Imogen #2
Doy un paso hacia la derecha, pero él se me adelanta.
—... que me asignara la tarea de vigilarte porque necesitaba una excusa para hablar contigo —termina.
¿Ha metido a Xaden Riorson en esto? De puta madre. No me da vergüenza, no. Para nada. Vuelvo a moverme hacia la izquierda, y él hace lo propio.
—Si lo que quieres es bailar conmigo, Imogen, solo tienes que pedírmelo.
Sonríe, y yo cometo el error de mirarlo a los ojos. Ha crecido tanto que tengo que arquear el cuello, pero en cuanto lo veo sé que estoy completa y absolutamente jodida.
Garrick tiene tantas cualidades destacables que es imposible enumerarlas todas, pero ¿los ojos?
Sus ojos entran en una categoría propia.
Esos abismos avellana me observan y me retienen sin necesidad de ponerme un solo dedo sobre la piel.
El negro del uniforme y de su pelo acentúan el cobre que envuelve sus pupilas, pero el resto del iris muestra unos tonos verdes y azules que forman un patrón que nunca he sido capaz de descifrar.
Y lo que es aún peor: sé por experiencia que cambian según la ropa que se ponga, y captan constantemente mi atención para descubrir qué aspecto presentan dependiendo del día.
Si siempre los tuviera iguales, quizá albergaría alguna posibilidad de superar esta adicción.
— ¿Quieres que me acerque y te ayude a cortar la tensión sexual?
Pfff. Cierro los ojos.
«Fuera de mi cabeza».
— No. Eres mía. Vete acostumbrando.
—Estaría más que contento de aceptar la invitación —dice Garrick con una sonrisa pícara.
Lo miro perpleja. ¿De qué estamos hablando?
— De bailar —me recuerda ella, y el vínculo se fortalece.
—No, gracias. —Arqueo las cejas para que Garrick sepa que estoy furiosa—. Por lo que he visto estos últimos meses, creo que te sobran parejas de baile.
—¿Por eso no me hablas? —Se le encienden los ojos y la sonrisa se le ensancha—. ¿Porque estás celosa?
¿Celosa? Ni de coña, vamos.
Un momento. ¿Eso que tiene en los ojos es... esperanza? ¿En serio?
—Más quisieras. —Me cruzo de brazos—. No podría importarme menos dónde metes la polla. Búscate a otra que te monte.
Se inclina hacia mí y baja la vista a mi boca.
—Dilo, Imogen.
Por los dioses, vuelvo a notar la misma sensación viscosa en el estómago, y me quedo observando las curvas perfectamente talladas que él llama labios.
—No sé de qué me estás hablando.
La mentira me sale de la boca con facilidad. Doy un paso atrás y luego me maldigo por haberle permitido saber que es capaz de hacerme retroceder. Me he pasado la mayor parte de mi vida demostrándole que no tengo ninguna debilidad, y si Garrick supiera que él es la única, estaría bien jodida.
Y sé que él acabaría muerto de una forma u otra. No sé qué he hecho para cabrear a Malek, pero no me cabe duda de que también se llevaría a Garrick.
—Dilo y no volveré a tener ojos para ninguna otra mujer. —Me mira fijamente y vuelve a atraparme—. Jamás.
Lo tengo demasiado cerca. Huele demasiado bien. Y preferiría verlo en la cama con mil mujeres antes que ser la responsable de que lo entierren.
—No te comprometas al celibato por mí. —Ladeo la cabeza y hago pucheros—. Qué vida tan triste sería. —Dejo que se note el dulce sarcasmo en mi tono.
Él se ríe.
—Joder, sí que estás enfadada conmigo.
—Empiezo a pensar que esto podría considerarse más una interferencia que una observación. —Pongo los brazos en jarras.
Garrick deja escapar un suspiro que podría mover la mitad de las hojas del bosque.
—Buscas a Glane. Naranja Cola de Daga.
Parpadeo varias veces.
—No es verdad.
—Sí que es verdad. —Se encoge de hombros—. Me lo ha dicho Chradh. Y Sgaeyl se lo ha dicho a Riorson. Los considero dos fuentes bastante fiables, teniendo en cuenta que rara vez se ponen de acuerdo en nada.
— Empiezo a aburrirme. A ver si agilizamos un poco las cosas.
Siento una descarga de energía por la columna y estiro los hombros para quitarme esa extraña sensación de encima.
¿Qué coño ha sido eso? Mi frustración llega a su límite con todo lo que comporta este día, y doy otro paso hacia atrás. Aunque Garrick no se ha movido, sigue consumiendo todo el oxígeno a su alrededor. ¿Cuándo se ha puesto tan enorme? La última vez que lo vi era un chico prácticamente desgarbado.
