El día que desapareció CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

CHARLIE

AHORA

El olor a albahaca y leche de coco flota por la cocina, cálido y familiar, pero el estómago de Charlie no consigue asentarse.

Está sentada en la isla de mármol de superficie blanca veteada, la misma isla en la que se sentó quince años antes, con las piernas balanceándose bajo el taburete, fingiendo que las tortitas no le sabían a ceniza.

Fingiendo que no había pasado la noche atada a un árbol.

Fingiendo que no había oído a Leila y a las otras chicas reírse mientras la abandonaban en el patio trasero.

Ahora enrolla los fideos del Pad Thai en el tenedor e intenta respirar con calma. Theo no necesita verla desmoronarse. Ya está de buen humor, de muy buen humor, de hecho, y hace mucho que aprendió a reflejar el tono emocional que se esperaba de ella. Es más fácil. Más seguro.

Theo enrolla fideos en el tenedor.

—Hoy hablé con un tipo sobre la caseta de la piscina —dice—. Creo que deberíamos contratar a un arquitecto. La que hay ahora no es más que un cobertizo con pretensiones.

Los dedos de Charlie se tensan alrededor del tenedor.

—Una caseta de piscina —repite en voz baja, forzando las palabras—. ¿Tenemos que... reconstruir la antigua?

Theo se detiene a medio bocado.

—¿Tenemos que? —Se ríe levemente—. Nadie está obligado a nada, cariño. Pero estaría bien. Sería útil. Y aumentaría el valor de reventa.

Charlie asiente como si estuviera de acuerdo, pero nota un nudo en la garganta.

—Estaba pensando... quizás en lugar de reconstruir la caseta de la piscina, podríamos hacer un jardín.

—¿Un jardín? —Theo arquea las cejas. Parece más divertido que desdeñoso, lo cual, por alguna razón, la pone aún más nerviosa—. ¿Quieres dedicarte a la jardinería?

—Quizás —dice ella—. O podríamos contratar a un horticultor. O montar un pequeño invernadero. Algo así.

—¿De verdad no quieres una caseta de piscina? —pregunta Theo, escrutándole el rostro.

No debería haber dicho nada. No debería haber abierto la boca. Siente que el aire se enrarece a su alrededor, como si las paredes escucharan. Necesita una razón para no querer una caseta de piscina. Algo inofensivo. Algo simple.

—Yo... —Tiene la lengua como de trapo—. Me encerraron en una de niña. Sin querer. Me asustó.

No es la verdad. Pero tampoco es del todo mentira.

Theo suelta una carcajada, un sonido cálido que llena la cocina.

Charlie da un leve respingo.

—¿Te parece gracioso?

—No —dice él rápidamente, aún sonriendo—. Me río porque a mí me pasó lo mismo.

Charlie parpadea.

—¿Qué?

—Sí. Me quedé atrapado en un cobertizo de botes en la granja de mi abuelo en Hill Country. Mis primos me encerraron jugando al escondite. Estuve llorando como una hora. —Sacude la cabeza, riendo de nuevo—. Así que créeme, lo entiendo.

Algo pequeño y tenso dentro de ella se afloja. No del todo. No de manera definitiva. Pero lo suficiente.

—Bueno —murmura Charlie—, olvida lo que dije de la caseta de la piscina. No pasa nada. Podemos reconstruirla.

Theo le lanza una mirada que ella no logra descifrar y deja el tenedor.

—Tu idea del jardín suena bien, la verdad. El Sr. Shaw me estuvo hablando de la empresa que le lleva el jardín. Dice que son fantásticos.

Charlie se tensa.

—¿El Sr. Shaw?

—Sí —dice Theo—. Estaba recogiendo el correo y se acercó a charlar. Buen tipo. Un poco intenso, quizás, pero muy de vecino.

Tiene la boca seca como el algodón.

—¿De qué... hablasteis?

—Oh, ya sabes. —Theo se encoge de hombros—. De cómo nos estamos instalando. De cuánto tiempo pensamos quedarnos. Cosas típicas de vecinos. Y preguntó por ti.

Se le nubla la vista por los bordes.

—¿Por mí? ¿Por qué?

Theo vuelve a encogerse de hombros.

—Dijo que le resultabas familiar. Que le sonaba tu cara de algo. Pero le dije que te criaste en Austin, así que quizás te confundió con otra persona.

Charlie siente que la sangre le abandona las extremidades. Se obliga a respirar por la nariz, despacio, en silencio.

—¿Eso dijo? —pregunta, apenas logrando mantener la voz firme.

Theo asiente.

—Creo que es uno de esos jubilados con demasiado tiempo libre. Volvió a mencionar que pasó algo malo en esta casa hace años. Pero no entró en detalles. Y yo no le pregunté más, aunque quizás debería haberlo hecho.

El tenedor de Charlie cae sobre el plato con estrépito.

Theo la mira fijamente.

—¿Qué pasa?

—¿Por qué ibas a pedirle más detalles? —Su voz suena más cortante de lo que pretendía. Casi acusatoria.

La expresión de Theo cambia, de sorpresa y confusión a dolor.

—No se los pedí. ¿Por qué te alteras tanto?

Traga con dificultad. Piensa, Charlie. Piensa .

—No estoy alterada —miente—. Es solo que... no quiero que hables con él. Me da mal rollo. Como si siempre nos estuviera vigilando. Seguramente está solo. Seguramente siempre lo ha estado.

Theo le estudia el rostro, y ella se obliga a sonreír. Pequeña. Firme. Bien.

—No le daré pie a conversar —dice por fin—. Si vuelve a acercarse, seré breve.

Ella asiente.

—Gracias.

Pero dentro de su pecho, el pánico se agita y crece como una marea.

Tenía razón: el Sr. Shaw la había reconocido.

¿Y si por fin había caído en quién era ella?

¿Y si le contaba a Theo que ella estaba, según él creía, involucrada en la desaparición de Leila Marsh?

Podía imaginarlo hablando con Theo igual que había hablado con la policía, cuando afirmó haberla visto salir sola de la casa de los Marsh aquel día.

¿Le susurraría a Theo, como había hecho con otros vecinos, que quizás Charlie le había mentido a la policía?

Remueve la comida en el plato sin apenas probarla. Las luces de la cocina zumban débilmente sobre su cabeza, cálidas, brillantes, asfixiantes.

Theo sigue comiendo, ajeno a la tormenta que le desgarra los pensamientos.

Charlie ha pasado toda su vida intentando silenciar el pasado. Enterrarlo tan hondo que ni ella misma pueda alcanzarlo. Pero Cartwright Park no la deja olvidar. La casa no la deja olvidar.

Ni quien le envió esas notas.