El día que desapareció CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

CHARLIE

HACE QUINCE AÑOS

Charlie permanecía en el pasillo, apostada justo al otro lado de la amplia entrada al salón, con los dedos aferrados al borde del marco. Las voces de sus padres, bajas, tensas, entrecortadas, se colaban por la estrecha rendija como el humo.

—El detective ha vuelto a pasarse —dijo su padre en tono bajo y cortante, como si intentara mantener la calma—. Quieren hablar con Charlie.

El aire pesaba, sofocante. Charlie se pegó más a la pared. Metió la mano en el bolsillo de la bata y sacó la pulsera de dijes.

Su madre parecía sobresaltada.

—¿Otra vez? ¿Por qué? Ya les dijo que no sabía nada de la desaparición de Leila.

Su padre suspiró.

—El detective dice que un vecino ha dado testimonio. Que vio a Charlie salir de casa de los Marsh esa tarde.

Charlie apoyó la mano contra la pared para sostenerse, parpadeando con fuerza mientras las lágrimas le anegaban los ojos.

Hubo un momento de silencio. Luego, un jadeo brusco de su madre.

—¿Qué vecino?

—Allen Shaw —dijo su padre—. Ya lo conoces. El viudo de la esquina, el del ridículo jardín de rosas. Fue director ejecutivo de algo, creo.

Su madre resopló.

—¿Y le creen? Tiene setenta y tantos años. Medio ciego, seguramente. Siempre fuera regando esas flores y cotilleando. A lo mejor vio a otra persona. Había muchos críos por la zona después de clase ese día.

Los pasos de su padre resonaron sobre las baldosas, el golpeteo sordo de sus zapatos acompasado y tenso.

—Les dije que se equivocan. Pero si quieren hablar con ella...

—¿Qué?

—Significa que la policía no la cree, Helen. Creen que miente.

La voz de su madre titubeó.

—Peter, ¿y si...?

—No está mintiendo —dijo él, demasiado rápido.

—Eso no lo sabes.

Charlie apretó con más fuerza la pulsera de dijes hasta que las diminutas letras de plata se le clavaron en la piel.

— Sí lo sé —dijo él, con un tono tajante, casi suplicante—. Tiene once años. No sabe nada. Solo creen que sí porque Shaw dice que la vio.

Su madre guardó silencio un largo rato y luego preguntó en voz baja:

—¿Y ahora qué?

—Llamaré a Tom Andrews mañana a primera hora —dijo él—. No vamos a dejar que vuelva a hablar con la policía sin un abogado presente.

—¿Eso no la haría parecer culpable?

A Charlie le dio un vuelco el corazón.

—No es culpable —dijo él, pero había algo en su tono, algo tenso e inseguro, que hizo que a Charlie se le encogiera el pecho.

Su madre se echó a llorar quedamente.

—Peter, ¿y si sabe algo pero tiene demasiado miedo para decirlo? ¿Y si...?

—Basta. —Su voz restalló como un látigo—. No hizo nada. Ya ha sufrido bastante.

Charlie apoyó la frente contra la pared; el yeso frío la anclaba mientras se le nublaba la vista.

Le ardía la garganta.

Quizá debería contarle la verdad a la policía.

Quizá no debería haber mentido.

Se mordió el labio hasta notar el sabor de la sangre. Luego abrió la mano despacio y contempló las diminutas letras de plata que colgaban de la cadena.

Captaban la luz del pasillo y brillaban como algo vivo.

L-E-I-L-A.