Sawyer
Sliseag: Rojo Cola de Espada
(Macho) Descendiente de la estirpe de Berradhdyr
— Compendio de los dragones , actualizado por última vez por el coronel Valin Kaori
Prefiero morir en este bosque antes que repetir otro curso en Basgiath.
Macabro, sí, pero cierto. Ni siquiera el amor que siento por mis padres bastará para tenerme encadenado otro desdichado año a este lugar si vuelvo a salir de la Trilla sin vincularme.
Para cuando acabe el día, seré un jinete o un cadáver. Y punto.
Ojalá los compañeros a los que he llegado a considerar amigos tengan más suerte que la que yo espero de este sitio...
Está claro que Zihnal no oculta sus favoritismos por aquí, y aunque a mí nunca me haya sonreído, rezo por que cuide de Rhi, de Violet, de Ridoc y de Trina.
Y, en parte, también confío en que Tynan se encuentre con la punta afilada de un Cola de Espada.
No sé si eso me deja como un cabrón, pero lo último que necesita nuestro reino es que otro abusón adquiera la capacidad de manipular algún elemento.
Estadísticamente hablando, no todos volveremos hoy a casa, y este dato me hace sentir como una espada desgastada por la guerra.
Uno de mis filos se mantiene afilado gracias a la furia que me provoca la humillación que supondría que volvieran a rechazarme, mientras que el otro está romo y mellado por el miedo de no poder salvar a mis compañeros de pelotón del mismo destino.
La tensión de sostener ambas emociones al mismo tiempo es insoportable.
Las costillas me estrujan los pulmones cuando veo a mis compañeros de pelotón fundirse con el bosque; todos ellos cargan con su propia mochila. Bueno, todos menos Rhi.
Esa chica se ha lanzado a afrontar su destino con una sonrisa prácticamente arrogante en la cara.
No me cabe ninguna duda de que será la primera que se vinculará. Una confianza como la suya le resulta magnética a cualquier persona de su entorno, pero sobre todo a los dragones.
Pierdo de vista a Ridoc después de compartir una última mirada y un asentimiento con la cabeza. Ambos nos encaminamos en direcciones separadas hacia los árboles. El habitual tono dorado de su tez sigue tirando un poco a verde, y me sabe fatal, pero al menos se lo está tomando en serio.
El hecho de que sobreviviera a la Presentación, con lo bocazas que es, me da esperanzas de que consiga salir también ileso de aquí.
Sería una verdadera lástima que no lo hiciera, porque me cae de puta madre.
De hecho, es posible que sea mi favorito de nuestro año.
Su capacidad para bromear por cualquier cosa equilibra mi incapacidad de encontrar algo que me resulte remotamente gracioso.
He intentado no encariñarme con nadie. Se me parte el alma cada vez que alguien se muere... o sigue adelante sin mí.
Ya no me hablo con ninguno de los jinetes de mi pelotón del año pasado.
Tal vez por eso, a los que repetimos, nos ponen en pelotones nuevos; para que no tengamos que enfrentarnos a la tortura de contemplar cada día el que podría haber sido nuestro futuro al formar filas.
Inclino la cabeza y observo cómo la manada de dragones vuela sobre nuestras cabezas, y el poco cielo azul que se veía hace un instante acaba devorado por manchas rojas, naranjas, marrones y verdes.
El suelo tiembla un poco cuando los dragones aterrizan en el bosque y, entonces, el cielo azul reaparece, igual que el año pasado.
Sin embargo, esta vez no pienso repetir nada de lo que hice entonces.
Intento quitarme de encima este mal presentimiento que se me acomoda en el estómago mientras me dirijo hacia el este, siguiendo el perímetro del bosque.
Un par de horas más tarde, el sol brilla con fuerza y llego a lo que debe de ser la linde meridional. No he visto ni a un solo dragón.
Supongo que esta táctica no es la más infalible...
Con un suspiro de frustración, decido adentrarme de nuevo en el bosque y me esfuerzo por controlar mis emociones mientras rodeo una enorme zona de arbustos espinosos.
Los dragones aprecian la fuerza y la estabilidad, y en estos momentos no estoy dotado de ninguna de las dos.
Ahora bien, si un miembro del Empíreo busca a un repetidor de primero que sea inquieto, demasiado mayor, y que tenga un complejo de inferioridad que va en aumento, soy su mejor baza.
Por Dunne, necesito a un herrero emocional que vuelva a fundir estos sentimientos y forje el arma inquebrantable que el cuadrante espera que seamos.
Está claro que no debería rezarle a Dunne, puesto que seguramente me rechazaría en cuanto me viera porque sabría que estoy perdiendo los papeles.
De pronto, una mano sale de un arbusto y me agarra del brazo.
El corazón me da un vuelco.
—¿Qué co...?
La aparto de un manotazo antes de dar un salto hacia atrás y desenvainar la espada.
—¡Ay, Sawyer, gracias a Zihnal! —Trina emerge de los arbustos con el pelo rojo lleno de ramitas.
Está de coña, ¿no? Gracias a ella, necesito respirar hondo varias veces para que el corazón me baje de la garganta.
—Una manera acertadísima de cruzarte con un compañero de pelotón, Trina... —Envaino la espada.
—Hoy no somos compañeros de pelotón, ¿recuerdas? —replica, y abre mucho los ojos castaños mientras escudriña nuestro entorno—. Hoy es un «sálvese quien pueda».
