Ridoc #2
— ¿Y todos los humanos de veinte años son tan zoquetes y tienen tan poco sentido del humor como tú? —Vuelve a sacudir la cola.
—¡Oye, cuidado con la cola! —Me aplasto tanto contra la hierba que poco me falta para empezar a masticarla como una vaca. La punta de su cola me sobrevuela la cabeza—. ¿Y quién dices que tiene poco sentido del humor?
De todo lo que podría haberme dicho, eso me parece lo más... ofensivo. Me pongo en pie de un salto cuando levanta la cola y echo a correr detrás de él.
— Tú —insiste.
Será capullo.
—Tengo un sentido del humor de puta madre, ¡y pienso demostrártelo! —grito entre resuellos mientras corro para alcanzarlo, machacando con las botas las hojas caídas que hay bajo mis pies.
— ¿De verdad?
Se para en seco entre un par de enormes secuoyas y gira la cabeza hacia mí en un ángulo inquietantemente antinatural que me hace preguntarme si tiene los huesos del cuello unidos. Su mirada asesina me deja de piedra.
Me detengo cerca de su pata trasera. Él suelta una dentellada y me provoca una incomodidad de tres pares de narices.
— ¡Eres tú el que está haciendo que esto sea incómodo! —me acusa, resoplando como si lo hubiera defraudado.
—Culpa mía. —Levanto las manos en el gesto universal de rendición y me doy cuenta de que tengo un corte en la rodilla que, en efecto, sangra. Mecachis. Debo de haber aterrizado en una ramita o algo parecido—. Incomodar a la gente es una de mis especialidades.
Aotrom ladea la cabeza, como si estuviera sopesando la veracidad de mi afirmación.
— Eso es verdad.
—Vale. —Doy un minúsculo paso al frente—. Me he equivocado. Eres definitivamente mío. O yo soy tuyo. Me parecerá bien lo que pienses, sea lo que sea. ¿Qué te parece si volvemos a intentarlo? —Trato de sonreír, pero tengo la sensación de que esbozo más bien una mueca.
Él exhala y me llega un hedor a azufre. Supongo que el hecho de seguir vivo es una buena señal, así que avanzo un poco más.
—Podría volver al arroyo y repetirlo todo. —Asiento vigorosamente—. Pero esta vez empezaremos con buen pie, y volaremos juntos hacia el ocaso.
— No es ni mediodía.
—¿Ahora quién es el que tiene poco sentido del humor? —Inclino la cabeza a un lado y arqueo las cejas—. Vamos a empezar de cero. Por favor.
Él me mira desconcertado.
— No.
—¿Cómo que no? —Siento una opresión en el pecho. Por Malek, ¿qué voy a hacer ahora?
— Que no. —Ensancha las fosas nasales varias veces—. Si quieres ser mi jinete, demuéstralo.
—¿Cómo?
— Veamos si eres capaz de seguirme el ritmo.
Se agacha y, entonces, se lanza hacia arriba con el salto más alto que le he visto dar jamás a un dragón. Despliega las alas cuando deja atrás los árboles y echa a volar en dirección al sol.
—¡No puedo volar! —Grito esa obviedad a los cuatro vientos mientras él gana altura.
— Tú te lo pierdes.
Aotrom lleva a cabo lo que Kaori gusta de llamar maniobra en zigzag: frena su impulso, inclina el cuerpo cambiando el peso de lado y cae en picado hacia mí. Con ese ángulo y a esa velocidad, aterrizará justo encima de mi cabeza en unos cinco segundos.
Joder. ¿Qué tengo que demostrarle, que soy espabilado y que me moveré? ¿O debo demostrarle que confío en él y dejar los pies plantados donde están? Los marrones poseen los mejores reflejos, así que es probable que valore que le demuestre que estoy a su altura.
— Escoge sabiamente.
Ya lo tengo casi encima cuando, por suerte, despliega las alas y detiene su descenso justo antes de llegar a los árboles, para luego recogerlas y volver a caer en picado con las cuatro garras por delante.
—¡Eso, tú ayúdame!
Doy un solo paso atrás, lo justo para demostrarle que puedo confiar en él y ser flexible. O ese es el mensaje que espero que reciba.
Aterriza con un golpe seco en el mismo sitio en que estaba antes, y el suelo tiembla. La fuerza del impacto provoca que las hojas salgan volando y que la visión se me oscurezca.
Un latido más tarde, escupo y me quito las hojas de la cara. Estoy cubierto de maleza, gracias a las babas con que me ha bañado hace unos minutos.
— Pareces un ganso desplumado. —Se ríe—. ¿Ahora dónde está tu sentido del humor?
—Capto la idea. —Una comisura de la boca se me curva en una sonrisa torcida mientras me despego las hojas de los hombros.
— Las ideas. Sí. Demuéstrame tú alguna y veremos lo que ocurre. —Gira hacia la izquierda y comienza a escalar por una enorme secuoya, tan gruesa como él. La corteza del tronco cae al suelo a la vez que se va impulsando por el árbol garra a garra—. A ver si me atrapas.
Tiene que estar de coña. ¿Verdad?
—¿Qué eres ahora, un puto gato? —Me quedo boquiabierto al verlo escalar a una altura tan larga como él, dejando la punta de la cola a pocos metros del suelo—. No ha habido ninguna asignatura en la que el profesor haya mencionado que a los dragones os guste subiros a los árboles.
— Hay aspectos sobre nosotros que no están pensados para el conocimiento de los humanos —replica girando la cabeza para mirarme desde arriba mientras agita la cola como un péndulo.
El corazón me da un vuelco y salto a un lado cuando silba justo delante de mí, cortando el aire como la hoja de doble filo que es.
—¡Demasiado cerca!
— Has perdido la oportunidad de ganarte tu asiento —me dice con una voz cargada de sarcasmo.
—¿Pretendes que me suba... así?
Salto hacia delante en el momento en que la cola vuelve a pasar junto a mí, trazando un arco que me dice que Aotrom sabe exactamente dónde estoy y puede ensartarme cuando le plazca.
— Si no eres capaz de tomar decisiones rápidas, no eres la elección correcta.
—¡Que sí!
Hostia puta, me está exigiendo que me esfuerce para vincularme, y no me importa. O al menos no me importará en cuanto descubra cómo sobrevivir a esto.
No puedo escalar un árbol tan alto, así que la única forma de subir es por encima de él. Pero aceptar un reto así es una de mis especialidades, y cuanto antes se lo demuestre, antes echaremos a volar hacia el ocaso como la pareja perfecta que somos.
Aotrom vuelve a balancear la cola y yo esquivo su trayectoria.
— Me aburro —me advierte con tono cantarín.
—Permíteme que lo dude —mascullo cuando la cola continúa su oscilación ascendente.
Se lo está pasando en grande jodiéndome. ¿Esto le parece divertido? Espero que sea consciente de que yo voy a joderle a él con el doble de ganas. Durante el resto de mi vida. Una vez que llegue ahí arriba, claro está.
«Piensa». Los Cola de Espada no la tienen tan afilada como los Cola de Daga, pero, aun así, pueden cortar a un grifo por la mitad si atacan a gran velocidad, que no es el caso de Aotrom porque está quieto.
No debería usar las manos a menos que quiera arriesgarme a perderlas, y sobra decir que no voy a acercarme a la punta.