Imogen #3
Me pongo de pie poco a poco, comprobando que no he perdido ninguna extremidad durante ese calvario de ritual. Tengo el cuerpo intacto, a excepción de los diminutos cortes ensangrentados que me he hecho en las manos con mis propias uñas.
—Porque, a diferencia de la inmensa mayoría de los marcados, yo soy la tercera generación de jinetes de mi familia.
—Te enseñó tu madre. —Asiente con solemnidad y se pone de pie.
—Y Katrina. —Le doy la espalda y echo a andar hacia el roble muerto y la pradera que sé que hay al otro lado. El poder me zumba en las venas, me acecha bajo la piel; es desconcertante y, al mismo tiempo, es lo más natural del mundo—. Ya me has comunicado tu mensaje. Puedes irte.
Soy lo que siempre había estado destinada a ser.
—No pienso marcharme después de lo que acaba de pasarte —me discute Garrick siguiéndome de cerca.
— Eres mía. —La oigo tremendamente satisfecha consigo misma.
— Estoy cabreada. —Utilizo el canal mental que nos une.
— Ya se te pasará.
Cuando me faltan unos tres metros para llegar al árbol, veo a Quinn colgada de la rama más baja, con los rizos rubios y la mecha azul moviéndose con la brisa, y dejo caer de inmediato los hombros, aliviada.
No tenía la menor intención de preocuparme por mi jovial compañera de curso, pero posee la capacidad de calar incluso en la persona más malhumorada. Es decir, yo.
Además, declaró que seríamos amigas en cuanto vio mi reliquia de la Rebelión, y no ha dudado ni una sola vez de su decisión. Ahora solo tengo que asegurarme de que la tendencia a que la gente se muera cuando estrechamos la relación no le afecte.
—¡Gen! ¡Lo has conseguido! —Quinn se deja caer de la rama, con su labris sujeta a la espalda. Se le muda el rostro en cuanto me ve—. ¿Estás bien?
—Sí. —Asiento.
Mira detrás de mí y entorna los ojos.
—¿Qué le has hecho?
—¿Yo? —Garrick levanta los brazos—. Ni la he tocado.
—Eso ya se nota. —Quinn lo asesina con la mirada—. Menos mal que me gustan las chicas. Los hombres sois unos dramáticos.
—No me lo puedo creer. —Garrick la mira con desdén y se apoya en un árbol.
Percibo movimiento en la pradera y desvío la atención hacia la cola de daga calabaza que camina hacia nosotros. Esos cuernos, esa mueca, el patrón de las escamas del pecho... Está claro que es ella.
—¡Tú y yo vamos a tener unas palabras! —le grito levantando un dedo.
—Por los dioses, Gen, no puedes gritarle así a un dragón —musita Quinn bajando la vista, tal como nos enseñó Kaori—. Y menos a uno naranja.
— ¡Navarrense! —aúlla Glane, y es la única advertencia que nos ofrece antes de separar los labios de los dientes y escupir una estrecha lengua de fuego entre los colmillos, dirigida a Quinn.
El corazón me da un vuelco.
—¡No! —Me abalanzo sobre mi amiga y tiro de ella hasta escondernos detrás del gigantesco tronco de un árbol. El poder me inunda en un torrente ardiente, y vuelvo a cerrar mi puerta mental. Lo último que necesito es quemarme mentalmente mientras también me quemo viva.
El fuego pasa a nuestro lado justo cuando los tres nos refugiamos detrás del roble.
Termina tan deprisa como ha comenzado, pero mi ira no ha hecho más que empezar.
—Menos mal que el árbol está petrificado —dice Garrick golpeando el tronco.
—¡Espero que lo supieras! —le grito a Glane, dejando a Garrick y Quinn detrás del roble para irrumpir en la pradera.
— ¿Te has muerto? No, ¿verdad? Pues deja de lloriquear.
—Es mi mejor amiga. ¡Mi única amiga!
