban en grupos ruidosos y risueños. Sus pasos encontraron un ritmo incómodo, no del todo acompasados, pero tampoco muy desiguales.
—Estás... diferente —dijo Harry por fin.
—¿Diferente cómo?
—¿Mayor? En el buen sentido, quiero decir.
Hizo una mueca.
—Se me da fatal esto.
Ella negó con la cabeza.
—No, tranquilo. Me siento mayor.
—Entonces, ¿estás trabajando? —preguntó él al cabo de un momento—. ¿Has dicho algo de un trabajo?
Charlie se tensó, apenas, pero lo suficiente para que Harry lo notara.
—Sí. Trabajo en el mostrador de perfumes de una boutique cerca del campus.
Lo dijo con un tono ligero, demasiado ligero.
Sorprendido, él dijo:
—¿En serio?
—Las facturas no se pagan solas.
—Es que no pensé... —Harry tragó saliva—. O sea, tus padres...
—Ellos no me pagan las facturas —dijo ella rápidamente.
—Ah.
Esperó a que añadiera algo más. No lo hizo.
Quería preguntar por qué, pero algo en la tensión de su mandíbula le advirtió que no lo hiciera.
Charlie siguió caminando sin más, la mirada al frente, los hombros encogiéndose igual que cuando los chicos mayores se metían con ella en el colegio.
Su apartamento era una caja diminuta y descolorida en un complejo de los setenta al sur del campus. Escaleras mal iluminadas. Puertas pintadas de colores apagados. La de Charlie era roja y estaba abollada.
La abrió con la llave. Se quedó sujetándola.
—Puedes pasar, si quieres. Tengo vino.
No debería. Sabía que no debería. Pero la siguió dentro.
Echó un vistazo alrededor: el sofá de segunda mano, la cama estrecha en la esquina, una cómoda que había conocido tiempos mejores, con la superficie de madera abollada y rayada.
Intentó no quedarse mirando. Él había crecido en una mansión, y ella también; los dos se habían criado en el lujo de Cartwright Park, un barrio exclusivo y adinerado de Houston. Pero aquel estudio pequeño y austero no encajaba en absoluto con la Charlie que él recordaba.
—Bonito sitio —mintió con suavidad.
Ella sonrió como si supiera que no lo era, pero agradeciera el gesto. Rebuscó hasta dar con una botella de vino con un animalito de dibujos en la etiqueta.
—No me juzgues.
—No lo haré.
Le devolvió la sonrisa.
—He probado peores.
Ella sirvió pinot noir en copas desparejadas y se sentaron en el sofá, las rodillas casi rozándose.
La conversación fluyó con bastante facilidad.
El examen suspendido de él. Los frustrantes turnos dobles de ella.
Harry quería preguntar por qué los necesitaba, por qué sus padres no la mantenían como hacían con él, pero ella esquivaba cada oportunidad.
Asentía, o decía algo vago, o cambiaba de tema lo justo para que él no pudiera insistir.
Aquello le producía una inquietud que no acababa de entender.
Harry hizo girar el vino en la copa y adoptó un tono despreocupado que no casaba con la repentina agudeza de su mirada.
—Entonces... ese tío que te ha dejado plantada... ¿qué pasa con él?
Charlie dudó y se encogió de hombros como si no importara.
—Se llama Theo.
Harry asintió despacio.
—Theo.
Intentó que sonara neutral. No lo consiguió.
—¿Lleváis mucho tiempo?
—Un par de semanas —dijo ella, demasiado rápido. Se colocó el pelo detrás de la oreja y desvió la mirada hacia la pared del fondo—. No es... nada serio ni nada.
Harry esbozó una media sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Parece que intentas convencerme.
Ella soltó una risa fina, quebradiza.
—Puede que esté intentando convencerme a mí misma.
Él captó el destello de vulnerabilidad que ella intentó ocultar.
—¿Te gusta?
Charlie abrió la boca, la cerró y se encogió de un hombro.
—No lo sé. Quizás. Parece... buen tío. Estable.
Una sonrisa irónica le asomó a los labios.
—No como algunos con los que perdí el tiempo en el instituto.
Harry arqueó una ceja. —Y te dejó plantada.
