CAPÍTULO 12
CHARLIE
AHORA
Han pasado dos semanas desde que se mudaron a Cartwright Park, y Charlie todavía se despierta casi todas las mañanas con la inquietante sensación de estar durmiendo dentro del recuerdo de otra persona.
Las paredes son nuevas, pintadas de un suave greige que ella y Theo eligieron con esmero, pero aún puede sentir los huesos de la casa bajo la pintura, la forma de las habitaciones en las que ya ha entrado antes, en otra vida que lleva años intentando negar.
No ha pisado el antiguo dormitorio de Leila.
Lo evita como una niña evita un armario abierto por la noche, negándose a mirar porque saber es peor que preguntarse.
Theo no insiste. Ha dejado caer alguna sugerencia sobre dónde podría ir su rincón de lectura, y cuando ella dijo que había cambiado de opinión y prefería leer abajo en el estudio, él no dijo nada más.
Y se lo agradece. Pero la gratitud no alivia las náuseas que le habitan en la garganta.
Charlie se detiene frente a un gran lienzo de azules y blancos suaves, algo vagamente oceánico, algo que había imaginado sereno sobre el aparador del salón.
Pero mientras lo observa, su mente la traiciona.
En sus pinceladas difusas no ve agua ni cielo, sino el cuadro que una vez dominó el salón de los Marsh. No una escena oceánica. Un Caravaggio.
La vocación de san Mateo.
Recuerda la primera vez que lo vio. Cómo la luz del cuadro se abría paso por la escena con una intensidad casi quirúrgica, iluminando el rostro sobresaltado de Mateo, la confusión de sus compañeros, el marcado contraste entre sombra y resplandor.
Tenía once años. Demasiado joven para entender por qué aquel cuadro parecía una advertencia. Demasiado mayor para no sentir su peso.
Se le entrecorta la respiración.
Un ruido tenue a su espalda la arranca del recuerdo. Se gira bruscamente.
Un empleado de la tienda, un chico joven con una placa que reza «MARCUS», coloca frascos decorativos en un estante inferior. Le dedica una sonrisa educada y rígida, de esas que los dependientes reservan para los clientes que parecen a punto de pedir ayuda.
Charlie parpadea, le devuelve una sonrisa igual de tensa y aparta la mirada. Necesita irse. Ya.
La cesta de la compra le pesa de pronto en la mano. Demasiado para lo que lleva dentro. Tres velas en frascos de vidrio esmerilado y un juego de cajas apilables que no necesitaba. Agarra el asa de todos modos y se obliga a caminar.
Los pasillos son un laberinto. Los jarrones se difuminan en cestas tejidas, las cestas en guirnaldas de eucalipto, el eucalipto en citas enmarcadas sobre el mindfulness que le dan ganas de reír o gritar, no sabe bien cuál de las dos cosas. Los fluorescentes emiten un zumbido bajo y metálico.
¿Dónde está la caja? ¿Por qué cada pasillo parece adentrarla más en la tienda en lugar de llevarla hacia la salida?
Un hormigueo le trepa por la nuca. El mismo hormigueo que sintió en el aparcamiento del supermercado. La misma opresión sutil en las costillas que sintió en el pasillo de arriba de la mansión Marsh. Acelera el paso.
Por fin, joder, por fin, las cajas registradoras. Se pone a la cola agarrando la cesta con las palmas sudorosas. Una mujer delante de ella discute por un cupón, con voz aguda y nasal.
Le toca.
Deja lo que lleva en el mostrador. La cajera, una mujer de mediana edad con ojos amables y postura cansada, lo escanea todo metódicamente.
—Son cuarenta y seis con ochenta y tres.
Charlie mete la mano en el bolso.
Y se congela.
Allí, colocado con cuidado junto a la cartera, hay un papel blanco doblado con pulcritud.
El corazón le da un vuelco.
Esta mañana cambió de bolso: dejó el de cuero marrón por el bandolero tejido, más pequeño. Lo vació todo sobre el tocador y pasó solo lo que necesitaba.
No había ninguna nota.
No entonces.
No hasta ahora.
Le tiemblan los dedos mientras la levanta.
—¿Señora? ¿Todo bien? —pregunta la cajera.
Charlie asiente levemente.
—Sí. Perdón. Es que...
Abre la nota bajo el mostrador, fuera de la vista.
La letra es la misma.
SÉ LO QUE HICISTE
Un temblor fino le recorre las manos, y se obliga a doblar la nota de nuevo, guardársela en el bolsillo y sacar la cartera. Sus movimientos son mecánicos, como si su cuerpo funcionara por un instinto más profundo que el pensamiento consciente.
La cajera mete sus cosas en la bolsa despacio, observándola con gesto vacilante y preocupado, como si Charlie fuera a desmayarse o a vomitar de un momento a otro.
SÉ LO QUE HICISTE
Se le nubla la vista.
Alguien sabe.
Alguien recuerda.
Alguien se acercó lo bastante como para meterle una nota en el bolso sin que se diera cuenta.
—Que tenga un buen día —dice la mujer con suavidad.
Charlie esboza algo parecido a una sonrisa. Apenas.
Fuera, el calor la envuelve al instante. Algunas personas entran y salen de la tienda.
La mirada de Charlie salta de rostro en rostro.
La madre con un cochecito. Los dos adolescentes con sus cafés con hielo. La mujer mayor que mete bolsas en el maletero. El hombre apoyado en una camioneta, mirando el móvil.
Cualquiera podría haberle metido esa nota en el bolso.
Cualquiera podría estar observándola.
Se le eriza la piel.
Camina deprisa hacia el coche, con el corazón desbocado, las llaves apretadas entre los dedos como un arma que sabe que no llegará a usar. Cada paso resuena demasiado. Cada sombra está demasiado cerca.
A mitad del aparcamiento, se obliga a girarse, despacio, con naturalidad. Nadie la ha seguido. Nada parece fuera de lugar.
Pero nada parece seguro.