CAPÍTULO 3
CHARLIE
AHORA
El aroma a ajo asado y tomate a fuego lento se aferra a la cocina como un chal de lana: cálido, denso, un poco sofocante.
Al otro lado de la ventana, el crepúsculo cae perezosamente sobre la ciudad; el cielo se desvanece del coral a un gris suave y amoratado. Dentro, las lámparas colgantes proyectan un resplandor estéril sobre el tajo de madera, resaltando motas de perejil pegadas a la hoja de su cuchillo de chef.
Charlie está descalza, con las mangas arremangadas, cortando berenjena en rodajas finas para la musaca que no le apetece.
La puerta principal se abre.
Charlie se tensa.
Los pasos de Theo resuenan por el pasillo.
Firmes y pausados, con esa cadencia confiada que ella le había dicho una vez que le daba aire de ser dueño del suelo que pisaba.
Sus zapatos repiquetean contra la tarima, luego el golpe sordo del maletín al caer sobre el banco de la entrada, seguido del susurro de tela al quitarse la chaqueta.
Se enjuaga las manos bajo el grifo, las sacude y se obliga a sonreír antes de que él llegue a la cocina.
No quiere que Theo vea nada extraño en su expresión.
Ni su inquietud, ni el recuerdo de la nota doblada bajo el limpiaparabrisas.
Ni el hecho de que todavía se siente como si estuviera en aquel aparcamiento con la nota bajo la escobilla, el corazón desbocado.
Necesita concentrarse. Todo tiene que parecer normal.
—Hola, preciosa…
Nota que se le calientan las mejillas y que parte de la tensión se disipa. Charlie mira a su izquierda.
Theo está en la puerta de la cocina, alto y musculoso, con su presencia llenando la estancia.
La mira con esa media sonrisa que hace que la gente confíe instintivamente en él, la expresión que siempre la dejaba sin aliento.
Dios, qué guapo era. Con los hombros anchos bajo la camisa de trabajo, la corbata aflojada, los ojos cálidos de afecto sereno.
A veces todavía no puede creer que él la eligiera a ella.
Quiere acortar la distancia entre ellos, correr a sus brazos, hundir el rostro en su pecho y dejarse abrazar.
Quiere ser su esposa como prometió: estar presente, estar entera.
Pero su mente sigue atrapada en un bucle, sobrevolando la nota como un buitre sobre un cadáver.
Se dice que lo deje estar, que no permita que ocupe espacio.
Pero las palabras son pegajosas, enquistadas en sus pensamientos como algo que no logra arrancarse de la garganta.
Parpadea, fuerza una sonrisa y espera que él no vea cuánto le está costando aparentar que está bien.
Da otro corte a la berenjena.
—Hola, guapo…
Los labios de él le rozan la mejilla.
—¿Qué tal el día?
—Bien —dice ella mientras corta otra rodaja de la fruta de color morado oscuro.
Él la estrecha con suavidad.
—¿Encontraste todo lo que necesitabas en el mercadillo?
Nota que se ablanda, solo un poco, contra él. Por un momento, casi puede fingir que todo es normal.
—La verdad es que no. Así que fui a Vignette. Espero que no te importe.
—Claro que no —dice Theo—. ¿Por qué iba a importarme?
—Es que es un poco caro.
—Pero conseguiste lo que necesitabas, ¿no?
Ella asiente.
—Sí. Y con suerte, la cena quedará genial.
—Hablando de cosas geniales…
Curiosa, Charlie vuelve a mirarlo.
Él se aparta lo justo para mirarla, con los ojos brillantes.
—Tengo noticias.
El corazón le da un vuelco.
—¿Qué clase de noticias?
Theo sonríe de oreja a oreja.
—Hemos comprado una casa.
Se le quedan las manos paralizadas sobre la tabla de cortar. El cuchillo queda suspendido en el aire.
—¿Que… qué?
Parece satisfecho consigo mismo.
—He cerrado esta tarde. ¿Te acuerdas del agente del que me habló Evan? Tenía un vendedor que necesitaba una oferta rápida y sin complicaciones. Así que hice una. El precio que pedían. Sin condiciones. La aceptaron.
Charlie parpadea. Se le revuelve el estómago.
—Pensaba que íbamos a dejar de buscar durante un tiempo.
