Rhiannon
Feirge: Verde Cola de Daga
(Hembra) Descendiente de la estirpe de Uaineloidsig
— Compendio de los dragones , actualizado por última vez por el coronel Valin Kaori
— Ven a buscarme.
Los de primero se dispersan por el bosque que me rodea y van desapareciendo entre los árboles hasta que termino caminando completamente sola en dirección sur.
Cuesta creer que, por fin, haya llegado la Trilla, pero me siento más que preparada.
Estoy exultante, incapaz de disimular la sonrisa de mi rostro o de contener la emoción y las expectativas que me tienen casi temblando.
Ojalá pudiera decir lo mismo de mis amigos.
La mayoría están fatal.
Creo que Tara y Trina lo llevan bien, pero Ridoc ha vomitado el desayuno antes de que nos separásemos, Violet estaba más pálida que de costumbre y Sawyer parecía tan ensimismado que me preocupa que vuelvan a pasar de él.
Ojalá los dragones escogieran a sus jinetes en grupo y no individualmente; así, podríamos permanecer unidos. Si Kaori ha insistido en algo es en que, aquí, en este bosque, estamos solos.
El corazón me late a la velocidad de las alas de un colibrí cuando me dirijo hacia el bosque a paso ligero, ordenándole a mi pulso que se relaje para poder pensar con claridad.
No me hará ningún favor estar tan emocionada si me topo con un dragón rojo cascarrabias y acabo convertida en una hoguera.
Si crucé el Parapeto lloviendo, con la bota que me prestó Violet, no fue para terminar reducida a un montón de cenizas.
— Ven a buscarme.
La voz es femenina y nítida, pero no me atrevería a definirla como dulce. Kaori nos dijo que escucháramos la llamada si es que llegábamos a oírla, y a pesar de que no se lo he contado a ninguno de mis amigos, comprendí al instante a qué se refería.
Esta mañana me he levantado con un recuerdo fugaz del dragón verde jade con cola de daga que vi en la Presentación, esa única orden en la cabeza y un hondo malestar en el centro del pecho, como si alguien me hubiera arrancado un pedazo de pulmón mientras dormía.
De hecho, aún me escuece un poco cada vez que respiro, como aquellas mañanas de principios de invierno, cuando me aventuraba fuera de la casa de mi familia a buscar leña para que mi hermana gemela pudiera dormir un poquito más.
El corazón se me encoge. Raegan debería haber tenido a su primer hijo alrededor del solsticio de invierno, y ni siquiera me permiten recibir una carta para saber cómo está hasta que termine el primer año.
Por los dioses, daría cualquier cosa por tenerla aquí, aunque solo fueran unos minutos, para poder compartir con ella esta euforia que me crepita por todo el sistema nervioso.
¡Le encantaría! La sacaría del valle antes de que se le acercara ningún dragón, eso por supuesto.
Antes muerta que poner en riesgo a mi hermana.
— Ven a buscarme.
—Eso intento —le susurro al viento.
Alguien grita a mi izquierda y el estómago se me revuelve. Apenas veo nada entre las brillantes hojas otoñales que cubren los enormes árboles, pero esa columna de humo que asoma entre las ramas no es buena señal.
— No es nadie que conozcas. Concéntrate.
O aún mejor: quizá es Jack Barlowe. Ese cabrón se merece que lo achicharren a la primera de cambio por acosar a todo el mundo, y sobre todo a Violet.
El problema es que a los dragones parece que les resulta atractivo ese tipo de crueldad, así que probablemente Barlowe esté rodeado por un montón de morros interesados en él.
Que los dioses nos asistan si se convierte en el cadete más poderoso de nuestro año.
Algo me tira del pecho hacia el norte, y sigo mi instinto, dándole la espalda al humo en dirección a una arboleda más densa.
La sombra me engulle, y tengo frío. Es ilógico pensar que un dragón pueda caber entre estos árboles, pero he llegado hasta aquí haciéndole caso a Kaori, de modo que obedezco esta sensación con la esperanza de que quien me está atrayendo sea la dragona verde jade con la cola de daga.
Un dragón verde sería maravilloso. Tienen una conexión más estable con la magia, y aprecio lo racionales que suelen ser.
Dado el mal humor de la gente que me rodea, no me iría nada mal contar con alguien más sereno en mi vida.
Pero no quiero a un verde cualquiera, no: quiero a la que decidió no convertir a Violet en un montón de cenizas durante la Presentación tras reconocer las escamas de la armadura que llevaba, que pertenecían al dragón de su hermana.
Me pasaré toda la vida agradeciéndole a esa dragona que no calcinara a mi mejor amiga.
El aire se llena de un olor a azufre, y freno mis pasos cuando me acerco a un riachuelo. Por primera vez hoy, siento una aprensión que me oprime el corazón. Reprimo mi inquietud enseguida, rechazando del todo la posibilidad de que este no sea el mejor día de mi vida.
Estoy aquí para encontrarla.
El sol me besa el rostro cuando salgo de la arboleda, pero cualquier noción de sosiego desaparece con el grito ahogado que proviene del centro del claro, donde dos jinetes están agazapadas. No, me he equivocado: una está tumbada, y la otra está inclinada sobre ella.
