El día que desapareció CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

CHARLIE

HACE QUINCE AÑOS

A Charlie le temblaban las piernas cuando Leila por fin la desató, justo antes del amanecer.

Le palpitaban las muñecas en los puntos donde la cuerda se le había clavado. Tenía los pies sucios, cubiertos de pequeñas ronchas por las picaduras de mosquitos y por lo que fuera que le hubiera pasado por encima en la oscuridad. Se sentía como una criatura arrancada de una pesadilla.

Leila estaba de pie frente a ella, perfectamente tranquila, como si no hubiera sido ella quien había dejado a Charlie fuera toda la noche.

—Vas a subir —susurró, sacudiéndole la suciedad del brazo a Charlie como si estuviera limpiando algo que se había ensuciado—. Métete en el baño sin que te vean. Lávate la cara. Arréglate el pelo. Luego baja directamente a desayunar. Le diré a mi madre que te quedaste dormida.

Charlie no se movió.

Leila se inclinó hacia ella, con la mirada afilada.

—Y no se te ocurra decir nada, Charlie. A menos que quieras que nadie vuelva a hablarte en la vida. Pensarán que eres rara. Una mentirosa dramática. No quieres eso, ¿verdad?

Charlie tragó saliva. Tenía la garganta en carne viva.

—No.

—Bien —dijo Leila, y se encaminó hacia la casa, dándola ya por despachada.

Charlie obedeció.

Dentro, las luces del pasillo estaban atenuadas y el frescor del aire acondicionado le heló la piel.

Subió las escaleras sigilosamente hasta el baño compartido y cerró la puerta con pestillo.

En cuanto oyó el clic, se le entrecortó la respiración y se dobló sobre el lavabo, sollozando en silencio.

El agua se derramaba por la encimera mientras se echaba agua a la cara una y otra vez, intentando quitarse la suciedad, el miedo, la humillación.

Nada la hacía sentirse limpia.

Cuando se obligó a bajar diez minutos después, la cocina de los Marsh resplandecía con la luz del sol y olía a beicon.

La señora Marsh estaba sentada junto a la larga isla, con las gafas de sol en lo alto de la cabeza, bebiendo café a sorbos con el agotamiento distraído de alguien que había bebido demasiado la noche anterior.

La bata de seda se le escurría de un hombro.

—Buenos días, cariño —dijo la señora Marsh al ver a Charlie—. Leila me ha dicho que te quedaste dormida.

Charlie asintió con la mirada baja. Notaba los ojos de Leila clavados en ella desde los taburetes donde estaba sentada con Emily y Brittany, comiendo gofres. Las tres parecían guapas e inocentes, como si no supieran que Charlie había pasado la noche atada a un árbol.

Charlie se subió torpemente al taburete vacío junto a Leila. El movimiento le tiró de los tobillos doloridos y no pudo evitar una mueca de dolor.

La señora Marsh se dio cuenta.

—Oh, cariño —dijo, inclinándose hacia delante y entrecerrando los ojos—. ¿Qué te ha pasado en las piernas?

Charlie se quedó helada.

Tenía las pantorrillas y los tobillos llenos de picaduras de insectos, arañazos de la corteza del árbol, restos de suciedad que no había conseguido quitarse del todo. Notó cómo el calor le subía por el cuello.

—Yo, eh... creo que a lo mejor la hierba... —tartamudeó—. Estuvimos jugando en el jardín.

—Oh —dijo la señora Marsh, aunque su tono dejaba entrever cierto escepticismo.

El tenedor de Leila se detuvo en el aire.

Sus ojos, una advertencia afilada, se clavaron en los de Charlie.

Ni se te ocurra.

Charlie bajó la mirada hacia su plato.

Emily y Brittany se reían de algo de la noche anterior, como si no la hubieran atado a un árbol, como si no se hubieran reído cuando ella lloró, como si no le hubieran tirado globos de agua mientras les suplicaba que pararan.

Fingían con la misma facilidad con la que respiraban.

Leila también fingía, pero no dejaba de observar a Charlie por el rabillo del ojo.

Porque no era la primera vez que Leila era cruel.

Charlie siempre había intentado ser amable con Leila.

Encajar. Ganarse aunque fuera una pizca de aprobación.

Le había regalado pulseras de la amistad, le había guardado sitio en el comedor, le había halagado la ropa, el pelo, su perfecta caligrafía.

Cuanto más amable era Charlie, más fría se volvía Leila.

La crueldad la alimentaba. La esperanza de Charlie solo la hacía más atrevida.

El ama de llaves dejó un plato de gofres delante de Charlie.

—Come, cariño. Todavía están calientes.

Charlie levantó el tenedor con manos temblorosas.

—Estás muy callada esta mañana —dijo la señora Marsh en tono ligero—. ¿Seguro que estás bien? Esas picaduras tienen mala pinta.

Charlie notó que la atención de las otras chicas se desplazaba hacia ella, aunque fingían no mirarla directamente.

Leila ladeó la cabeza. Su sonrisa era suave, dulce, venenosa.

—Está bien, mamá.

Charlie sintió las palabras como dedos que se cerraban en torno a su garganta.

Se metió un trozo de gofre en la boca a la fuerza. Sabía a cartón. El estómago se le retorció de asco, de miedo, de algo más oscuro que todavía no sabía nombrar.

Aún las oía reírse la noche anterior. Aún sentía la cuerda y los insectos arrastrándose por su piel. Recordaba cómo las chicas se habían alejado, dejándola en la oscuridad como si no fuera nada.

Se quedó mirando el plato, el sirope reluciente bajo la lámpara de araña, y tragó con dificultad.

Algo feo y nuevo se desplegó en su pecho, lento, ardiente, aterrador.

Deseaba que Leila desapareciera.

Nunca había deseado nada con tanta fuerza.

El deseo la asustó incluso cuando echaba raíces dentro de ella, profundo e inamovible. Una semilla plantada en el suelo de su humillación, lista para convertirse en algo que pasaría el resto de su vida intentando enterrar.

Al otro lado de la isla, Leila se rio de algo que Brittany le susurró.

Charlie la miró fijamente mientras un peso terrible y sofocante caía sobre ella.

Lo que de verdad deseaba, más que nada en el mundo, era que Leila se muriera.