El día de la Trilla (Empíreo 3.5) Rhiannon #2
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Rhiannon #2

—Siempre es buen momento para una lección —replica Eya—. Y no se trata solo del sello. Cuanto más poderoso sea tu dragón, menos dispuestos estarán los otros a tocarle los cojones a su jinete cuando el vínculo se haya consolidado. Yo no corro ningún peligro, y no puedo decir lo mismo de ti.

Separo los labios. No se me había ocurrido, pero tiene todo el sentido del mundo.

El naranja adelanta la cabeza en el mismo instante en que los árboles a nuestra izquierda se mueven. Antes de que pueda siquiera pestañear, la decena de puntas afiladas como cuchillas de una cola de daga se posan sobre la garganta expuesta del naranja.

La cola de daga de una criatura verde jade.

Paseo la mirada por la punta de la cola mientras la dragona verde se adentra de espaldas en el pequeño claro, sin mover la cola de su sitio al tiempo que ocupa con destreza el espacio que nos separa del naranja, y gruñe en su dirección antes de girar la cabeza hacia nosotras.

Con un solo vistazo a sus ojos dorados, me olvido del consejo de apartar la mirada.

El corazón me late entrecortadamente.

Es la llamada de mi pecho, la voz de mi cabeza. Lo tengo tan claro como mi propio nombre.

—Joder, lo que nos faltaba —masculla Eya despacio cuando el naranja retrocede hacia los árboles—. Baja la vista y no te olvides de...

—Retroceder —termino por ella, dando un paso hacia la dragona verde—. Ya lo sé. He estudiado. No sufras; es mía.

—Más te vale tenerlo claro —responde Eya—. Porque los verdes siempre lo tienen clarísimo.

— Tú eres mía —me corrige la dragona.

—¿No es eso lo que he dicho? —Doy otro paso, hasta tener el morro de la verde al alcance de la mano.

— No es lo mismo. —Ensancha las fosas nasales con la siguiente inspiración, luego echa ligeramente la cabeza hacia atrás y me observa con detenimiento—. Coagulas rápido, Rhiannon. Es una señal excelente. Me llamo Feirge.

—Feirge —susurro, y el pedazo de pulmón que me faltaba vuelve a su sitio.

— Lo habrías sabido si hubieras consultado la guía de referencia al despertarte —replica; una reprimenda descarada.

Abro la boca y luego la cierro. Me ha reñido como solo me riñe Raegan: a la cara y sin disculparse.

—Lo he intentado, pero debía asegurarme de que mis compañeros de pelotón hubieran comido, porque nuestro líder está correteando por ahí.

— ¿En serio? No tenía ni idea. No he vislumbrado ni uno solo de tus recuerdos. —Ladea la cabeza.

Qué extraño. Los dragones tienen acceso a todos nuestros recuerdos en cuanto se vinculan a nosotros.

— Te he estado llamando desde que el vigilante de dragones ha traído a los aspirantes al bosque. Tu sentido de la orientación me ha dejado boquiabierta. —Golpea la hierba rítmicamente con las garras, como una profesora que tamborilea con los dedos para disimular su exasperación.

Una sonrisa me curva los labios.

—Gracias.

Ella me mira perpleja.

—Ah. —Arqueo las cejas y mi sonrisa desaparece tan rápido como se ha formado. No me equivocaba; está exasperada—. Estabas siendo sarcástica.

Por supuesto que ha visto mis recuerdos y sabe lo que estaba haciendo esta mañana. Y está claro que no le impresiona lo que he tardado en encontrarla.

— Te veo rápida.

—No sabía que los dragones pudieran ser sarcásticos —mascullo, y alzo la vista para mirarla en el momento en que ella levanta la cabeza y me deja el camino libre hacia su pata delantera por si decido montar.

—Con un poco de suerte, acabarás siendo capaz de discernir cuándo habla en serio —comenta Eya a mi espalda—. Más te vale ponerte en marcha antes de que cambie de idea.

Feirge vuelve a tamborilear con las garras.

—Claro. —Doy otro paso y vacilo un instante antes de girarme—. ¿Qué pasa con Visia?

Eya me mira como si tuviera monos en la cara.

—¿Qué pasa de qué? Si se despierta antes de que caiga la noche, tendrá que decidir si quiere continuar, y si no se despierta, volverá el año que viene con la esperanza de que algún líder de pelotón esté dispuesto a aceptarla.

