Sawyer #2
«Vincúlate a mí o mátame. Tú decides».
Al verde le brillan los ojos, pero, en vez de achicharrarme, levanta la cabeza.
Aguzo el oído en busca de esa llamada que Kaori cree que deberíamos detectar cuando aparece nuestro dragón, pero lo único que oigo son las hojas que crujen bajo las enormes garras del verde, que camina hacia nosotros y agita la puntiaguda cola de maza sobre nuestras cabezas en cuanto pasa por nuestro lado.
—¿Sientes algo? —le pregunto a Trina.
—No —me susurra—. ¿Y tú? —Tuerce el cuello para observar cómo se marcha.
—No.
La frustración me asalta de nuevo como un rugido. No esperaba que el primer dragón que me encontrase fuese el mío, pero no habría estado mal...
El verde desaparece entre los árboles, y Trina se gira hacia mí con el ceño fruncido.
—No has apartado la mirada —me acusa.
—En efecto. —Empiezo a andar, y ella echa una carrera para alcanzarme.
—Podría haberte matado por tu insolencia.
—Sí, pero no lo ha hecho —replico. Me encojo de hombros y bajo el ritmo para ponérselo más fácil.
—Me parece bastante autodestructivo. —La preocupación le arruga la frente.
—No más que decidir pasar el Parapeto o el Guantelete. Como te he dicho, estoy haciendo lo contrario que el año pasado, y te juro por mi vida que no pienso estar ahí esperando cuando recojan a los cadetes que tengan que repetir el año que viene. No puedo volver a hacerlo. Me niego.
El sol se cuela en un claro que hay más adelante, y el corazón se me acelera por algo que no identifico.
—¿En serio prefieres reunirte con Malek, como el cadete mutilado que hemos visto antes, en vez de intentarlo de nuevo el año que viene?
—Creo que una incineración instantánea es una mejor forma de irse.
Me llevo la mano al pecho y me concentro en respirar hondo y de forma acompasada, pero mi pulso sigue acelerándose.
—No tiene gracia. —Ella niega con la cabeza mientras esquivamos una zona chamuscada del suelo.
—No he dicho que fuera gracioso.
—No me sorprende que seas amigo de Gamlyn. —Trina desvía la atención hacia su hombro y se arranca otra espina de la tela del uniforme—. Mierda —masculla, y observa la gota de sangre que se le ha formado en el pulgar.
—¿Estás bien?
—Sí. Qué asco de espinas. No soy yo la que tiene prisa por morirse.
—Eh, yo no tengo prisa por morirme. —Aprieto la boca mientras reflexiono acerca de ello—.
O no más que cualquier otro cadete del cuadrante.
Todos aceptamos la muerte como una posibilidad cuando subimos a la torre el Día del Reclutamiento.
Todos ponemos en riesgo nuestra vida al intentar ser jinetes.
—Joder, ahora me duele el pecho. Me froto el esternón.
¿Cómo se lo explico?—. Para mí, esto es como un segundo Parapeto. O lo cruzo o...
Las palabras mueren en mi boca cuando entramos en un claro, y dejo caer la mano.
Dos dragones esperan en la pradera. Hay uno naranja de tamaño mediano y uno rojo, algo más grande. Los dos nos miran fijamente, como si nos esperaran.
El naranja gruñe.
«¡Mierda!». Bajo la vista al suelo.
Dada la naturaleza impredecible de los naranjas y el temperamento de los rojos, es posible que acabemos de adentrarnos en el claro más peligroso de todo el valle de la Trilla.
De repente, esperar al año que viene ya no me parece tan mala idea...
—Es mía —susurra Trina, y me giro hacia ella. Está contemplando con los ojos fuera de las órbitas a la dragona naranja de la izquierda—. Creo... que es mía. ¿Qué hago?
—No tengo ni idea —respondo también en voz baja, y la repentina punzada de envidia que siento en el pecho no contribuye en absoluto a relajarme el pulso—. No lo he sentido en mi vida.
—¿Qué hago? ¿Qué hago? —repite, ahora claramente hablando para sus adentros—. Voy a hablar con ella.
¿Y el que tiene prisa por morir soy yo?
—¿Estás segura de que es la mejor forma de proceder? —Miro de reojo las garras relucientes de la naranja, y la opresión que noto en el pecho se intensifica.
—No —admite Trina—, pero... —Ladea la cabeza y abre mucho los ojos—. ¡No tengo miedo! —grita hacia el otro lado del campo—. Soy cauta y cuidadosa y... —Los dientes le castañetean cuando cierra la boca—. Eso no es lo que he dicho.
Hostia puta. Está hablando con la naranja, y eso significa que la ha elegido. Una sonrisa me curva los labios al ver que Trina cruza el campo con los puños apretados y la cabeza bien alta en dirección a la Naranja Cola de Garrote.
Me alegro por ella. Un miembro de mi pelotón menos por el que preocuparme hoy.
— ¿Cómo es que no te tienes en la misma consideración? —pregunta una voz grave, masculina, en mi mente.
En el nombre de Malek, ¿qué está pasando?
Levanto la cabeza y veo que el rojo me está fulminando con la mirada.
Debería apartar la vista, pero me quedo paralizado, con los ojos clavados en él. Es una criatura aterradora y fascinante.
