El día de la Trilla (Empíreo 3.5) Ridoc
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Ridoc

Aotrom: Marrón Cola de Espada

(Macho) Descendiente de la estirpe de Aldayrmar

— Compendio de los dragones , actualizado por última vez por el coronel Valin Kaori

La boca me sabe a mierda mientras atravieso el valle de la Trilla.

No, borra eso. La boca me sabe como si hubiera desenterrado a un dragón muerto, lo hubiera resucitado de alguna forma y luego hubiera dejado que me cagara en la boca todo lo que tuviera en los intestinos.

Una mierda aún putrefacta, de décadas de antigüedad.

Y, evidentemente, no traigo pellejo de agua.

¿Nos permiten siquiera traer agua? ¿O parte del encanto de la Trilla es el sufrimiento general por la deshidratación mezclado con la adrenalina que te produce el peligro de muerte?

Estaba demasiado ocupado vomitando el desayuno delante de mis compañeros de pelotón como para preguntarlo, pero, de todas formas, habría malgastado el agua entre mi segundo y tercer acceso de vómito.

Al menos estaba solo durante esos dos magníficos ejemplos de la excelencia que me caracteriza cuando me encuentro bajo presión.

Por los dioses, lo que daría por limpiarme el sabor a vómito de la boca. Fijo que el olor vive ahí con el miedo, como medida disuasoria frente a un posible dragón.

Porque eso es lo que quiero, ¿no? Un puto dragón. Por esa razón dejé a mis padres y sus discusiones constantes, me puse el uniforme negro y ahora me despierto todas las mañanas preguntándome si esta será la última vez que veré mi cama... o a quienquiera que la comparta conmigo. Todo por un dragón.

Un dragón que puede estar igual de dispuesto a vincularse conmigo que a achicharrarme. El plan es perfecto.

¿Qué cojones se me pasó por la cabeza? No quiero morir hoy.

Las náuseas me revuelven el estómago y vuelvo a salivar cuando paso por delante de unas coníferas cuyo nombre solo debe de saber Sorrengail y sigo adentrándome en el bosque. ¿Qué me queda en el estómago a estas alturas?

«Concéntrate». Valgo más que esto.

Borra eso. Los dragones de este bosque serían afortunados de tenerme como jinete. Soy divertido, espabilado, le pongo alegría a la vida y luchando en la estera soy un demonio. Puedo afrontar esto con optimismo.

Respiro hondo para superar el punto álgido de las náuseas y dejo caer los hombros aliviado al divisar un riachuelo más adelante. Gracias, Zihnal. Esto sí que es suerte.

Los árboles a mi derecha se mueven.

El estómago deja de amenazarme con expulsar mis entrañas e intenta directamente huir, y el alma se me cae a los pies en cuanto giro la cabeza hacia el movimiento.

El movimiento se detiene.

Vaya.

Bueno, pues mierda para mí. No sé si esto es buena o mala señal.

Echo a andar de nuevo. Los árboles se quedan en su sitio mientras me aproximo al arroyo sombrío, pero mantengo un ojo puesto en las ramas cuando me acuclillo junto al riachuelo.

Me aseguro de que no hay nada siguiéndome ni acechándome, y entonces ahueco las manos y las hundo en el agua que corre. Luego hago el más que probado gesto de enjuagarme la boca y escupir antes de beber. El agua está fresca y...

Capto un movimiento un instante antes de que el arroyo me salpique, me golpee un lado de la cara y me empape el pelo, y luego me gotee por la mejilla.

¿Qué cojones pasa? Me limpio el agua de la cara mientras me pongo de pie para enfrentarme al cadete gilipollas que ha decidido mojarme.

Una gigantesca zarpa marrón se hunde en el riachuelo y forma una poza instantánea; el agua corre en torno a sus garras curvadas.

«No vomites. No vomites. No vomites».

Un momento. ¿Ya... está? Siempre había pensado que me vincularía a un dragón verde, o quizá a uno rojo que me obligara a tomarme las cosas más en serio, pero uno marrón sería también una opción magnífica.

Alzo la vista por su tobillo y luego continúo por las gruesas escamas del pecho y los puntos delgados y más vulnerables del cuello hasta toparme con un par de ojos dorados que me estudian, alegres.

Es el Marrón Cola de Espada que estaba junto a la pequeña dragona dorada en la Presentación, y me mira como si quisiera ver qué haré a continuación, como si estuviera... poniéndome a prueba.

Uy, mierda. No existen suficientes palabrotas en la lengua común, porque sé muy bien quién es este dragón.

—Mira, no. —Niego con la cabeza y retrocedo una larga zancada desde el borde del arroyo, mientras el agua sigue resbalándome por el cuello del uniforme—. Tú no. Ni hablar. —Cualquier dragón menos este.

— Sí, yo . —El marrón entrecierra los ojos—. Debo de haberte oído mal.

—Ya te digo yo que no. —Levanto las manos—. Y hagas lo que hagas, no sigas hablando conmigo. Estas cosas resérvatelas para el jinete que escojas.

Levanta la garra y la mueve hacia delante, lanzándome una ola de agua.

Me llega a las botas y calan el cuero al instante.

—De lujo. —Alzo una bota empapada y tuerzo el gesto. Ahora voy a pasarme el día con los pies mojados. De puta madre—. ¿Lo ves? Por eso tú y yo no haríamos buena pareja.

— Yo decido lo que es bueno.