—Ay, mierda.
Me detengo en la entrada del espacio abierto, que no llega a ser lo bastante grande para poder considerarlo una pradera. No hay marcas de quemaduras visibles en la tierra, pero los árboles del lado izquierdo están en llamas. Con razón huele a azufre.
La jinete que está agachada se gira hacia mí y se pone en pie de un salto blandiendo una hachuela. Su expresión es más amenazadora que la de cualquier dragón que haya conocido, a excepción de la Azul Cola de Daga a la que está vinculado Riorson.
Sgaeyl parece sacada de una pesadilla.
—No soy una amenaza —le digo, y levanto las manos a la altura del pecho, con las palmas hacia delante, pero aún al alcance de mis armas.
La morena con dos estrellas plateadas en la clavícula arquea una ceja perforada.
—Yo no diría eso demasiado alto por aquí, Matthias. El Naranja Cola de Daga que le ha fundido la cara a tu compañera de promoción aún puede volver.
«¿Fundido?».
Con el corazón en un puño, echo a correr sin preocuparme por la hachuela que blande ni por la reliquia de la Rebelión que le envuelve el brazo izquierdo a la jinete de segundo. Por Dunne, que no se trate de ninguna de mis compañeras de pelotón...
Lo que me encuentro me parte el alma de todas formas.
Una muchacha del pelotón de Tara yace en el suelo con los ojos muy apretados, retorciéndose de dolor, y por mucho que deteste la palabra fundido para hablar de la cara de una persona, en este caso está justificado.
Tiene el lado derecho del rostro rojo y lleno de ampollas, y una franja de piel desde el cuello del uniforme hasta el cráneo simplemente se le ha... fundido.
—¿Visia? —Me arrodillo a su lado y le cojo la mano.
Ella me la aprieta con tanta fuerza que me hace sangre con las uñas. Se me escapa un gemido de dolor, y Visia se desploma, completamente inerte.
—Casi es mejor que esté un rato inconsciente —dice la de segundo, antes de acuclillarse de nuevo y guardar la hachuela en la funda que le cuelga del cinturón. Sus parches me despiertan la memoria. Se llama Eya, y está en el primer pelotón de mi sección—. Tiene que haberle dolido una barbaridad.
—¿Qué hago? —pregunto cogiendo de nuevo a Visia de la mano, aunque esté inconsciente.
—Sigues en la Trilla. —Eya observa a Visia y suspira.
—A la mierda la Trilla. No puedo abandonarla aquí. —Dejo caer la cabeza hacia atrás. Me entran náuseas solo de pensarlo.
—No pierdas esa actitud. —Una sonrisa irónica le curva los labios a la muchacha—. Te servirá para postularte a líder el año que viene.
—A mí lo que me preocupa es que Visia sobreviva a este año.
—Eso no depende de ti.
—El bosque entero podría arder. —Alzo la vista hacia las ramas humeantes.
Eya extiende la mano y mira en dirección a los árboles. Levanta el brazo y el agua del arroyo asciende y extingue el fuego de los árboles con un silbido.
—Impresionante —admito mientras el arroyo vuelve a su sitio con un simple gesto de su mano.
—Tu argumento es nulo. Ahora ponte a...
Se oye un gruñido ronco a la derecha y el corazón me da un vuelco.
—Mierda —susurro cuando un dragón naranja asoma la cabeza entre los árboles y nos muestra los colmillos. Se me acelera el pulso, pero conservo la sensatez suficiente para bajar la vista de inmediato—. Supongo que ese es el que le ha fundido la cara a Visia.
—Correcto —responde Eya sin alterarse lo más mínimo.
Me pongo en pie despacio, limpiándome la sangre de la mano en los pantalones, y mantengo la vista clavada en la hierba frente al morro agachado del naranja. Joder, está en posición de escupir fuego y apenas nos separan seis metros.
—¿Qué cojones estás haciendo? —Eya se levanta detrás de mí.
—Es vulnerable.
Comienzo a respirar con dificultad y vuelvo a notar esa sensación de antes, en el pecho, que tira de mí hacia la izquierda, pero me mantengo firme. No me lo perdonaría jamás si un dragón matara a Visia por no haberme atrevido a defenderla.
—No está sola, yo estoy a su lado, novata ingenua —me reprende Eya por detrás.
—¿Y? Los de segundo y tercero solo podéis observar, no interferir —le discuto, y el naranja me echa las trenzas hacia atrás con una hedionda bocanada de vapor.
—Puaj. —A Eya le entran arcadas; está claro que ha olido lo mismo que yo—. Observar desde tan cerca es una medida disuasoria. Estoy vinculada. Si ese naranja me toca las narices, tendrá que enfrentarse a mi dragón. Y ¿qué os ha dicho Kaori sobre los dragones poderosos?
—Que cuanto más poderoso es el dragón, más poderoso es también el sello de su jinete —respondo, y el naranja da un solo paso al frente, levantando ligeramente la cabeza—. No sé si es el mejor momento para que me des lecciones.
La hierba que hay delante del dragón se marchita con otro de sus alientos.