CAPÍTULO 14
CHARLIE
AHORA
Charlie se gira lentamente, con cada músculo tenso y en guardia.
Ya se prepara para lo peor: un rostro sombrío que nunca ha visto, un desconocido con ojos violentos, alguien que conoce todos sus secretos.
En cambio, se encuentra cara a cara con un tipo alto que lleva una camiseta descolorida de UT y vaqueros gastados.
El pavor la atraviesa como una cuchilla. Por un momento, el mundo se tambalea y se inclina hacia el pasado, hacia todo lo que enterró y rogó que siguiera enterrado.
Con el corazón desbocado, mira fijamente al hombre que tiene delante.
Harry Nichols.
Mayor, más ancho de hombros, menos juvenil. Tiene barba incipiente en la barbilla. Sus pómulos y mandíbula son más afilados, más marcados. Pero su forma de estar de pie, ligeramente encorvado, con las manos medio levantadas como si fuera a disculparse, es inconfundible.
—Hola —dice Harry, esbozando una sonrisa pequeña y cautelosa—. Ha pasado mucho tiempo. ¿Cómo estás?
Lo último que se siente capaz de hacer es responder a esa pregunta. El miedo le sube de golpe, ardiente e instantáneo, y arrasa con cualquier rastro de reconocimiento. El momento, la coincidencia...
Pero no. Esto no es una coincidencia. No puede serlo. Harry Nichols no está a centímetros de ella por casualidad. Está aquí por algo...
Le sale la voz cortante, áspera.
—¿Por qué te importa?
Harry parpadea.
—Eh... Solo estaba...
—¿Qué quieres? —le espeta.
Algo cruza su rostro. Confusión, quizá dolor, quizá ambos. Abre la boca, luego la cierra. Charlie ve que la está reevaluando, retrocediendo mentalmente, recalibrando.
—Solo quería hablar —dice al fin—. Pero si tienes prisa...
—¿De dónde has salido? —exige.
Harry parpadea.
—De... ¿mi coche? Te vi salir y...
—¿Me has seguido?
—¿Qué? No.
Suelta una risa suave.
—Charlie, ¿de qué hablas?
Pero ella ya no escucha. El pánico le retumba en los oídos, su mente es un torbellino de imágenes fugaces.
El dormitorio de Leila, un grito que quizá solo imaginó, la caseta de la piscina, policías mirándola fijamente, fingiendo amabilidad, incapaces de ocultar la sospecha en sus ojos, la nota en su bolso.
Y Harry.
Que aparece de la nada.
—¿Cómo la metiste en mi bolso?
Las palabras le salen a borbotones, entrecortadas y sin aliento.
Harry la mira fijamente.
—¿Meter el qué en tu bolso?
—La nota —sisea—. La encontré en mi bolso.
—Charlie, yo no...
Ella lo interrumpe y alza la voz.
—¿Estabas en la tienda? ¿Me vigilabas? ¿Me seguiste desde mi casa? ¿También dejaste la nota en mi coche?
Una pareja al otro lado de la fila de coches aparcados se vuelve a mirar. Un hombre de mediana edad que está cargando madera en su camioneta se detiene y los observa.
Harry levanta las dos manos ligeramente, con las palmas hacia fuera, como si necesitara que se calmara antes de que estalle.
—Charlie, te lo juro, no sé de qué nota me...
—¡Mentiroso!
Se le quiebra la voz, fuerte y aguda, pero no le importa.
Harry da un respingo, pero no parece culpable. Está sorprendido y confundido, como si ella le hubiera dado un golpe de la nada.
—Vale —dice con suavidad—. Estás alterada. Lo veo. Pero te prometo que yo no...
—Aléjate de mí —casi grita.
Otra pareja se acerca desde unos coches más allá, una mujer con mallas de yoga y un hombre con polo. Ambos tienen el rostro marcado por la preocupación.
—¿Señorita? ¿Está usted bien? —pregunta el hombre.
Temblando, con un nudo en la garganta, Charlie no puede responder.
Harry retrocede, con las manos aún en alto, y su expresión se desmorona en algo aturdido y triste.
—Charlie... espera. Por favor.
—¡Déjame en paz! —le dice mientras se mete en el coche y cierra la puerta de un portazo que hace vibrar el cristal. Le tiemblan las manos sin control mientras mete la llave en el contacto.
La pareja se acerca a su ventanilla. La mujer articula en silencio: ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda?
Charlie niega con la cabeza de forma rápida y brusca, arranca el coche y sale de la plaza demasiado deprisa, con un chirrido de neumáticos contra el asfalto.