Cuando separa los labios y me enseña los dientes, mi estómago me pregunta si me gustaría ver las sobras que aún contiene.

—No hagas eso. —Suspiro y lo miro fijamente a los ojos, saltándome por completo el protocolo, pero sigo sin tener claro si me está gruñendo o sonriendo—. No es nada personal...

— Como si yo pudiera tener algún defecto. —Camina hacia delante.

—... pero me leí y releí las tarjetas que nos entregó Kaori —intento explicarle, con las palmas hacia fuera—. Y solo tienes veinte años.

Se detiene e inclina la cabeza varios metros por encima de mí, y no me queda otra que torcer el cuello para mirarlo.

— Como tú.

—Exacto. —Le señalo la cara—. Eso en años de dragón ¿qué son, cinco?

— Los dragones maduramos infinitamente más rápido que los humanos.

Le cae un pegote de saliva de un colmillo y aterriza sobre mi hombro.

Qué asco.

—Y tú eres buena muestra de ello. —Me paso los dedos por el brazo en un intento por quitarme sus babas de encima—. Mira, soy más que consciente de que necesito a un dragón que me meta en vereda, y uno que ha visto tan pocos veranos como yo no es una elección responsable.

— Responsable o no, eres mi jinete. —Agacha la cabeza e inhala, levantándome el pelo.

—No es verdad. —Después de una incómoda sesión de olisqueo, el dragón alza la descomunal cabeza.

— Sí lo eres —insiste.

—Que no. —Hago un gesto de negación.

— Tú más. —Entorna los ojos.

—¿Lo ves? Míranos. Mentalmente, tienes cinco años. —Pongo los brazos en jarras.

— Si yo tengo cinco, tú tienes cuatro .

Una sonrisa reticente me curva las comisuras de los labios. Ahí me ha pillado.

—Justo por eso estarías mejor con alguien como Rhiannon Matthias o Sawyer Henrick. Serían elecciones mucho más responsables para ti.

No apreciarían su sentido del humor, porque no todo el mundo está tan evolucionado a nivel cómico como yo. Aunque, claro, no todo el mundo ha crecido en un hogar donde tuviera que aprender a rebajar la tensión entre sus padres.

— ¿Te he juzgado mal, Ridoc Gamlyn? —me pregunta echando la cabeza atrás, como si el ofendido fuese él cuando yo estoy cubierto de agua y baba.

Abro la boca y luego la cierro despacio, porque si me está hablando significa que ya ha visto mis pensamientos, mis recuerdos. Me ha visto a mí, tal como soy.

—Supongo que no.

— Tal vez sí. —Me escupe una nube de vapor. Ahora estoy mojado y pegajoso. Maravilloso—. Tal vez no compartamos el hecho de ser subestimados por aquellos que nos rodean.

Arqueo las cejas. Bueno..., espera, tiene razón.

— Tal vez debería haber hecho caso a mis ancianos cuando me sugirieron que buscara a un jinete más equilibrado, y no al que coincidía con mi energía y mi gusto por las travesuras.

¿Acaba de admitir que ha cometido un error al...?

Un momento. ¿Travesuras? Tiene toda mi atención.

¿Por eso me ha tirado agua? Está clarísimo que necesito a un dragón menos impulsivo que yo, y los marrones lo son por naturaleza, pero no estaría mal contar con un compañero que no me considerara un proyecto, algo que necesite que lo arreglen o lo guíen.

—¿Es que los dragones también son capaces de hacer travesuras?

— Ahora nunca lo sabrás. Qué lástima —me dice con un evidente tono sarcástico, y luego retrocede un paso.

De pronto, me siento como si hubiera metido irremediablemente la pata hasta el puto fondo, porque está haciendo justo lo que yo haría en la misma situación, y eso significa que somos parecidos. Muy muy parecidos.

¿Me he encontrado con la versión dracónida... de mí mismo?

— Buscas a un dragón que te meta en vereda y yo busco a un jinete capaz de afilarme las aristas en lugar de embotarlas, como hacen mis ancianos. Qué lástima.

Se da la vuelta en el espacio abierto del arroyo y empieza a alejarse, y yo me quedo boquiabierto ante este reto que, con mucha astucia, ha disfrazado de ofensa.

Noto un vacío en el estómago al tomar conciencia de que, en efecto, es mi dragón.

Independientemente de lo que yo creyera que quería, de lo que pensara que necesitaba, Aotrom me ha elegido. Y está claro que la estoy cagando.

—¡Espera! —grito, y, como no puede ser de otra forma, él me ignora, porque es un dragón y acabo de rechazarlo en el que es probable que sea el error más responsable y a la vez más garrafal de toda mi vida—. ¡Aotrom!

— A-o-trom —me corrige, enfatizando la primera O de su nombre y suavizando la segunda mientras camina hacia el oeste con las alas plegadas. Agita la enorme cola de espada en mi dirección—. Tu intento de pronunciación es patético.

¿En serio?

—¿Cómo quieres que sepa cómo se pronuncia?

Es la primera vez que te vinculas y yo no hablo dragón...

¡Mierda! —Su cola corta el aire frente a mí y me tiro al suelo, cubriéndome la cabeza con los brazos.

La mano me duele, y la descomunal cola del marrón me pasa tan cerca de la cabeza que noto cómo me revuelve el pelo.

¿Qué coño le ocurre? ¿Quiere matarme?—. ¿Todos los dragones de veinte años son tan gilipollas como tú?