Sloane #3
Algo me golpea por un lado con tanto ímpetu que los pies se me levantan del suelo y salgo despedida.
Unos brazos me rodean cuando la ráfaga de calor pasa a nuestro lado y me quema la piel expuesta, pero la agonía que anhelo no llega.
En vez de eso, noto un dolor distinto en el hombro izquierdo, y al abrir los ojos el mundo me da vueltas mientras rodamos por el sotobosque, yo apretada contra un pecho rígido.
Cuando por fin nos detenemos, alzo la vista hacia un par de ojos castaño oscuro preciosos, tan infinitos que me siento completamente libre.
Podría perderme en ellos, contemplarlos durante una eternidad sin explorar nada más allá de la superficie o fijarme en las pinceladas ámbar, que me atraen todavía más.
—¿Qué cojones haces, Mairi? —ruge él, con una voz que hace que me tiemblen las costillas.
La realidad me atraviesa con la velocidad de una flecha y hago ademán de retroceder, pero sus brazos me retienen, suspendida, sobre el suelo del bosque.
Dain Aetos está encima de mí, con una mano apoyada en el suelo a mi derecha y la otra abierta en mi espalda, como si...
Abro mucho los ojos. Me ha protegido de la peor parte del impacto. Me ha apartado de la trayectoria de las llamas. Me sostiene contra su torso como si tuviera que hacerme de escudo.
Pero a mí no me engaña.
—¡Suéltame!
La ira me inflama las venas a una temperatura muy superior a la del fuego que producen los dragones, y empujo con ambas manos ese pecho inamovible.
Los ojos se le encienden de enfado antes de que se mueva a una velocidad desconcertante, apartándose de mí y poniéndose en pie de un salto.
Caigo de espaldas al suelo, pero apenas permanezco tumbada lo que dura un suspiro. Me pongo en pie justo cuando el Naranja Cola de Espada pasa de largo.
—Te lo voy a preguntar una vez más. ¡¿Qué cojones estás haciendo?! —grita Aetos, con los tendones del cuello tensos y los puños cerrados con fuerza—. ¿Es que quieres matarte?
—¡¿Y a ti qué te importa?! —le contesto a voces, ignorando todas las normas y reglamentos que me han impuesto desde el Parapeto. Este cabrón hizo que mataran a mi hermano.
—¡Soy tu líder de ala, cojones! —Levanta las manos como si fuera yo la que no estuviera donde le corresponde—. ¡Soy tu responsable!
—¿También eras el responsable de Liam?
La rabia se apodera de mí; me lanzo hacia él y le suelto un puñetazo en la cara. Él retrocede un paso y lo esquiva, y yo tropiezo.
—Si quieres hablar de tu hermano, no creo que te convenga pegarme.
—¡Vete a la mierda! —Avanzo y le doy otro puñetazo, a pesar de la diferencia de altura—. ¡Está muerto por tu culpa!
—¡Ya basta! —Me agarra el puño derecho y me atrapa también el otro cuando intento lanzarle un gancho de izquierda.
—¡Es culpa tuya que lo enviaran a Athebyne! —No necesito las manos; aún tengo los pies. Le doy una patada y él gruñe en el mismo instante en que le acierto en la pantorrilla—. ¡Te odio!
Me coge las manos y me da la vuelta hasta que mi espalda queda presionada contra su pecho, y me inmoviliza los puños sobre la clavícula.
—No tanto como me odio a mí mismo, créeme.
—No, no te creo —le escupo, y valoro la posibilidad de darle un golpe con la cabeza, pero me faltan varios centímetros para llegarle a la barbilla, de modo que esa maniobra no me serviría de nada.
—Por el amor de los dioses. —Me sujeta con firmeza y me impide moverme—. Si quieres pegarme, pide un reto, pero te he visto luchar y tienes las de perder.
—Que me sueltes. —Mastico cada palabra entre los dientes.
Para mi completa y absoluta sorpresa, me hace caso.
Me tambaleo hacia delante y luego me vuelvo hacia él para no darle la espalda. Tampoco es que pudiera haberme matado si hubiese querido.
El pecho se me agita por el agotamiento, pero él está como si nada, cubierto de tierra debido a la voltereta que hemos dado en el suelo, pero, por lo demás, completamente imperturbable. Ni siquiera suda, lo cual me parece una terrible injusticia.
—¿Ya te has cansado de pegarme? —me pregunta arqueando las cejas.
—Me lo estoy pensando. —Estiro el hombro izquierdo cuando comienza a dolerme. Con una mirada rápida, descubro que me he dado un golpe con algo, porque tengo el uniforme rasgado y una mancha de sangre está humedeciendo la tela de forma evidente.
—Aprecio mucho tu sinceridad. —Me observa con una mezcla de emociones que pasan a tal velocidad por sus rasgos que soy incapaz de interpretar qué es lo que siente—.
Sí. Violet ha dejado meridianamente claro que fue culpa mía que mandaran a tu hermano a Athebyne, y convivo con ello todos los putos días.
Con lo que no pienso convivir es con que desperdicies tu vida en mitad de la Trilla gritándole a un dragón que no quieres convertirte en jinete.
—¿Y por eso has roto el Código? —Le lanzo la acusación como un puñetazo, y por cómo abre los ojos, he dado en el blanco—. Sí: has interferido.
—Joder. —Entrelaza los dedos, se apoya las manos en la coronilla y luego cierra los ojos, respira hondo y vuelve a mirarme—. Al menos tengo tu vida como prueba.
El estómago se me revuelve y bajo la vista, tomando conciencia de lo poco que ha faltado para que eso no fuese verdad. Me he abalanzado hacia un dragón.
—¿Estás bien? —me pregunta.
Estudio la estructura de las raíces del árbol que tengo a mi izquierda.
—Mírame —me ordena.
Quiero que la tierra se abra y me trague entera. Dain Aetos no solo me ha visto tocar fondo, sino que además me ha salvado de mí misma. Y, por alguna razón, eso me hace odiarlo todavía más.
—¡Los ojos aquí, Mairi! —me espeta.
Desvió la mirada hacia él.
—Ódiame todo lo que quieras —dice con voz suave—. No tenemos por qué volver a hablar de esto. Puedes fingir que no ha ocurrido si así te sientes mejor, pero no voy a dejarte aquí sola si planeas repetir lo que haya sido eso. Así que, por última vez: ¿estás bien?