—¿Cómo que «esté dispuesto a aceptarla»?

—Me quedo ojiplática—. ¿Quieres decir que Aetos tuvo que aceptar a Sawyer?

—Eya asiente, y repaso a todos mis compañeros de pelotón.

Tynan es un capullo, pero los demás somos decentes.

Decido arriesgarme—. Cuando Visia se despierte, dile que el segundo pelotón entiende lo duro que es repetir esto, y que quienquiera que sea escogido como líder de nuestro pelotón la acogerá con los brazos abiertos.

Una sonrisa lenta le suaviza el rostro a Eya.

—Tengo la sensación de que serás tú.

El corazón se me desboca cuando aparto la mirada de Eya y me giro hacia Feirge. Una llama de esperanza se me enciende en el pecho, y se convierte deprisa en pura determinación en cuanto establecemos contacto visual.

Líder de pelotón. Es un objetivo ambicioso, y tendría que ser válida...

— El día que tu amiga con las escamas de Teine corría peligro durante la Presentación, acudiste sin pensártelo dos veces.

No te acobardaste. Si no fueras válida, ahora mismo serías carbón.

—Feirge deja escapar una larga exhalación que casi parece un enorme suspiro, pero en un dragón—.

Si albergas dudas, tu lugar no está en mi lomo.

No hay sarcasmo alguno en su tono y, esta vez, mantiene las garras inmóviles.

No podría hablar más en serio.

—Confío en tu juicio.

Estudio la distancia que hay hasta su pata delantera y dejo que todas las expectativas que he sentido desde que decidí ofrecerme voluntaria para entrar en el Cuadrante de Jinetes me dominen de la mejor forma posible, y me entrego del todo a la emoción del momento.

— ¿Antes o después de que me marchite de tanto esperarte?

No puedo contener la carcajada que se me escapa de los labios.

—Mira que eres dramática. Venga, vamos allá.

No pierdo un segundo más. Cojo impulso y corro a toda velocidad hacia su garra delantera. Mis botas recortan la distancia enseguida, y aprovecho la curva de la parte superior de su pata igual que hice en la rampa del Guantelete.

A diferencia de aquella prueba, a la mitad de la pata me doy cuenta de que no tengo ninguna posibilidad de alcanzar la parte superior. Tiene unas patas descomunales.

Siento como si el tiempo se ralentizara cuando mi impulso llega a su punto máximo, y por algún motivo sé que, si fracaso, Feirge no me ofrecerá un segundo intento. En vez de ver a Violet sufrir desde la parte superior del Guantelete, ahora soy yo la que está a punto de tener problemas.

«Violet». Debo seguir su ejemplo.

Mi peso comienza a cambiar y, en lugar de clavar una daga en la rampa de madera como hizo mi amiga, me agarro de una pequeña hendidura entre las escamas de Feirge y aprovecho ese punto de apoyo para impulsarme hacia arriba.

Aunque es más difícil de lo que esperaba, disfruto de cada segundo.

No me molesto en celebrar nada cuando llego a su hombro.

Me dirijo sin pausa a la suave depresión de las escamas que forman el asiento y ocupo mi lugar.

Me sujeto con las manos a las considerables rugosidades del pomo y clavo las puntas de las botas entre las escamas.

Noto una especie de «clic» detrás de las costillas, como si la última pieza del puzle al fin encajara en su sitio, y me deleito con la sensación.

Esbozo una sonrisa que amenaza con desgarrarme la cara.

«¿Quién no quiere montar en un dragón?». Eso fue lo que le dije a Violet antes de poner un pie en el Parapeto, y sigo pensando exactamente lo mismo. Esto es el culmen de mi vida. Ahora solo tengo que agarrarme.

— No sufras. Volar es la parte más fácil.

Feirge se eleva hacia el cielo con una facilidad sorprendente en un espacio tan pequeño, y pronto ganamos altura gracias a los potentes movimientos de sus alas.

Con la primera caída en vertical, me doy cuenta, de nuevo, del sarcasmo de sus palabras, y me pregunto dónde tengo el estómago.

Solo vomito una vez antes de aterrizar en el campo de vuelo.

Y no podría haber merecido más la pena.