—Ya lo sé —dice Theo con tono despreocupado—. Pero es que me cayó del cielo. La verdad, quería darte una sorpresa. Hemos tenido tantas decepciones que pensé… que esto sería algo bueno.
Algo bueno.
Charlie aplasta un diente de ajo con el lado plano de la hoja, luego empieza a cortar de nuevo, despacio, metódica, como si el ritmo pudiera anclarla.
Debería decir algo. Lo que sea. Quizá que se ha sentido excluida de la decisión. O que su opinión no contaba. ¿No debería tener voz en dónde van a pasar el resto de sus vidas? Pero en cuanto surge el pensamiento, también surge la culpa.
Theo es quien hace posible la vida que llevan.
El elegante apartamento, la seguridad, las toallas suaves y los muebles bonitos.
Su trabajo como especialista en inversiones en una gestora de patrimonios local les asegura una vida de comodidad y tranquilidad.
Pero Theo nunca se lo ha echado en cara.
Ni una sola vez. Nada de «mi dinero, mis reglas». Nunca lleva la cuenta.
Así que quizá esta vez no ha tenido ni voz ni voto.
No pasa nada, ¿verdad?
—¿Estás bien? —pregunta él sin dejar de observarla.
Charlie asiente, diciéndose que no exagere. Que no arruine el momento.
—Claro. Es solo que… me ha pillado por sorpresa.
—Está en un barrio que se llama Cartwright Park —dice él, radiante.
Cartwright Park.
Se le cae el alma a los pies.
Charlie siente una oleada de desorientación, como si la habitación se hubiera inclinado cinco grados hacia la izquierda. Se agarra a la encimera para no perder el equilibrio, con la palma húmeda contra el tajo de madera.
El aire de la cocina parece espeso ahora, cargado. El aroma mantecoso del ajo al asarse, antes reconfortante, se vuelve agrio en el fondo de la garganta. La luz del techo zumba débilmente, proyectando un suave resplandor dorado sobre las encimeras, pero Charlie está helada.
Theo se aparta de ella y se acerca a la isla.
—Es de construcción antigua, pero sólida. Buena estructura. Jardín grande. Calle tranquila. Una de esas joyas ocultas que ni siquiera llegó a publicarse en internet. Los vendedores querían cerrar rápido, sin complicaciones. Y aproveché.
—Eso es... genial —dice Charlie mientras vuelve a coger el cuchillo, con las manos temblorosas.
Sujeta el tomate con la palma y estabiliza la hoja.
Cartwright Park.
El barrio de su infancia. Calles sinuosas y callejones sin salida bordeados de robles. Casas coloniales de dos plantas y amplios chalets con setos bien cuidados y entradas donde cabían tres coches. Un enclave de ricos: médicos, abogados y empresarios.
Pero Charlie ya no piensa en el exclusivo barrio como un sitio de calles arboladas y amplios jardines.
Recuerda a los equipos de búsqueda que peinaban zanjas y pantanos.
Los folletos grapados en los postes de teléfono.
Los vecinos que cuchicheaban al final de las entradas.
A sus padres de pie en la cocina a altas horas de la noche, el resplandor de las luces bajo los armarios tiñendo de sombras sus rostros ansiosos.
Hablaban en voz baja sobre por qué la policía quería hablar con ella otra vez.
¿Qué creían los polis que podía haber visto o sabido? ¿Sobre qué pensaban que había mentido?
—Pensaba que te alegrarías —dice Theo.
Charlie se obliga a asentir.
—Lo estoy —dice—. Claro que sí. Es solo que... me ha pillado desprevenida. Llevamos tanto tiempo buscando, y de repente es real.
Theo vuelve a acercarse por detrás, le rodea la cintura con los brazos y le besa el cuello.
—Te va a encantar, Char. Ya verás.
Ella asiente, con las manos temblándole.
El cuchillo resbala.
El dolor le atraviesa la yema del dedo, agudo y ardiente. Brota una gota roja, luego otra, y caen sobre la encimera formando círculos perfectos, acusadores.
Se queda mirándolos, aturdida.
Theo no se da cuenta. Ya está hablando de metros cuadrados.
Charlie se envuelve el dedo con una servilleta de papel, el blanco tiñéndose enseguida de óxido, y sigue asintiendo, sigue sonriendo, sigue fingiendo que es un jueves cualquiera.
Pero no puede dejar de pensar en la nota.
SÉ QUE MENTISTE