Sawyer #3
— Sí, aunque preferiría que no me compararas con un gato doméstico.
—Sliseag desliza la cabeza por la hierba mientras mueve el cuello, trazando un patrón reptiliano que debería hacer que me cagara de miedo, pero no me asusta—.
Lo veo todo de ti. Tu vergüenza, tu rabia, tu obstinación, tu determinación para perseverar a pesar de todo.
Sabes quién soy, pero yo también sé quién eres tú.
La rabia de la que me habla emerge hacia la superficie, aunque tampoco es que cueste demasiado desenterrarla. Siempre está ahí; basta un rasguño para exponerla. Cierro con fuerza los puños.
— Acéptate como te acepto yo —me exige—. Aunque, naturalmente, puedes presentarte al resto del mundo como te plazca.
—¿Puedo? —La espalda se me pone rígida como el acero—. Gracias por...
— Pero solo toleraré...
—... darme permiso. —Levanto la voz cuando me atropella verbalmente—. No tienes derecho...
—... transparencia dentro del vínculo —vuelve a interrumpirme.
—... a decirme cómo tengo que conservar mi dignidad. —Alzo el tono y doy un paso hacia él.
— Sin ella te conviertes, efectivamente, en el riesgo que crees...
Basta.
—¡¿Me puedes dejar que diga una puta frase entera?! —grito.
Él me observa con gran desconcierto, y su voz se acalla en mi cabeza, pero sigue agitando la cola en el límite del campo.
—¿Quieres transparencia? —le espeto.
— La exijo.
—Muy bien. —A la mierda. Si quiere que sea sincero, que se prepare.
Ya veremos luego si sigue satisfecho con su elección—.
Sí, estoy enfadado. En mi primer año tuve una de las mejores marcas en el Guantelete.
Caminé al frente de mi pelotón durante la Presentación y no sirvió de nada.
Atendí a todo lo que nos aconsejó Kaori durante la última Trilla.
Memoricé cada una de las tarjetas, estudié cada raza e incluso tuve la osadía de plantarme delante de un verde malhumorado, solo para que me atizara sin ninguna delicadeza con su cola de escorpión cuando me negué a retroceder.
—Doy otro paso—. Vi cómo seleccionaban a otros, a cadetes que se saltaban todas las normas y no se molestaban siquiera en disimular el odio de su corazón, mientras yo hacía lo correcto.
¡Y lo único que conseguí fue pasar dos semanas en la enfermería y la orden de volver a repetirlo todo!
La intensidad de su mirada es lo único que me indica que me está escuchando mientras le grito.
—Dudo muchísimo que alguien tan infalible como tú comprenda la humillación que supone que te cuelguen el cartel de «cadete sin vínculo» en el cuadrante.
Es insoportable caminar por los pasillos sabiendo que no eres suficiente, que les pareces indigno a todos aquellos a los que te has pasado la vida entera preparándote para conocer, para satisfacer.
Un dolor insoportable me atraviesa como una hoja oxidada que esparce su infección incurable por la herida en mitad del corte.
Sliseag entorna los ojos, aunque sigue callado.
—Pero, por los dioses, que ni se te ocurra atreverte a mostrar algo así.
—Niego con la cabeza con violencia—. La fortaleza es lo único permisible en el cuadrante, permisible para ti.
Tenemos que ser duros como el acero, letales como una hoja afilada.
La perfección no es la excepción, es el estándar, y aquellos que no la alcanzan acaban desangrándose en la estera para preservar la eficacia del ala.
Cómo vamos a tolerar que haya algún jinete débil paseándose por ahí con sus sentimientos, ¿verdad?
Una ráfaga de aire me golpea el rostro y me distrae de mi perorata.
Miro a la izquierda justo en el momento en que Bregh y Trina alzan el vuelo; se lanzan hacia el cielo con el poderoso batir de las alas de la dragona, que manda constantes rachas de viento en nuestra dirección.
Apenas veo un instante a mi compañera mientras ascienden en vertical, y frunzo el ceño.
No tiene las rodillas dobladas, pero, si esa posición le funciona... , allá ella.
— ¿Ya has terminado de decir tus «putas» frases? —me pregunta Sliseag, y vuelvo a posar la mirada en él.
Tengo un nudo en el estómago que me estruja todos los órganos. Acabo de perder los papeles con la raza más temperamental de todos los dracónidos.
Parece que la garganta se me vaya a cerrar del todo, pero no escupo la disculpa que me pende de la punta de la lengua herida. Me ha pedido honestidad, y es lo que le he ofrecido.
—Sí.
— Me deleito con tu rabia. —Un brillo de entusiasmo le ilumina los ojos—. He sentido esa vergüenza en tus recuerdos, y aunque acepto la responsabilidad por tus infortunios del año pasado, no me arrepiento de mi decisión...
—¿Responsabilidad? —repito enarcando al máximo las cejas.
Sliseag avanza y da una dentellada a unos pocos centímetros de mi cara.
El alma se me cae a los pies.
