Ridoc #3
Su cola comienza a trazar un arco descendente. Si no me subo ya, a saber de lo que será capaz. Seguramente tendré que perseguirlo hasta el cuadrante.
A la mierda. Llevo una cosa encima que no se cortará con tanta facilidad como mis manos. Vamos allá.
Me desabrocho el cinturón de cuero, agarro la hebilla y me lo quito de la cintura. Luego cojo un extremo con cada mano y corro en paralelo a la cola.
El corazón se me acelera cuando me acerco a toda velocidad, tanto que rozo con los hombros las escamas endurecidas que forman el lado plano de la cola de espada, que en este momento empieza a balancearse de nuevo.
En cuanto la punta de la espada me llega a la altura del hombro, engancho el cinturón al final de la cola y le rezo a Zihnal para no haber elegido la parte más afilada.
Luego salto y me agarro como si me fuera la vida en ello. El cuero no tiene por qué resistir todo el viaje; simplemente debe aguantar lo suficiente para darme el impulso que necesito.
— Cómo no, desnudándote en una situación de estrés.
Me río y resoplo al mismo tiempo, y el estómago se me revuelve cuando la cola me balancea hacia arriba; aparto la mirada del suelo del bosque, que se aleja más y más con cada segundo que pasa.
No hay mucho que ver, porque la cola de Aotrom me bloquea la mayor parte de la visión, y teniendo en cuenta el sonido que me llega de algo que está rasgándose encima de mí, este viaje está a punto de finalizar.
El cinturón se rompe y se me cae de las manos al tiempo que la cola me catapulta hacia las ramas.
Esto me va a doler como una patada en los...
—¡Cojones! —rujo cuando me doy con la barriga contra una rama del árbol que debe de estar a la altura de los ojos de Aotrom.
Nunca me gusta perder ni una sola oportunidad, por lo que rodeo la rama con los brazos y luego me impulso para subirme encima.
Tiene el grosor más que suficiente para soportar mi peso, gracias a Zihnal, y he aterrizado lo bastante cerca como para que solo me haga falta dar un par de pasos apresurados para llegar al tronco.
— Casi, pero dudo que este árbol te permita montarlo para ir a la batalla.
¿Todos los dragones se mofan abiertamente de su jinete? ¿O solo el mío?
—Listillo.
Me agarro al tronco con ambas manos para estabilizarme y hago una mueca cuando toco la sustancia viscosa que lo recorre. Puta savia. He metido las manos en uno de los surcos que Aotrom ha escarbado con las garras.
Le sale un gruñido ronco del pecho, y juro que oigo cómo se ríe de mí cuando sigue mis movimientos con la mirada.
—A ver quién se ríe dentro de un segundo —lo amenazo, y estudio la distancia que hay hasta su espalda. O me gano su respeto o le haré perder los papeles, y solo hay una forma de descubrirlo.
Doblo las rodillas y salto hacia delante con todas las fuerzas que me quedan. Caigo en la parte superior de su nariz, pero justo cuando me mira con los ojos entrecerrados, ya he vuelto a saltar, esta vez apuntando al cuello.
Fallo por apenas unos centímetros y empiezo a caer.
Me cago en mi vida.
Las costillas me oprimen y la sangre me bombea en los oídos mientras me precipito como una puñetera piedra, agitando los brazos con la visión nublada por el mar de escamas y púas marrones. Aterrizo en su hombro con un impacto que me hace castañetear los dientes.
— Saltas como una ardilla.
—El que está subido a un puto árbol eres tú —repongo, y tengo que aferrarme a sus escamas, con las manos pegajosas, para recuperar el equilibrio.
Aotrom sigue agarrado al tronco en vertical, lo que significa que, si ahora doy un paso en falso, terminaré en el suelo del bosque con el cuello partido.
Clavo las botas en los espacios entre las escamas y luego recorro el hombro del dragón hasta llegar a su lomo. El estómago se me revuelve cada vez que miro abajo, pero, paso a paso, me muevo de lado por su cuerpo hasta que alcanzo las escamas protuberantes del pomo y el asiento.
¡Por Zihnal, lo he logrado! Se me escapa una carcajada cuando encajo las manos en torno a las escamas y levanto los pies hasta colocarme en una posición que podría recordar a un asiento.
— Me sorprende tanto júbilo en alguien que se ha subido a mi lomo como una rana.
—Esa era la idea —le digo, aunque me tiemblan los brazos por el esfuerzo de mantenerme en esta posición—. Me he llenado la cara de hojas, pero tú tienes restos de savia en varias zonas del lomo muy difíciles de alcanzar. A ver cómo te la quitas.
Aotrom se tensa, y luego deja escapar una risita.
—No sufras —le digo—, seguro que encuentras nieve en las montañas que te ayude a endurecerla para que se caiga sola.
El hielo también te servirá. —No puedo evitar volver a reírme, a pesar de que sé que tal vez me queden sesenta segundos en esta posición precaria antes de que la fatiga muscular me haga precipitarme hacia mi muerte—.
Diría que estamos en paz, ¿no te parece?
— Jamás. —Se lanza del árbol directamente hacia el cielo y, aunque me haya cogido desprevenido, me mantengo en el asiento—. Pero diría que eso nos convierte en iguales .