—Por eso dije que no es nada serio —murmuró ella, con la mirada fija en su copa, como si el vino pudiera darle una explicación.
Harry se recostó, intentando parecer relajado, despreocupado, como si no fuera información que estuviera guardando con un interés que prefería ocultar. —Entonces crees que él simplemente... ¿no está tan interesado?
Charlie se tensó un instante. —Yo no he dicho eso.
—No hacía falta —dijo Harry con suavidad.
Ella suspiró, un suspiro mínimo y triste. —Es que no quiero hacerme ilusiones. Es más fácil si asumo que él no está... —Se contuvo y cerró la boca.
Harry ladeó la cabeza. —¿Más fácil si asumes qué?
—Que no busca nada serio. —Sus dedos recorrieron el borde de la copa—. Las chicas como yo nunca conseguimos a tipos como él.
Harry casi se echó a reír, incrédulo. —¿Chicas como tú? Charlie, venga ya.
—Es verdad —murmuró ella.
La miró fijamente: esa chica a la que no había visto en años, ahora adulta y hermosa, y de algún modo aún convencida de que no era suficiente.
Algo se le tensó por dentro. —Bueno —dijo Harry con ligereza, forzando de nuevo el tono despreocupado porque cualquier otra cosa resultaba peligroso—, entonces es un idiota.
Charlie lo miró con expresión suave, indescifrable. —¿Y tú qué? ¿Alguien especial?
—No.
Ella le sostuvo la mirada un momento más de lo esperado. Algo vibró en el aire entre ellos, algo que ninguno de los dos había buscado.
Harry se inclinó hacia ella.
Ella se quedó inmóvil.
Él se echó hacia atrás al instante. —Lo siento. Lo siento. No pretendía...
Pero entonces Charlie lo agarró de la camisa y tiró de él hacia sí.
Y el resto pasó como en una nebulosa.
A la mañana siguiente, Harry despertó con el sol colándose entre las persianas. Tenía la boca seca. La cabeza le pesaba. Durante un instante de desorientación, no supo dónde estaba.
Entonces reconoció el pequeño apartamento. El tenue aroma de su champú. El hueco en la almohada junto a él.
Charlie no estaba en la cama.
Oyó la ducha.
El alivio lo golpeó tan rápido que soltó el aire de golpe.
Salió de la cama a toda prisa y empezó a recoger su ropa. Los bóxers estaban medio debajo del edredón. Los vaqueros, cerca del pie de la cama. Pero la camisa... ¿dónde estaba la camisa? Vio el dobladillo asomando por debajo de la mesita de noche.
Se agachó a cogerla.
El codo golpeó la mesita de noche con fuerza.
El joyero de encima, una cajita de hojalata con una bailarina pintada entre rosas desvaídas, se volcó y cayó al suelo con estrépito. Quedó abierto, con la pequeña bailarina de plástico detenida a media pirueta.
—Mierda —murmuró Harry. Se agachó a recogerlo.
Algo se había caído.
Una pulsera.
La levantó con cuidado y desenredó la delicada cadena de plata.
De ella colgaban cinco dijes con letras.
L... E... I... L... A
La habitación pareció inclinarse.
Pero qué...
A Harry le dio un vuelco la cabeza.
Reconoció la pulsera; la había visto cientos de veces.
Había pertenecido a Leila Marsh. Nunca se la quitaba.
En clase solía darle vueltas en la muñeca, y los dijes tintineaban suavemente cada vez que levantaba la mano, cada vez que se reía demasiado fuerte.
También presumía de ella: de que era plata auténtica de Tiffany, de que sus padres se la habían regalado por su cumpleaños, de que era «básicamente una reliquia familiar».
Leila la llevaba puesta la última vez que alguien la vio.
Harry estaba seguro de eso. El recuerdo surgió de golpe, nítido y certero.
La gente hablaba de cómo algunas de sus cosas nunca aparecieron, de cómo parecía que simplemente se hubiera esfumado en el bosque dejando trozos de sí misma por el camino.
La pulsera se había convertido en parte de esa historia.
Algo perdido. Algo desvanecido.
Entonces, ¿qué hacía aquí?
