CAPÍTULO 4
HARRY
AHORA
Harry Nichols yace despatarrado en el sofá de cuero de su sala, con un brazo sobre la cara y el teléfono pegado a la oreja. El ventilador de techo zumba suavemente, agitando el aire cálido.
—No pido mucho —dice, intentando sonar despreocupado—. Solo un poco de ayuda para llegar a fin de mes.
Al otro lado de la línea, la voz de su padre destila esa mezcla punzante de diversión e irritación que viene de años sacando a Harry de apuros.
—¿Ayuda? ¿Para qué narices necesitas dinero? Vives en un piso que es mío. No pagas alquiler. ¿Qué gastos tienes?
Harry se masajea el puente de la nariz con el pulgar.
La verdad es que la cafetería apenas da para gasolina y la compra.
Se suponía que no iba a ser un trabajo para siempre, solo algo para mantenerse a flote mientras encontraba su camino.
Pero los meses se convirtieron en años, y encontrar su camino se había convertido en una ilusión a jornada completa.
Cada nómina se va directamente a facturas, gasolina y gastos sin ton ni son.
—Es que las cosas han estado justas —dice Harry al fin—. Me han recortado las horas en la cafetería.
Su padre deja escapar un sonido, mitad suspiro, mitad risa.
—¿Sigues trabajando ahí? Harry, eso es un callejón sin salida. Un trabajo sin futuro, ingrato. Vales más que eso.
Harry no responde.
—Y sobre ese piso —continúa su padre—. Lo voy a poner en venta.
Harry se incorpora de golpe.
—¿Vas a qué ?
—Lo voy a vender. A menos que quieras comprarlo tú.
Se le cae el alma a los pies.
—¿Con qué dinero?
—Podrías pagarlo si vinieras a trabajar conmigo —dice su padre en tono conciliador—. Hacer de pasante mientras estudias Derecho. Te pagaría lo suficiente para cubrir la hipoteca y la matrícula. Por fin tendrías un futuro de verdad.
Harry se frota la nuca, con la mirada fija en el rayo de sol que cruza el suelo.
—Dijiste que me darías tiempo para pensarlo.
—Y te lo di. Un año. Y aquí estamos —dice su padre—. Así que piensa más rápido.
—Ni siquiera sé si es lo que quiero.
—Entonces, ¿qué quieres ser exactamente ? ¿ Podcaster de crímenes reales ?
A Harry se le cierra la garganta.
—¿Lo sabes?
—Lo sé todo de ti —dice su padre—. Y he escuchado tu programita. No te escucha nadie, hijo. Estás perdiendo el tiempo.
El rubor le sube por el cuello.
—Me escucharían si tuviera una buena historia.
Su padre resopla con desdén.
—¿Una buena historia sobre qué?
Harry vacila.
—¿Te acuerdas de la chica que desapareció cuando yo era pequeño? ¿Leila Marsh?
—¿Qué pasa con ella?
—Quizá sea una buena historia —dice Harry en voz baja—. A lo mejor hay algo que se les escapó. Quizá alguien sepa algo.
Su padre suelta una risita.
—¿Así que vas a ir por ahí por Houston jugando a ser detective?
—No lo sé —admite Harry, sintiéndose ridículo—. Pero tengo una perspectiva interesante, un punto de vista único sobre el caso.
—¿Ah, sí?
—Conocía a Leila Marsh —dice Harry—. Íbamos juntos al colegio. Ayudé a repartir octavillas para buscarla cuando desapareció.
—Como docenas de otros críos del barrio —dice su padre con desdén—. No es precisamente interesante, ni único.
Harry suspira, sin saber qué responder, preguntándose si quizá su padre tenga razón.
El ruido de papeles al fondo indica que su padre pasa a asuntos más importantes.
—Tengo que dejarte. Tienes un mes para arreglar tu situación, Harry. Después de eso, a la facultad de Derecho. Te guste o no.
Indignado por el ultimátum, Harry replica:
—¿Lo dices en serio?
—Tienes veintiséis años —dice su padre—. Ya es hora de que madures. Haz el LSAT antes de que acabe el año, o se acabó la ayuda. Esta vez va en serio.
Un clic, y luego el silencio hueco de la línea muerta.
