CAPÍTULO 27
HARRY
HACE CINCO AÑOS - AUSTIN
Harry Nichols empujó la puerta de madera deformada de Rook's Tavern y entró en una neblina de lúpulo rancio y luz de neón. El local estaba medio vacío, como solía ocurrir los miércoles por la noche, lo cual le venía de perlas. Quería tranquilidad. Oscuridad. Un lugar donde nadie reparara en él.
Había suspendido el examen parcial, lo había hecho fatal, de hecho, y su padre se había pasado casi una hora sermoneándolo por teléfono.
Sobre la responsabilidad. Sobre el potencial desperdiciado.
Sobre cómo Harry debería haber ido a A los tacones se le pegaban ligeramente al suelo empapado de cerveza.
Una banda de garaje atronaba desde la máquina de discos: guitarras distorsionadas, voces desafinadas, el tipo de música que haría el primo colocado de turno en un garaje.
Al puñado de clientes no parecía importarles.
Un par de tipos de mediana edad con camisas salpicadas de pintura estaban encorvados sobre sus botellines.
Un grupo de universitarias cerca de la mesa de billar hablaba a voces, gesticulando con aspavientos.
Un hombre solitario trajeado consultaba el móvil con la corbata aflojada, con pinta de preferir estar en cualquier otro sitio.
Harry se acomodó en un taburete y esperó a que el camarero le prestara atención.
—Una de barril —pidió.
La cerveza llegó espumosa y fría. Harry se la llevó a los labios, dispuesto a ahogar las penas del día, cuando algo en un rincón del local le llamó la atención.
Alguien.
Casi se atraganta.
La cerveza le bajó mal, abrasándole la garganta, y tosió con fuerza, con los ojos llorosos, mientras escudriñaba la penumbra de la taberna.
Pelirroja. Pecas. Su perfil a medio iluminar por el letrero de neón de cerveza sobre el reservado.
Charlie Whitaker.
Parpadeó, como si eso pudiera cambiar lo que estaba viendo. No lo hizo.
Charlie Whitaker. Sentada sola en un reservado del fondo, como un fantasma que jamás esperó volver a ver.
Se quedó mirándola más tiempo del debido.
Cuando su familia se marchó de Cartwright Park, no se despidieron.
No dejaron ninguna dirección. Un día, los Whitaker vivían tres casas más abajo.
Al día siguiente, el camión de mudanzas había desaparecido y la casa estaba a oscuras.
Los padres cuchicheaban que era por el dolor, la culpa o la vergüenza.
Los niños cuchicheaban que los Whitaker huían de algo.
Pero fuera cual fuese la razón, Charlie y sus padres se habían esfumado.
Y ahora estaba allí. En Austin. En un bar mugriento de la calle 6 en plena semana. El pelo recogido en una coleta suelta, con algunos rizos sueltos enmarcándole el rostro. Sus rasgos habían madurado. Seguía siendo delicada, reservada, pero ahora desprendía una belleza serena.
Parecía mayor, sí, pero Harry aún podía ver a la niña tímida que recorría las aceras de Cartwright Park aferrada a las correas de su mochila.
La chica que hablaba en voz baja. Que se sobresaltaba con los ruidos fuertes.
Que había permanecido a su lado mientras repartían folletos con la foto sonriente de Leila Marsh.
Se preguntó, irracionalmente, si ella recordaba ese día. Si lo recordaba a él.
Dio otro trago de cerveza, con la mirada fija al frente, fingiendo que no había pasado los últimos treinta segundos observándola como un acosador. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Acercarse y decir... qué?
«Hola, Charlie, ¿te acuerdas de mí? Harry Nichols. Vivíamos en el mismo barrio donde asesinaron a una chica. ¿Qué tal te va?»
Ridículo.
Aun así... no podía dejar de pensar en ella sentada allí sola. Algo tiraba de él. Nostalgia, quizá. Curiosidad. Algo más oscuro.
Apuró otro trago de cerveza. La máquina de discos cambió de canción. Alguien soltó una carcajada cerca de la mesa de billar.
Muy a su pesar, Harry volvió a mirar hacia el reservado.
Charlie se había ido.
El vacío del reservado le golpeó más de lo debido. Una pequeña y estúpida decepción lo atravesó fugazmente. ¿Por qué le importaba? Apenas se habían conocido. Y sin embargo...
Suspiró, dejó unos billetes sobre la barra y se bajó del taburete.
Fuera, la noche era fresca y ventosa. El viento barría la calle arrastrando el olor a comida de bar y alcohol derramado. Las luces se difuminaban a su paso mientras los coches circulaban veloces por la avenida.
Harry se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y echó a andar.
No la vio al principio.
No hasta que llegó al cruce, y allí estaba ella.
Charlie estaba al final de la manzana, esperando a que el semáforo cambiara. Su postura era la misma que recordaba: hombros ligeramente encorvados, cabeza ligeramente gacha, como si se protegiera de algo invisible.
Antes de saber lo que estaba haciendo, Harry aceleró el paso.
Algo en su interior lo empujó hacia delante: una necesidad largamente contenida de atar un cabo suelto de la infancia, tal vez. O quizá solo la oportunidad de decirle algo, lo que fuera, a la chica que había desaparecido sin dejar rastro.
La alcanzó justo antes de que cambiara el semáforo.
—Charlie —dijo.
Ella se giró.
Y por primera vez en casi una década, sus ojos se encontraron con los de él.