—Conmigo estás a salvo.
No puedo decir lo mismo de aquellos cadetes que pretendan arreglar sus rencillas mientras los profesores no los vigilan. Los dragones no son los únicos con instintos asesinos.
—Ya lo sé. Por eso he salido cuando te he visto. —Me ofrece una sonrisa indecisa.
—¿Cuánto tiempo llevas escondida en esos arbustos? —Arqueo las cejas y le quito una de las ramitas que se le han enredado en el pelo.
Como compañero de pelotón, le tengo un gran respeto a Trina. Es reservada, tranquila y siempre evita involucrarse en los dramas interminables que conlleva meter a un montón de veinteañeros en un cuadrante con una supervisión mínima.
—¿Una hora, a lo mejor? —Arruga la nariz—. Ha pasado un dragón marrón y estaba segura de que no era el mío, así que me he refugiado aquí.
—Sabes que no vas a vincularte si te pasas el día escondiéndote en la maleza, ¿verdad? —Le quito la última rama del pelo y la tiro al sotobosque.
—Y tú sabes que no vas a poder vincularte si ni siquiera entras en el bosque, ¿verdad? —replica cruzándose de brazos.
Ahí sí me ha pillado. Noto una sensación de calor en el cuello. Me toca muchísimo los huevos que la piel se me ponga roja en cuanto sufro algún tipo de estrés emocional.
—Estoy intentando hacer justo lo contrario de lo que hice el año pasado, teniendo en cuenta que correr hacia el centro del bosque no me funcionó precisamente...
—¿Y cómo te va este año? —Enarca las cejas.
—Pues... mal. —Me encojo de hombros—. Está claro.
Espero que mis amigos hayan tenido más suerte, aunque si Trina y yo somos el ejemplo de nuestro pelotón, tenemos por delante un día de mierda.
—Bueno, aún nos quedan seis horas hasta el crepúsculo, hay tiempo de volver las tornas —dice con un optimismo que envidio, y los ojos se le iluminan—. ¿Qué te parece si nos adentramos en el bosque juntos?
—Se supone que no debemos ir en grupo. —Me hundo la mano en el pelo, superado por la irritación de todo lo que está ocurriendo hoy.
—¿El año pasado ibas solo? —me pregunta.
No lo ha dicho a malas, pero sus palabras me sientan como una patada en la entrepierna, como si el año pasado no hubiera hecho todo lo que se esperaba de mí.
—Sí. —Levanto la voz a pesar de mis esfuerzos por mantenerme tranquilo—.
Seguí todas las instrucciones al pie de la letra, si es lo que me estás preguntando.
—Pongo los brazos en jarras—. Te animo a que intentes descubrir en qué me equivoqué en la última Trilla, pero espero que lleves bien las decepciones, ¡porque yo llevo doce meses seguidos analizándolo y no he sacado nada!
Para cuando he terminado de desahogarme, ella tiene las cejas casi en el nacimiento del pelo.
—Joder. —Dejo caer las manos—. Lo siento, Trina.
—¿Ya estás mejor? —Ladea la cabeza y una comisura de la boca se le curva hacia arriba.
Pestañeo varias veces y me hago un autodiagnóstico rápido.
—Pues, por extraño que parezca, sí. Un poco.
—Me alegro. —Me da una palmada en el hombro—.
Mira, no te estaba preguntando qué te pasó el año pasado; en el Parapeto dejaste muy claro que era un tema tabú.
Simplemente te sugería que podríamos intentar lo de ir en grupo, si no lo habías hecho ya el año pasado, teniendo en cuenta que me has dicho que estás haciendo justo lo opuesto.
—Claro. —Agacho la cabeza y respiro hondo antes de alzar la vista hacia ella—. Lo siento. Tiene todo el sentido del mundo.
Trina señala el centro del bosque.
—¿Nos vamos?
La miro perplejo.
—¿Aún quieres que formemos equipo después de haber perdido los papeles y que te haya demostrado lo poco atractivo que soy para los dragones escupefuegos que nos esperan ahí dentro?
—Sí —responde sin vacilar—. Como tú si no me hubieras encontrado escondida en un arbusto...
—No te falta razón. —No es el mejor día de nuestra vida para ninguno de los dos—. Venga, adelante.
Nos damos la vuelta y caminamos juntos hacia las profundidades del bosque, la mayor parte del tiempo en completo silencio.
Nos detenemos al oír cómo se parten unas ramas, y luego nos giramos al oír gritos en la lejanía.
—¿El año pasado fue así? —La voz le tiembla cuando pasamos junto a la mitad inferior seccionada del cuerpo de un cadete.
Por los dioses, espero que no se trate de nadie que conozca.
—Hoy hay más dragones dispuestos a vincularse que el año pasado, pero sí, más o menos. —Le pongo un brazo delante en el momento en que unas patas verdes aterrizan a pocos metros de nosotros, y las garras se hunden en la tierra. Joder, por qué poco...
Tanto Trina como yo nos quedamos inmóviles cuando la bestia agacha la cabeza en nuestra dirección y nos atraviesa con la mirada. Nos enseña los gigantescos colmillos y de la garganta le emerge un gruñido ronco.
—Baja la vista —le digo a Trina, pero yo tengo los ojos clavados en el dragón verde.