Harry deja caer el teléfono sobre el pecho y se queda mirando el techo. Las aspas del ventilador giran sobre su cabeza, hipnóticas.
Se frota los ojos, notando cómo la vieja frustración le cuaja bajo la piel. Las palabras de su padre no son nuevas. Solo parte de un guion familiar que llevan años representando. Harry pidiendo dinero, su padre recordándole lo que se suponía que debía ser.
Se levanta, va hasta la cocina, pone café y se queda mirando por la ventana. A lo lejos, la sirena de una ambulancia se pierde en la distancia.
Debería estar trabajando en su podcast.
Lo único que todavía le hace sentirse él mismo. El crimen de tu vida no tiene éxito en ningún sentido objetivo, pero es suyo. El único proyecto que parece que podría importar, aunque no pague las facturas.
Harry se apoya en la encimera, tamborileando en la taza con el pulgar.
Leila Marsh.
Habían ido juntos a St. Mark's, el pequeño y exclusivo colegio privado escondido tras los robles de Memorial Drive, donde los niños llegaban en coches importados y a los profesores se les llamaba catedráticos.
Leila había reinado en aquel lugar. No de manera oficial.
No era de las del consejo de estudiantes ni del cuadro de honor.
Pero todos sabían que ella decidía quién importaba.
Era hermosa, inteligente y cruel cuando le apetecía. Y siempre le apetecía ser cruel.
Harry aprendió lo diabólica que podía ser por las malas.
Aún recordaba el dolor de quinto curso, el día en que ella lo había humillado delante de media clase.
Por entonces era tímido, torpe, desesperado por encajar.
Ella había soltado un comentario hiriente sobre cómo se había ensuciado encima al comer algo que le sentó mal en una de sus fiestas de cumpleaños.
Las risas que siguieron fueron despiadadas.
Le ardieron tanto las mejillas que sintió que iban a ampollársele.
Leila había sonreído con dulzura, como si no hubiera pretendido hacer daño. Eso era lo que tenía. Podía clavarte el cuchillo y conseguir que le dieras las gracias por ello.
La había odiado después de aquello. Odiaba que todos siguieran adorándola. Que hasta los profesores se derritieran con ella.
Y entonces un día desapareció.
Recordaba que sus padres lo habían llamado a la sala de estar, la más pequeña y acogedora, donde su madre solía tocar el piano.
La casa estaba demasiado silenciosa, cargada con el runrún del aire acondicionado y el zumbido tenue del filtro de la piscina en el exterior.
Su padre no paraba de dar vueltas; su madre permanecía inmóvil, con las manos entrelazadas.
Su padre le indicó que se sentara y le dio la noticia sin rodeos, con tono seco.
Leila Marsh había desaparecido. Aquellas palabras fueron como un puñetazo en el estómago.
Conmocionado y asustado, Harry no sabía qué decir ni qué pensar.
¿Cómo podía haber desaparecido Leila? La había visto en el colegio esa misma mañana.
Su padre continuó: la policía estaba hablando con todos los vecinos del barrio.
—Si sabes algo, Harry —había dicho su padre—, lo que sea, tienes que decírnoslo. Si no, mantén la boca cerrada y no te metas. ¿Me entiendes?
Harry insistió en que no sabía nada. Porque era verdad.
Estaba confundido, preocupado, e incluso sentía lástima por Leila.
Pero una parte de él, una parte pequeña y mezquina, pensó que quizá Leila había recibido su merecido. Quizá desaparecer era el castigo por todas las cosas horribles que había hecho. Quizá había desaparecido porque era una zorra odiosa que solo fingía ser dulce y perfecta.
Nunca lo había dicho en voz alta, por supuesto.
Y ahora, de pie en su cocina con el regusto del café aguado y la amargura en la boca, Harry siente cómo vuelve el viejo malestar, lento y familiar.
No sabe por qué, pero no puede quitarse de la cabeza la idea de que Charlie Whitaker sabe algo.
No está seguro de cómo lo sabe. Pero en algún punto entre los viejos titulares y aquella sonrisa nerviosa que ella solía esbozar, hay una verdad que ha decidido no contar.
Y quizá pueda convencerla de que confiese lo que sabe.