El día de la Trilla (Empíreo 3.5) Sloane #2
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Sloane #2

—Las utiliza como un soborno —me corrige Imogen—.

Y respecto a Sorrengail, aparte de que sé que acabarás queriéndola con el tiempo, ten en cuenta que ahora solo intenta ayudarte.

¿Te habrías presentado a entrenar si no te hubiera colgado esas cartas delante de esa cabecita rubia tuya como si de una zanahoria se tratara?

Aprieto los dientes por toda respuesta.

—Exacto —dice ella—. Pero ahora te presentas. Y entrenas. Es posible que sobrevivas a los retos gracias a que Violet te haya obligado a ir al gimnasio.

—No esperes que le dé las gracias. —Antes muerta.

—Uy, ni mucho menos. —La voz le rezuma sarcasmo, y pasamos por encima de la gruesa raíz de un árbol—. Al fin y al cabo, solo se ha arriesgado a ser el objetivo de la furia de los líderes y, ay, sí, también de un dios, solo por salvar esas cartas. ¿Lo has pensado alguna vez?

Reduzco la velocidad y frunzo el ceño, porque no se me había pasado por la cabeza.

—Ya lo suponía. —Imogen suspira—. Esa chica estuvo a punto de morir, y lo primero que hizo cuando regresó al cuadrante no fue informar a sus amigos de que estaba viva, sino colarse en la habitación de tu hermano para recuperar unas cartas que todos sabíamos que quemarían legítimamente en honor a Malek.

Por tanto, su interés fuiste, ante todo, tú.

—¿Has venido hasta aquí solo para seguir defendiendo con uñas y dientes a Violet Sorrengail? —Mi tono pierde parte de su acritud.

—No. —Imogen niega con la cabeza—. He venido para decirte que buscas a una dragona Roja Cola de Daga que se llama Thoirt.

—¿Cómo? —Tropiezo con mis pies y ella me agarra del brazo para que no me caiga de bruces sobre el barro.

—Los dragones que se muestran solidarios con nuestra causa tienden a buscarnos. —Me suelta del brazo, el mismo en el que tengo una reliquia de la Rebelión idéntica a la de mi hermano—. Thoirt es la tuya.

«Thoirt». Comienzo a sentir algo en el pecho, pero lo sofoco.

No pienso vincularme hoy. No pienso vincularme jamás.

—No está de más saberlo. Gracias. —Intento asentir y sonrío.

Un restallido corta el aire y las dos desviamos la atención hacia el este. Se oye el crujido de la madera en la distancia, seguido de un chillido y un golpe seco. Un instante más tarde, se alza una columna de humo entre las copas de los árboles.

—No tengas miedo —dice Imogen—. A ti no te va a pasar eso. Thoirt ya te está buscando.

Pestañeo varias veces y la miro a los ojos.

—No tengo miedo.

Ella esboza una sonrisa.

—Nada de nada, ¿eh?

—Nada. —Niego con la cabeza.

—Mejor. Te beneficiará con un dragón rojo; en general, su temperamento exige que el jinete no sea tan tozudo como ellos. Mira, no solo he venido a decirte lo de Thoirt. —Traga saliva y luego mete la mano en el bolsillo de su uniforme y extrae una figurilla de madera: un dragón con cola de daga.

Acepto el obsequio y lo sostengo entre las manos. Es perfecto, desde el morro que enseña los colmillos hasta las marcas del cuchillo en la cola.

No necesito preguntarle quién lo ha hecho. Mi corazón amenaza con partirse en dos y vaciarse de todo aquello que me he esforzado tanto por esconder.

—¿De dónde has sacado esto?

—Lo llevaba encima cuando murió —dice con delicadeza—.

Te lo he guardado. Para este momento. Para que vieras cuánto quería a Deigh.

Para que seas consciente de lo mucho que vas a querer a Thoirt.

—La respiración se le entrecorta—. Supongo que Sorrengail no es la única cadete a la que Malek le guardará rencor, pero no pude permitir que se quemara.

—Gracias. —Cierro los dedos en torno a la figurita.

—De nada. —Me da un apretón en la mano cerrada—. ¿Quieres que me quede contigo?

—No. —Aparto las manos de las suyas, la miro a los ojos y la engaño de corazón—. Te veo en el campo de vuelo.

—Muy bien. —Sonríe—. Pero, en serio, ¿te estás follando a Graycastle? Me llama la atención, no sé por qué. Me siento como una hermana mayor honoraria, y creo que tengo derecho a preguntártelo.

—Que no. —Arrugo la nariz del asco—. Está bueno, pero es como... otro hermano. Como el resto de mis compañeros de pelotón. Bueno, no puedo hablar por ellos; estoy bastante segura de que anoche vi a Baylor y Avalynn escabulléndose.

—¿Justo la noche antes de la Trilla? Claro. —Frunce el ceño—. Doy por hecho que tú también te escabulliste por ahí. Todo el mundo debería follar antes de la Trilla. Y después. En realidad, siempre que sea posible. Nunca sabes cuándo terminarás en la lista de decesos.

Aprieto los labios, porque ¿qué narices espera que responda ante algo así?

—Ay, dioses. —Se le muda el rostro—. ¿No has estado escabulléndote por ahí? ¿No estás disfrutando de la libertad que te ofrece el primer curso?

—¿Eso es lo que te recomendó tu hermana? —¿Me puedes explicar por qué estamos teniendo esta conversación?