— Su pueblo mató a tu madre. Y a tu hermana.
Agacha la cabeza en posición de batalla, serpenteando como una víbora.
—¡Ella no tuvo ninguna culpa, como tampoco la tuve yo de la Rebelión! —Cargo directamente hacia su nariz y la señalo—. Que Dunne me ayude, porque como le toques un solo pelo de la cabeza, le voy a contar a todo el mundo quién eres en realidad.
La dragona levanta la cabeza naranja y entrecierra los ojos.
— Soy Glane.
Me río.
— ¿Te crees que no me acuerdo de ti? Es difícil olvidarte del primer dragón que te presentó tu abuela, aunque solo tuviera cinco años.
— Solo tengo veinte años. —Escupe vapor por las fosas nasales—. Quizá recuerdes mal.
— Y quizá tú seas una mentirosa de mierda. —Me cruzo de brazos—. Te has vinculado a mí aunque sabes que está prohibido. Kaori se enterará.
— Aparezco registrada como Glane a ojos de todos. —Inclina la cabeza para mirarme, y vuelvo a sentirme como si tuviera cinco años—. Incluida tú.
¿Cómo cojones se las habrá ingeniado? Los registros del predecesor de Kaori debían de ser una mierda.
— ¿Quieres que te llame Glane? —Tamborileo con los dedos sobre mi brazo.
— Debes. —Me cubre de vapor, pero ni me inmuto—. Tienes suertes de ser mía. Mi recuento de muertes...
— Es cero, «Glane» . —La miro con una ceja enarcada, y ella ruge en las profundidades de su garganta.
Le muestro los dientes.
— A ver si maduramos —resopla.
— Mira quién habla. —Me giro para asegurarme de que Quinn no haya ardido de manera espontánea o algo por el estilo.
Mi amiga me saluda con alegría y una sonrisa de oreja a oreja.
— Supongo que eres mayor que yo —dice Glane estirando las garras.
Me río entre dientes.
— Déjala en paz y te guardaré el secreto.
— Haré algo mucho mejor . —Desvía la cabeza hacia el sur y un Verde Cola de Escorpión sale del bosque.
—¡Cruth! —chilla Quinn, y echa a correr por la pradera con los brazos abiertos, como una heroína de cuento que está a punto de reunirse con su antiguo amor.
La boca se me curva hasta formar una sonrisa y niego con la cabeza. Por supuesto que para ella iba a ser así de fácil. Y me alegro.
— Vámonos.
—¡Imogen! —me grita Garrick—. Ya hablaremos en el campo de vuelo. Nuestra conversación no ha terminado.
Me estremezco.
—¡Vaya que no! —Corro hacia Glane y monto con agilidad.
Los movimientos me salen por inercia, como resultado de haber estado entrenándome desde pequeña.
Sus escamas brillan bajo la luz del sol cuando encuentro el asiento y me acomodo en mi posición—.
Debería advertirte de que mi intención es morir en combate.
— Ya somos dos. —Glane da tres pasos y nos lanza hacia los cielos con amplios movimientos de sus alas traslúcidas—. En eso somos igualitas.
El viento me agita el pelo mientras contemplo el claro y a Garrick, que se ha quedado atrás.
— Te apuesto lo que quieras a que mato más enemigos que tú.
— Acepto el desafío.
Extiendo los brazos y dejo caer la cabeza hacia atrás para entregarme al sol mientras ascendemos, en dirección al campo de vuelo.
—Lo he logrado —les cuento a Katrina y a mamá—, tal como vosotras me dijisteis. —Una sonrisa me curva los labios—. Decidle a la abuela que me he quedado con su dragona.
O, para ser más precisa, su dragona se ha quedado conmigo.
Adapto el cuerpo al lomo de Glane y nos dirigimos al campo de vuelo compartiendo un secreto que destruiría la fe de Kaori en el Empíreo.
Pero que restaura la mía.