CAPÍTULO 8
CHARLIE
AHORA
El aire está cargado de humedad y huele a hierba mojada. Charlie se siente mareada, casi ebria; la luz del sol es demasiado intensa, el mundo demasiado nítido en sus contornos.
—Aquí estamos —dice Theo alegremente—. Hogar, dulce hogar.
Charlie no se mueve, con el aliento contenido a medio camino entre inspirar y espirar. La casa se alza ante ella: tres pisos de piedra caliza pálida, ventanas con contraventanas, un amplio porche sostenido por columnas blancas y magnolios que proyectan una sombra densa sobre el césped cuidado.
Tiene el mismo aspecto.
Han pasado quince años, pero tiene el mismo aspecto.
A su lado, la voz de Theo la saca de su parálisis. —¿Estás bien?
Ella fuerza una sonrisa. —Sí. Solo... estoy asimilándolo.
Él sonríe, complacido. —Entremos, ¿te parece?
Cada paso por el camino de entrada es como adentrarse en una pesadilla que ha pasado toda su vida intentando olvidar.
La puerta principal se abre con un crujido y un escalofrío le recorre la espalda. Dentro, el aire huele levemente a polvo y cera para suelos. Sus pasos resuenan en las habitaciones vacías.
Theo adopta con facilidad su papel de guía turístico, la voz suave, llena de entusiasmo. —Bueno, los anteriores propietarios hicieron una reforma integral hace unos ocho años. Accesorios nuevos, molduras, encimeras de mármol. Mira este espacio. ¿No te lo imaginas con tus toques personales?
Charlie asiente, apenas escuchándolo.
El vestíbulo da a una amplia sala de estar con ventanas altas y una chimenea enmarcada en piedra blanca.
Pero ella no ve el mármol ni la luz. Ve la habitación tal como era antes.
Sofás de damasco azul y blanco, el piano de cola junto a la ventana, la madre de Leila sentada allí con una copa de vino, con una sonrisa demasiado forzada.
El pasado y el presente se difuminan, como en una doble exposición.
La mano de Theo roza la suya. —¿Te gusta?
—Ajá. —Su voz suena lejana.
Él la guía por la cocina, el comedor, señalando detalles que ella no registra. Cada umbral que cruza le oprime un poco más el pecho. El aire se vuelve más escaso, las paredes más cercanas.
Cuando llegan a la escalera, siente las piernas como de agua. Se agarra a la barandilla para mantener el equilibrio. Arriba, la luz del sol se filtra por las altas ventanas del pasillo y el polvo se arremolina en rayos dorados.
Theo camina delante, sus pasos amortiguados sobre el suelo de madera pulida, señalando detalles a medida que avanzan. La claraboya, las estanterías empotradas, el armario para la ropa de cama que ella podría usar como trastero. Sus palabras se funden en un ruido de fondo.
Charlie lo sigue unos pasos por detrás, con el estómago encogido a cada giro. El pasillo parece más largo de lo que recuerda. Y entonces, de repente, se da cuenta de adónde la está llevando.
No.
El pulso se le acelera. Conoce este tramo de pasillo. El dibujo de la moldura del techo, cómo la luz incidía en la pared del fondo. Puede verlo en su mente exactamente como era, hasta la acuarela enmarcada de flores silvestres que solía colgar junto a la puerta.
La está llevando allí.
A la habitación que nunca quiso volver a ver.
Theo se detiene junto a la puerta y apoya la mano en el pomo. —Y esto —dice, volviéndose hacia ella con una sonrisa despreocupada— podría ser tu rincón de lectura. Tiene muy buena luz por la mañana...
—No puedo entrar ahí. —Las palabras le salen atropelladas, entrecortadas.
Theo parpadea, confundido. —¿Qué?
—Es solo que... no puedo —dice mientras niega con la cabeza. Tiene la garganta cerrada, la respiración entrecortada—. No me encuentro bien.
Él la observa, y la sonrisa se le borra del rostro. —Charlie, ¿qué pasa?
Ella traga saliva. —Solo estoy mareada. Será el calor.
Él duda y luego le coge la mano. —Vale. Podemos ir a ver las otras habitaciones y...
—En realidad, eh... —respira hondo, conteniendo el pánico—. ¿Podríamos irnos?
Theo frunce el ceño. —¿Quieres irte? No hemos visto el resto de la casa.
—Lo sé, pero es que... —Charlie se detiene de nuevo, con el pulso acelerado, reprimiendo el impulso de gritar—. De verdad que no me encuentro bien. Lo siento...
—No, tranquila —dice Theo, y la rodea con el brazo para atraerla hacia sí—. Podemos volver en otro momento. No hay prisa. Total, el sitio ya es nuestro.
Charlie asiente débilmente, con la mirada de nuevo en la puerta cerrada, mientras su mente regresa a lo que sucedió en esa habitación.