— Silencio —me ordena retirando poco a poco la cabeza—. Ahora me toca hablar a mí.
Asiento, y con el rabillo del ojo veo que Bregh y Trina comienzan a hacer una serie de caídas en picado.
— Puedes sentir lo que te plazca, pero me fastidia lo injustificada que está esa vergüenza .
—Una nube de vapor me arrolla—. Sí, tienes mucho de lo que avergonzarte.
Tus habilidades con el arco son atroces, tu comprensión de la física es insultante, solo respondes ante el dolor y estoy al tanto de al menos dos ocasiones en que tus intentos de emparejarte han sido tan incómodos que he llegado a sentir vergüenza ajena.
Me quedo boquiabierto al escuchar cómo enumera mis carencias.
— Pero el año pasado no fuiste indigno. —Sliseag levanta la cabeza y deja a la vista su garganta—.
Simplemente en ese momento no estaba disponible para ti.
Cuando la mitad de una pareja no está abierta a vincularse, la otra debe esperar, como en tu caso.
—Vuelve a sacudir la cola mientras yo proceso lo que me está diciendo—.
Por desgracia, esa espera te ha provocado unas dudas que no pienso tolerar, y las superarás.
—¿Y si no las supero? —pregunto con voz queda.
— Estoy dispuesto a arriesgar mi infalibilidad y a darle una oportunidad a tu perseverancia.
No sería la primera vez que lo logras; tienes un historial excelente.
—Se incorpora hasta alcanzar su imponente altura máxima, y yo tuerzo el cuello para seguir el movimiento con los ojos—.
Toma asiento y unámonos a tus compañeros de pelotón.
Un chillido desgarra el aire, y diviso una forma que cae a toda velocidad, a la izquierda de la cabeza de Sliseag. Los detalles se van volviendo más nítidos a medida que se acerca.
Un uniforme negro. Rizos cobrizos.
«Trina».
Sacude las extremidades en el vacío cuando se precipita contra el suelo sobre un fondo otoñal, y me quedo sin aire.
Por Malek, no. Se ha caído del lomo de Breth, y no puedo hacer nada en absoluto para ayudarla.
Observo horrorizado y completamente impotente cómo desaparece entre los árboles al otro lado del claro. Un descorazonador golpe seco le sigue poco después.
—¡Trina! —grito, y me tambaleo al dar un paso hacia los árboles.
— Qué mala fortuna. —Sliseag ladea la cabeza, como si estuviera escuchando algo—. Ya no puede remediarse. Su vida se ha extinguido. Es... irrecuperable.
—No.
Me doblo por la mitad y apoyo las manos en las rodillas mientras me esfuerzo por respirar y controlar las náuseas que me provoca su afirmación.
No es la primera vez que veo morir a un compañero de pelotón, pero sí cuando estaba a punto de lograr todo aquello por lo que habíamos luchado tanto. Joder, estaba tan cerca... Me resulta tan sumamente injusto que siento como si un puño de hierro me aplastara el corazón.
¿Cómo voy a unirme a mis compañeros de pelotón ahora?
— Toma asiento —me ordena Sliseag.
Me obligo a incorporarme y clavo la mirada en los árboles, como si Trina pudiese emerger mágicamente del bosque.
— Escoge. —Resopla.
—¿Que escoja el qué?
Desvío la atención del bosque para mirarlo a los ojos y veo que me observa con una expectación palpable. El puño de hierro me estruja el corazón con más fuerza.
— No me vincularé a otro jinete que no pueda adaptarse a la pérdida, así que escoge.
O subes o te hundes. O perseveras o pereces.
O, como has dicho tú antes, te vinculas o mueres.
—El vapor le surge de las fosas nasales cuando las ensancha—.
No soy el único con libre albedrío aquí, pero se me agota la paciencia.
La amenaza de perderlo, de perder el futuro que flota ante las puntas de mis dedos, me perturba más que cualquier otra cosa. Expulso el puño que me retenía el corazón, apartándole mentalmente cada dedo.
No soy indigno. Nunca he sido indigno. Lo que ocurría era que Sliseag no estaba preparado para mí.
Sí, Trina está muerta. Pero Rhiannon, Violet y Ridoc me esperarán. Es la única posibilidad que voy a permitir que se haga un hueco en mi cabeza.
Sliseag está dispuesto a correr el riesgo de equivocarse conmigo. No dejaré que descubra lo que se siente al meter la pata. O, al menos, no en lo que a mí respecta.
—Te escojo a ti —le digo a Sliseag, antes de echar a correr para montarme en él.
Me resulta tan natural como respirar y, en pocos minutos, me acomodo en el asiento, en el lugar que siempre me ha correspondido.
De repente, me parece inconcebible que este día pueda terminar de otra forma, incomprensible que me haya planteado perderme algo tan magnífico a cambio de un insignificante año—.
Habría repetido otro año si hubiera sabido que me esperabas al final.
— Deja la poesía antes de que nos avergüences a los dos, y agárrate fuerte.
Me sujeto a las escamas del pomo y sonrío cuando nos elevamos hacia los cielos.