—Katrina murió cuando yo tenía quince años, así que tampoco tuvimos oportunidad de hablar de estas cosas. —Se da unos golpecitos en la barbilla—. Pero seguro que me habría recomendado que exprimiera al máximo lo que la vida nos ofrece.

—Bueno... —Me cuesta encontrar las palabras—. Me gustaría que dejáramos de hablar de esto... ahora mismo.

—Me parece justo. —Retrocede unos pasos antes de darse la vuelta y marcharse—. Te veo en el campo de vuelo. ¡Al mundo no le iría mal contar con otro Mairi vistiendo el negro de los jinetes! —exclama girando la cabeza.

El problema es que esta Mairi no quiere llevar el negro de los jinetes.

Me quedo parada durante lo que se me antoja una eternidad, contemplando la figurita de mi hermano. Los gritos resuenan en la lejanía. El aire transporta cierto olor a azufre. Oigo el batir de las alas sobre mi cabeza cada vez que los cadetes se vinculan.

No me guardo la figurita en el bolsillo hasta que no he memorizado todos los detalles, y entonces reemprendo la marcha.

Thoirt. Tal vez saberme su nombre debería hacerme cambiar de idea sobre lo de vincularme, pero, de momento, no funciona.

Ignoro la atracción que noto en el pecho, que me dice que me dirija hacia el este, y continúo hacia el sur. Le irá mejor con alguien que ansíe poder, que no aborrezca la idea de manipular magia.

Y, en unas pocas horas, seré por fin libre.

Dejo que la rabia me domine de nuevo mientras deambulo durante prácticamente una hora. Me cruzo con varios cadetes exhaustos y un Marrón Cola de Espada que ni me mira.

Mierda. Una oportunidad perdida.

Una hora más tarde, me pongo en medio de la trayectoria de un Verde Cola de Maza.

Camina en mi dirección, escupiendo vapor por las fosas nasales, y mantengo la posición con la cabeza bien alta y los brazos en jarras.

El corazón se me va acelerando a medida que se me acerca y aplasta el manto de hojas con las enromes patas.

Seis metros. Lo miro fijamente a los ojos.

Tres metros. Contengo el aliento y me preparo para la colisión.

Ahora.

Me pasa por encima sin tocarme, arañando el suelo con las garras a pocos centímetros de mí.

¿Qué coño significa esto?

La rabia que tengo dentro no solo hierve, sino que borbotea.

A lo largo de la siguiente hora, un Rojo Cola de Garrote me ha mirado, ha pestañeado y ha seguido andando, y un par de marrones han pasado por encima de mí sin rozarme.

He visto incontables dragones alzándose entre las copas de los árboles, he oído el batir de sus alas mientras llevaban a sus jinetes a dar su primer vuelo.

Me apuesto lo que sea a que, a estas alturas, solamente debemos de quedar unos diez, y estamos tan repartidos por el bosque que llevo una eternidad sin ver a otro ser humano.

A juzgar por la posición del sol, porque saben los dioses que no se me ha ocurrido traer un reloj de bolsillo, solo me quedan dos horas antes de que Kaori recoja a todos los que no nos hemos vinculado y tengamos que repetirlo el año que viene.

Ni hablar. Ni de coña. Estoy harta de vivir en este limbo, y me niego a seguir así un año más.

—¡Venga! —le grito al bosque, al cielo, a quienquiera que me esté escuchando—.

¡No quiero estar aquí! ¡No me interesa nada de esto!

—Qué liberador resulta poner por fin palabras a todos los sentimientos insidiosos que, una vez que he comenzado a dejar salir, ya no puedo refrenar—. ¡Llévame ahora o déjame ir!

Abro los brazos, exponiendo todos los órganos vitales de mi cuerpo, y camino entre las imponentes secuoyas que han visto más de la historia de este reino de lo que podría digerir jamás.

Un gigantesco Naranja Cola de Espada gira la cabeza en mi dirección, antes de darse la vuelta y caminar directo hacia mí, desde una distancia de unos cuarenta y cinco metros.

El estómago se me cierra. Hasta aquí hemos llegado. Sé desde lo más hondo de mi ser que esta criatura me acerca a mi destino con cada paso que da.

—¡Oye, tú! —chillo extendiendo los brazos—. ¡Vamos, que no quiero ser jinete!

El naranja agacha la cabeza y entorna los ojos dorados mientras se aproxima.

—¡Mairi! —grita una voz grave, y me suena tanto que siento un cosquilleo en el cerebro, pero la ignoro.

—¡No quiero tu poder! —Levanto la voz al tiempo que camino hacia el dragón naranja, más dispuesta a encontrarme con mi destino a medio camino que preocupada por que alguien me vea.

Si es de segundo o de tercer curso, están obligados por el Código a no interferir—.

¡Me cago en este sitio y en toda esta gente! ¡Esto no es para mí!

El naranja abre la mandíbula y enrosca la lengua.

—¡Mairi! —La voz gana intensidad—. ¡Muévete!

Eso es exactamente lo que estoy haciendo. Me estoy moviendo, alejándome de un futuro en el que no soy más que una hoja afilada que se utiliza para hacerles daño a otras personas.

El fuego se arremolina en la garganta del naranja y lo escupe hacia delante en un torbellino de llamas que apenas tardará unos segundos en alcanzarme.

Cierro los ojos y me dispongo a recibir la liberación inminente con los brazos abiertos.

«Liam. Mamá. Papá».