El día de la Trilla (Empíreo 3.5) Sloane
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Sloane

Thoirt: Roja Cola de Daga

(Hembra) Descendiente de la estirpe de Wybjorian

— Compendio de los dragones , actualizado por última vez por el coronel Valin Kaori

—No os desaniméis si tardáis algunas horas en vincularos —explica Kaori, con las manos entrelazadas a la espalda, mientras se dirige a todos los cadetes de primero que han sobrevivido al Guantelete y a la Presentación.

Dejo de escucharlo en cuanto empieza a recrearse en los entresijos de la paciencia.

Sinceramente, pensaba que acabaría matándome en la carrera de obstáculos al borde del acantilado.

Aunque también estaba convencida de que terminaría en el fondo de un barranco en el Parapeto.

Uy, por no mencionar que vi pasar mi vida ante mis ojos durante varios retos.

Bueno, y luego llegó la Presentación, donde también estaba preparada para una muerte inminente, pero al final me marché del campo sin un solo rasguño.

Llevo los últimos tres meses esperando mi muerte, básicamente desde que Garrick me entregó la carta de Bodhi en la que me informaba de que habían matado a mi hermano mayor.

La redactó con cuidado, consciente de que todo el correo entre los marcados se lee y, a veces, incluso se censura, pero yo pude leer entre líneas.

Sé lo que le pasó; sé que Violet Sorrengail y Dain Aetos son los culpables de su muerte.

Si mi formidable, cariñoso e increíble hermano mayor, el mejor de su promoción, no fue capaz de sobrevivir a los primeros doce meses en este sitio, ¿qué posibilidades tengo yo?

Estoy hasta el coño, y me niego a seguir fingiendo que me interesa formar parte de esto.

La manada nos ha sobrevolado hace apenas unos minutos, lo cual significa que el bosque está lleno de oportunidades de reunirse con Malek. Si el precio por negarme a vincularme es la incineración, bienvenida sea. No permitiré que me conviertan en un instrumento de muerte.

—Y acordaos de seguir vuestros instintos —continúa Kaori.

—A menos que os guíen hasta un dragón rojo con muy mala leche —masculla Baylor a mi lado, y una sonrisilla juguetona le levanta las mejillas.

A cierta distancia a mi derecha, a Aaric se le curva una comisura de la boca, la primera muestra de emociones que le he visto hoy. Es como si fuese el único convencido de que está destinado a morir hoy aquí, por lo tenso que lo noto desde el desayuno.

Visia se balancea de un lado a otro a mi izquierda. Está claro que no se ha tranquilizado, y no puedo culparla. Si un dragón me hubiera achicharrado media cabeza el año pasado y me hubieran dado por muerta, no estaría precisamente ansiosa por volver a meterme en ese bosque...

—Todo va a ir bien —le promete Avalynn a Visia, rodeándola con el brazo y apoyando los brillantes rizos rojos en su hombro.

«O no. A lo mejor acabamos todos muertos». Eso es lo que quiero decirle, pero me limito a ofrecerle una sonrisa reconfortante y a asentir.

Una estudiante de tercero del Ala Dos se acerca corriendo a Kaori y le susurra algo al oído antes de retirarse de nuevo hacia el bosque.

—Atención. —Kaori carraspea—. Parece que han atisbado a Molvic en el bosque.

Un murmullo se propaga entre los cadetes y todo el mundo a mi alrededor se anima, así que también procuro fingir interés.

Me resulta mucho más fácil aparentar que tengo sentimientos que explicarle a la gente por qué ya no siento nada.

Bueno..., hay una emoción que aún siento: la rabia es mi compañera constante, persistente.

En ese sentido, tal vez debería interesarme que un implacable Azul Cola de Garrote haya entrado en el bosque.

Puede que nuestros temperamentos coincidan, si ignoramos el insignificante detalle de que no quiero vincularme.

Definitivamente tengo que guardarme ese ápice de verdad para mí.

—¡Molvic no aparece en la lista de este año! —exclama alguien del Ala Tres.

—En efecto —responde Kaori, y suspira—. No aparece nunca, pero le gusta deambular por el bosque y echaros un vistazo antes de regresar al valle. Dadle espacio y todo irá bien.

—Uno azul sería la hostia —dice Lynx frotándose las manos.

—Si quieres acabar carbonizado, sin duda —replica Baylor, que niega con la cabeza.

—No te conviene, créeme —susurra Visia.

A Aaric se le contrae la mandíbula, pero guarda silencio, y Mischa continúa mordiéndose las uñas sin parar detrás de él.

Kaori se despide de nosotros y nos dispersamos. Algunos se quedan atrás para desearles suerte a sus compañeros de pelotón, mientras que otros echan a correr directos hacia el bosque.

—Ten cuidado —le digo a Visia antes de abrazarla con fuerza.

—¿Y si me ocurre lo mismo que el año pasado? —me pregunta en voz baja.

—Ya verás que no. —Me retiro y le ofrezco una sonrisa que procuro que se me refleje en los ojos. No quiero que el último recuerdo que tenga mi compañera de mí no sea de apoyo.

Todos se merecen lo mejor.

—Mira a Henrick —dice Avalynn volviendo a rodear a Visia con el brazo. El sol le realza las pecas de la nariz—. Se vinculó el año que repitió, y a ti te pasará lo mismo.

