El día que desapareció CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

HARRY

AHORA

Harry deja la taza en el fregadero y se retira a su dormitorio. El apartamento está en silencio, salvo por el zumbido lejano del tráfico y el runrún de la nevera al encenderse y apagarse.

Abre el armario del rincón y se arrodilla, apartando una pila de cajas de mudanza viejas y unas zapatillas de correr que no se ha puesto en años. Sus dedos la encuentran casi por instinto.

Una cajita de tabaco de madera, tallada y desgastada en los bordes.

Se sienta en el borde de la cama con la caja en el regazo, el suelo de madera frío bajo los pies descalzos. Por un momento, se limita a mirar la tapa, notando el pulso en la garganta. Luego la abre.

Dentro hay recortes de periódico doblados, algunos amarillentos y quebradizos, otros mejor conservados. Coge el primero y lo alisa.

LEILA MARSH VISTA POR ÚLTIMA VEZ POR UNA AMIGA

La foto escolar de Leila le devuelve la mirada. Cabello rubio recogido en una trenza pulcra, ojos azules brillantes, una sonrisa que parece ensayada pero segura. La clase de chica que los profesores adoraban. La clase de chica que habría llegado a ser deslumbrante.

Y traicionera.

Harry recorre el titular con el pulgar. Despacio, lo deja a un lado y desdobla el siguiente artículo.

Se le corta la respiración.

RESTOS DE LEILA MARSH DESCUBIERTOS EN EL BOSQUE

La habitación parece encogerse mientras el recuerdo lo asalta.

La noticia se había extendido por el vecindario como un reguero de pólvora, arrasando rápido y sin piedad, dejando todo chamuscado a su paso.

Sus padres se lo habían contado durante la cena, con voces tensas y cautelosas, poniendo fin a semanas de búsquedas infructuosas y pistas que no llevaban a ninguna parte.

Su madre cambió después de aquello. Echaba el cerrojo a puertas que nunca antes se habían cerrado con llave.

Lo vigilaba desde la ventana mientras caminaba hasta la parada del autobús, los dedos crispados en las cortinas.

Susurraba sobre depredadores y peligros, convencida de que un psicópata asesino de niños merodeaba por sus calles ajardinadas, cazando críos como si fueran presas.

En el colegio, los rumores eran peores.

Recuerda haberse quedado cerca del borde del patio durante el recreo, fingiendo no escuchar mientras un grupo de chicos cuchicheaban con las cabezas juntas, las voces bajas pero ansiosas.

—Mi padre juega al golf con el alcalde —dijo uno de ellos, sacando pecho—. Y con el jefe de policía. Le contó lo que le pasó a Leila.

Los chicos se acercaron más.

—La encontraron destrozada —continuó el chico—. Como si la hubieran atacado los animales. Animales salvajes.

Un escalofrío de excitación morbosa recorrió el grupo.

—Joder.

—Qué fuerte.

—Pero mola.

Harry sintió algo extraño retorcerse en el estómago, algo agudo y eléctrico. La misma mezcla de emoción y miedo que sentía antes de la primera bajada en una montaña rusa.

Entonces alguien dijo:

—Creen que Charlie Whitaker sabe algo.

Harry alzó la mirada.

—Ella dice que no —añadió otro chico con una sonrisita—. Pero van a hipnotizarla. Para que suelte la verdad.

—Esa bicho raro —murmuró alguien—. Seguro que fue ella quien mató a Leila. De pura envidia.

Harry no la había defendido. Se había quedado allí callado, sintiendo esa misma mezcla enfermiza de curiosidad y pavor.

Sus pensamientos vuelven ahora, sin quererlo, a Charlie.

¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la vio? ¿Cuatro años? ¿Cinco? En Austin, en la UT. Hacía ya demasiado. Exhala y se recuesta contra la pared, los recortes aún esparcidos sobre la cama.

Si de verdad iba a hacer esto, si iba a contar la historia de Leila como debía contarse, necesitaba a Charlie.

La única persona que podía rellenar las lagunas.

Pero ¿cómo dar con ella?

Se coloca el portátil sobre las rodillas y empieza a teclear.

Charlene Whitaker, Houston.

Charlene Whitaker, Austin.

Tras unos minutos de callejones sin salida y tiempo perdido con la Charlene Whitaker equivocada, Harry piensa en usar el apellido de casada.

El año anterior, su madre le había contado que se había casado con un tipo. Harry había fingido que no le importaba, fingido que no se acordaba de Charlie, pero se le había encogido el estómago. No sabía muy bien qué sentía al respecto, y tampoco quería averiguarlo.

Teclea: Charlene Whitaker boda.

Un anuncio de boda llena la pantalla. Una pareja sonriente, radiante y perfecta, imposiblemente feliz.

CHARLENE WHITAKER SE CASA CON THEODORE SPENCER

Harry clava la mirada en el novio.

Se le revuelve el estómago cuando lo reconoce.

Theodore Spencer es el tipo con el que salía Charlie la noche que Harry se la encontró en Sixth Street.

Recuerda haberla visto nada más entrar en el bar, quedándose paralizado de la sorpresa. Estaba sentada sola, mirando el móvil, con una copa medio vacía condensándose delante.

Parecía estar esperando a alguien. No dejaba de mirar hacia la puerta, de consultar el móvil, y luego fingía indiferencia.

Cuando ella salió del bar sin verlo, Harry la siguió, sin entender qué lo empujaba a hacerlo, solo sabiendo que necesitaba hablar con ella otra vez...

En un semáforo, volvieron a encontrarse después de más de diez años.

La acompañó hasta su apartamento, y ella lo invitó a subir.

Habían hablado durante horas con una botella de vino barato. La conversación derivó en risas. Las risas, en algo imprudente, cálido e inevitable.

Y luego, a la mañana siguiente, el ambiente se volvió tenso e incómodo.

Ella asintió, pero su mirada siguió siendo fría.

—Oye, mira... creo que los dos podemos estar de acuerdo en que esto ha sido un error.

—¿Un error?

—Lo de anoche... nosotros dos... juntos... no tendría que haber pasado.

Harry frunció el ceño, preguntándose por qué se había puesto tan borde de repente, y si esa actitud abrupta tendría algo que ver con lo que había visto en el joyero.

—Yo no tengo ningún problema con lo que pasó...

—Tengo novio —dijo ella.

—¿Te refieres al tipo que te dejó plantada?

Charlie hizo una mueca.

—Algo tuvo que pasar. Theo normalmente no...

—¿Así se llama? ¿Theo?

Charlie asintió.

—Y es... es algo serio entre nosotros.

Él se encogió de hombros a la fuerza.

—Vale. De acuerdo.

No había ido bien.

No porque ella lo hubiera rechazado.

Sino por lo que había encontrado en su apartamento.

Ahora pasa las fotos de la boda, apartando el recuerdo de su mente.

Contactarla quedaría mal. Incluso raro.

Pero no puede quitarse la idea de la cabeza.

Si Charlie había sido la última persona en ver a Leila con vida, tal vez podría contarle por fin lo que realmente pasó.

Tal vez por eso no puede dejar de pensar en ella.

No por el pasado.

Sino por todo lo que ella aún podría saber.

Por todo lo que nunca dijo.