Charlie no había sido cercana a Leila. En realidad, no.
Era más una seguidora devota que una amiga de confianza.
Y aunque lo hubiera sido, ¿quién guardaba algo así?
La pulsera de una chica asesinada. ¿Quién la escondería en un joyero como si fuera una reliquia privada?
A Harry se le revolvió el estómago mientras las preguntas se acumulaban, cada una peor que la anterior.
¿Charlie la había cogido? ¿La había encontrado?
¿Se la habían dado? ¿O había sabido algo en aquel entonces, algo que nunca le había contado a nadie?
La idea se le instaló en el pecho, fría e ineludible.
Fuera cual fuera la respuesta, no era inocente.
La ducha dejó de sonar.
Harry dio un respingo.
La puerta del baño se abrió.
—Oye —dijo Charlie—. Estaba pensando... ¿quieres ir a desayunar? Hay un sitio aquí a la vuelta...
—Sí, solo... un segundo... —Se agachó con el corazón desbocado. Abrió el joyero y vaciló, la mirada fija en el forro de terciopelo vacío.
—¿Harry? —Su voz sonaba más cerca. Curiosa. Alerta—. ¿Qué se ha caído?
—Nada —dijo él, demasiado rápido. Volvió a meter la pulsera, la colocó con cuidado y cerró la tapa de golpe.
Dejó la caja en la mesita de noche justo cuando Charlie apareció en el umbral, envuelta en una toalla, con el pelo húmedo pegado a los hombros.
Sus ojos fueron directos a la mesita de noche.
Luego a su cara.
—Has tirado algo —dijo ella. No era una pregunta.
—Sí —dijo él, y se encogió de hombros con fingida naturalidad—. Estoy un poco torpe esta mañana.
Se acercó más, con la mirada de nuevo en el joyero.
—Lo abriste.
Algo cambió en el aire entre ellos.
—Yo... sí. Se abrió al caerse —dijo él—. Perdona. No quería...
—No pasa nada —dijo ella con rapidez. Demasiado rápido. Esbozó una sonrisa cautelosa—. Son solo... cosas viejas.
Sus ojos se demoraron en la caja un instante más de lo necesario.
Harry agarró su camisa y se la puso con manos temblorosas.
—Acabo de acordarme de que tengo que estar en un sitio. Ya llego tarde.
Charlie frunció el ceño.
—¿Para desayunar?
—No, eh, una cosa de estudio —dijo él—. Se me olvidó por completo.
Ella no parecía convencida.
—Vale —dijo lentamente—. ¿Lo dejamos para otro día?
—Sí —dijo él—. Sin falta.
Se quedaron allí un momento, con todo lo que no se habían dicho flotando entre ellos.
Charlie echó otra mirada a la mesita de noche y luego volvió a mirarlo.
—¿Estás bien? —preguntó—. Parece que hubieras visto un fantasma.
Harry forzó una sonrisa.
—Supongo que las mañanas no son lo mío.
Ella asintió, pero su mirada no se suavizó.
—Mira, escucha... creo que los dos sabemos que esto fue un error.
—¿Un error?
—Anoche... nosotros dos... juntos... nunca debería haber pasado.
Harry frunció el ceño, preguntándose por qué se había vuelto tan brusca y fría de repente, y si ese cambio de actitud tenía algo que ver con lo que había visto en el joyero.
—A mí no me parece mal lo que pasó...
—Tengo novio —dijo ella.
—¿Te refieres al tipo que te dejó plantada?
Charlie hizo una mueca.
—Algo le habrá pasado. Theo normalmente no... y de todos modos, lo nuestro es bastante serio.
Harry forzó una sonrisa.
—Vale. Entendido.
—Así que... por favor, no vuelvas a buscarme —dijo ella.
—No pensaba hacerlo... —Agarró su chaqueta y sus zapatos y se movió deprisa, necesitaba poner distancia. En la puerta, miró hacia atrás una última vez.
Charlie seguía allí de pie.
Observándolo.
Su mirada fue de su cara al joyero y volvió a él.
Harry se fue y la puerta se cerró de golpe tras él. El corazón le martilleaba como si acabara de escapar por los pelos de algo peligroso.