—¡Atendedme, Segundo Pelotón! —exclama Baylor mirándonos a los ojos—. Tenéis que ser espabilados. Hoy no morirá nadie, ¿entendido? El año pasado nos alzamos con el título de Pelotón de Hierro, y no podemos defraudar a Rhiannon perdiéndolo. Este año volverá a ser nuestro.

Venga, claro que sí: si somos el pelotón que supera la Trilla con menos bajas, habrá que celebrarlo. Porque sufrir bajas es lo normal, ¿no? Joder, cómo odio todo esto.

Todos se muestran de acuerdo, y yo le ofrezco a Baylor mi mejor sonrisa y el mayor gesto de aprobación hasta la fecha. Oye, qué bien se me da fingir.

Nos separamos en el bosque y me encuentro tomando un sendero paralelo al de Aaric.

Nos separan casi cinco metros mientras caminamos hacia el sur, esquivando árboles gigantescos.

En el valle hay árboles endémicos de todas las provincias de Navarre; sería un lugar tremendamente hermoso si no lo hubieran fertilizado con las cenizas de los cadetes muertos.

Aunque la muerte nos acompañe, es agradable caminar cerca de Aaric. No es una cotorra como Avalynn ni intenta llenar un silencio que le incomoda con charlas intrascendentes como Lynx. Suele ser una persona reservada y solo habla cuando de verdad tiene algo que decir.

No me cabe duda de que se vinculará hoy. Es uno de los mejores de nuestro año, invicto en la estera, incluso después de que le rompieran la muñeca el mes pasado. Tiene ese tipo de determinación y propósito que admiro e incluso envidio.

Pero necesito desesperadamente que se aleje para poder ponerme manos a la obra en lo de morirme.

—Ahí estás.

La mano se me va al corazón cuando una imagen salta desde un árbol a pocos metros de mí.

—¿Quieres matarme de un infarto? —Respiro hondo para calmar mis pulsaciones y bajo la mano.

—Estamos dramáticas, ¿eh? —Se pasa un mechón de pelo rosa por detrás de la oreja y se me acerca—. Porque aquí hay formas mucho más aterradoras de morirse. —Mira de reojo a Aaric—. Graycastle.

—Cardulo. —Aaric asiente, luego nos mira y capta la energía que le transmite Imogen: «déjanos solas»—.

Me voy. —Comienza a alejarse, pero de pronto se vuelve hacia nosotras—.

No os muráis —dice mirándome a los ojos, como si viera a través de la capa de mierda con la que me embadurno para engañar a los demás—. No os muráis —repite.

Uno de los mejores atributos que definen a Aaric y también uno de los más molestos es que es observador hasta decir basta.

—Que sí, vale. —Me despido con la mano y él se detiene un instante antes de seguir andando en dirección a los árboles.

—¿A qué coño ha venido eso? —Imogen me mira con los ojos verdes entornados.

—Queremos revalidar el título de Pelotón de Hierro. —Me encojo de hombros.

—Ya, ya. —Ella arquea una ceja—. ¿Te lo estás follando?

Abro la boca y luego la cierro, y entonces vuelvo a abrirla.

—¿Perdón? —consigo balbucear.

—Personalmente, me da igual —dice mientras observa como Aaric desaparece por el oeste—. Solo es curiosidad, y estoy trabajándome mis habilidades sociales. Los de primero siempre sois un desastre hasta que ponéis en orden vuestras mierdas.

Me cruzo de brazos.

—Porque, por supuesto, tú sí que ya has puesto en orden tus mierdas, ¿verdad? Será que existe un botón mágico que pulsas cuando llegas a tercero y de repente ya lo sabes todo, ¿eh?

De todas las personas del cuadrante, ella quizá sea la única que pueda entender la magnitud de mi rabia, una emoción que devora todo lo que podría llegar a convertirse en algo positivo.

Es, sin ninguna duda, la única marcada con la que me atrevo a desatar mi ira, porque sé que no se irá corriendo a chivarle a Riorson que soy una persona inestable y le echará otra carga sobre los hombros. Pero tampoco puedo ser del todo sincera con ella.

No puedo ser del todo sincera con nadie.

—No te falta razón. —La sombra de una sonrisa le cruza el rostro—.

Lo que ocurre en este lugar, y a tu edad, es que justo cuando crees que te entiendes a ti misma y a la gente que te rodea, de repente todo cambia y debes afrontar retos diferentes.

Somos como un proyecto permanentemente inacabado, pequeña Mairi.

—Gracias por la charla motivadora. —Levanto el pulgar hacia ella y la dejo atrás.

—Dioses, eres un auténtico incordio. —Resopla y me alcanza con facilidad—. ¿En serio estás intentando escaparte de mí?

—No es una noche de entre semana cualquiera, Imogen.

—La miro de reojo—. No tengo por qué entrenar contigo en el gimnasio para poder ganarme una de las cartas que me dejó mi hermano.

Unas cartas que sabes que son mías por derecho.

—La rabia me hierve en el estómago. Dosificármelas a una por semana es una crueldad que me niego a aceptar.

Leer sus cartas es lo único que me hace sentir que sigue aquí conmigo, como si pudiera alargar el brazo y tocarlo si me esforzara lo suficiente—.

No puedo creerme que le dejes utilizarlas como cebo...