La opresión que noto en el pecho desaparece, y mi ritmo cardiaco, en lugar de acelerarse por el pánico, vuelve inexplicablemente a la normalidad.
Qué extraño. Identifico al instante el patrón único de sus cuernos, el tamaño y esa cicatriz distintiva que le atraviesa la mitad inferior de la pata delantera derecha, y reconozco al rojo por las tarjetas que nos dio Kaori: Sliseag.
Rojo Cola de Espada. Unos setenta y tres años.
Dos jinetes registrados, el último murió hace dos años.
«Prudente y combativo», así lo describió Kaori durante su lección.
Ni de puta coña un dragón conocido por su prudencia estaría dispuesto a vincularse a un repetidor como yo, lo cual significa que mi muerte es inminente. Cierro los ojos y acepto mi aciago destino.
El corazón se me encoge. La he cagado pero bien, y ahora ya es demasiado tarde. No debería haber tentado jamás a Malek con el mantra de «o vincularme o morir».
— Preferiría no repetirme.
—¿Me estás...? —Entreabro un ojo despacio y miro a la izquierda y a la derecha, como si pudiera haber otro cadete cerca—. ¿Me estás hablando a mí?
Sliseag entorna aún más los ojos dorados, y veo que le sale vapor de las fosas nasales.
Joder. Joder. Joder. Lo he cabreado. Al menos no ha agachado la...
La cabeza del dragón desciende hasta adoptar una posición de ataque, y acerca los colmillos a poco más de cuatro metros de mí.
No sé para qué digo nada.
— ¿El año de más que has pasado en el cuadrante te ha afectado al entendimiento? —me pregunta, y un gruñido ronco y vibrante le surge de la garganta—. ¿O estás tan perdido en el odio que sientes por ti mismo que no eres capaz de aplicarte lo que opinas de la hembra y de Bregh?
—No estoy perdido en el odio que siento por mí mismo —respondo, y antes de procesar por completo lo que acaba de decir, dejo caer la cabeza atrás ante el insulto.
Me vuelvo hacia Trina, que está frente a la naranja, Bregh, y luego parpadeo varias veces antes de volver a fijar la vista en Sliseag.
Me falta el aire. Si me está hablando es porque me ha elegido. Es la primera señal de un vínculo. Debe de ser un error. Se me enciende la cara y me estremezco, consciente de que Sliseag puede ver la vergüenza que me enrojece la piel.
— No necesito ver cómo la sangre te sonroja el rostro para sentir tu humillación. —La alta hierba de otoño que nos separa se dobla por la fuerza de su resoplido—. Conozco cada aspecto de tu ser, Sawyer Henrick. Incluso todo aquello que ocultas por decoro.
Ahora la indignación supera la vergüenza, y enderezo la espalda.
—Creo que hablar de «humillación» es pasarse un poco...
— En absoluto. —El dragón agita la cola de espada a través de la hierba en una demostración de temperamento y traza un arco hacia mí antes de regresar a su posición anterior—. Y tampoco es un error. Me insultas insinuando que tal vez no sea infalible.
Me cago en mi vida. Un insulto equivale a fuego.
Cierro la boca y me muerdo la lengua en el proceso. El regusto metálico acompaña a una rápida punzada de dolor. Me toco la punta de la lengua con el dedo índice y la yema se me mancha de sangre. Maravilloso: ahora también pensará que no soy capaz de hablar sin reventarme un vaso sanguíneo.
—Yo no he dicho en ningún momento que hubieras cometido un error.
— Lo has pensado, que es lo mismo. Entre nosotros solo es aceptable la honestidad. —Frunce el labio superior y me muestra una fila de dientes babeantes—. Si vuelves a mentirme, te daré la oportunidad de presentarte ante ese dios de la muerte del que tanto hablas.
—No quiero... —Mato la frase antes de que Sliseag me mate a mí, y luego lleno mis pulmones de aire para estabilizarme.
Sería un momento ideal para que apareciera ese herrero emocional.
Aprieto las manos y busco las palabras adecuadas, sinceras—.
Sí, he pensado en la palabra error . Sé quién eres.
Sé que tu última jinete era la mejor de su promoción, y no puede decirse lo mismo de mí.
Soy un patético repetidor. No te arriesgues a vincularte a mí.
Lo lógico sería que buscaras a Liam Mairi o a Rhiannon Matthias...
— Te busco a ti —gruñe—. Esta es la segunda vez que insinúas que me equivoco, y no vivirás si vuelves a caer en la misma ofensa .
—Para tener tantas ganas de vincularte a mí, hay que decir que amenazas con matarme con bastante frecuencia —replico. Estoy bastante convencido de que el dios de la sabiduría acaba de darme la espalda por este comentario, aunque tampoco es que Hedeon me haya bendecido hasta ahora.
A Sliseag se le encienden los ojos, levanta las protuberancias escamosas que hacen las veces de cejas y, a continuación, vuelve a ocultar los dientes.
— Es precisamente por ese fuego por lo que te escojo. La ira que les ocultas a los que te rodean está a la altura de la mía.
Me faltan las palabras.
¿Los problemas que tengo para regular mis emociones son su hierba gatera?