—¿Has empezado a comerte vacas enteras después del Parapeto o qué? Nunca habías sido tan grande, y ahora... —le señalo el torso— estás así. ¿Ya eres tan alto como Riorson?
—Te has fijado. Interesante. —Se le curva una comisura de la boca—. Le saco un centímetro, pero no se lo menciones. Es un tema delicado.
—Qué raros sois los tíos. —Me muevo hacia la izquierda y, esta vez, me deja pasar.
—Puedes huir de mí todo lo que quieras, estoy acostumbrado a que me rechaces. Pero Glane es una dragona, y te ha elegido; dudo que te permita huir de ella —dice, y me sigue cuando pongo rumbo al roble muerto.
— Tiene razón.
«Que te calles. Ya me encargaré de ti en un rato».
—¿Que yo huyo de ti? —Me doy la vuelta, levanto un dedo y, con ese sencillo gesto, evito que el chaval más grande del cuadrante dé un paso más—. Tú eres el que ni se molestó en despedirse.
Joder, no debería haberle dicho eso.
Garrick abre mucho los ojos.
—¿Por eso me estás haciendo el vacío?
—¿Pero qué tiene esto de vacío? —Respiro hondo y me obligo a relajarme, al menos para que esta rabia interminable que vive dentro de mí se disipe un poco.
—No pude acercarme a Ivyndelle durante los meses previos al Parapeto. —Hunde los hombros.
—Está a una hora a caballo de Lewellen.
Me sube por la espalda un calor que se extiende por mis extremidades, como si la ira fuese un ser vivo decidido a apoderarse de mi sistema nervioso.
—¿Y crees que no lo intenté? —replica, y aprieta los puños como si se estuviera conteniendo para no tocarme—.
Tu familia de acogida era partidaria del régimen y empezaron a acusar disimuladamente al duque de Lewellen de ser desleal a Navarre, cuando él es quien representa a Tyrrendor en el Senario.
No me dejaban acompañarlo a las comprobaciones trimestrales de vuestro estado, decían que los marcados no debían congregarse.
—¡¿Crees que no lo sé?! —le grito cuando el calor de mis entrañas comienza a arderme—. ¿Sabes cuántas acabamos en una familia de acogida, solas?
—Tres —musita.
—Tres. —Asiento a medida que el fuego comienza a consumirme—. Sloane, Julianne y yo. Al resto os pusieron por parejas: Liam y Xaden, Bodhi y Merielle, tú y...
—Tyce —termina Garrick por mí—. Ya lo sé.
—Y sí, él es siete años menor que tú, pero al menos tenías a alguien. Quizá no fuéramos amigos, pero durante tres años tú fuiste el único marcado al que había visto, y un día, simplemente... te fuiste.
¿Por qué cojones le estaré diciendo todo esto? Cierro la boca y pienso que daría lo que fuera por retirarlo, por meterme en su cabeza y borrarle de la mente todo lo que ha pasado en los últimos treinta segundos o, joder, en los últimos diez minutos.
No puede saber que hay quien tiene el poder de hacerme daño, y mucho menos él.
—Imogen, lo siento muchísimo. —Hace ademán de tocarme y yo retrocedo a toda prisa—. No fue por elección propia. Yo jamás haría nada que te perjudicara de forma consciente.
No tiene ni que intentarlo. El resultado es el mismo.
— Ya estoy harta. ¿Estás dispuesta a vincularte a mí?
«Si me sacas de esta situación, sin duda».
— Una decisión excelente. —Percibo en su voz una alegría peligrosa.
La primera onda de energía abrasadora me embiste y caigo de rodillas, jadeando.
Luego vuelve a sobrepasarme en oleadas tan seguidas que ni siquiera soy capaz de notar los latidos de mi corazón entre tanto dolor.
El calor me achicharra viva desde dentro de mi cuerpo sin darme ningún respiro, y el fuego no tiene fin.
Va a matarme. Es imposible sobrevivir a la presión que intenta reventarme la cabeza o a las llamas que me devoran los huesos de uno en uno.
—¿Imogen? —Garrick se arrodilla a mi lado.
—¡No me toques!
Se quemará igual que yo.
Una fuerza indescriptible me llena las costillas y luego se expande, me reorganiza las entrañas a medida que va consumiendo cada fibra de mi ser.
Un poder líquido incinera lo que era y forja algo completamente nuevo.
Cada respiración se me antoja más ardiente que la anterior, como si estuviera inhalando una energía pura e ilimitada...
«Glane».
—Está canalizando —consigo balbucear entre resuellos al tiempo que me clavo las uñas en las palmas de las manos.
—Es imposible. —Garrick niega con la cabeza, con la cara justo delante de la mía. Al menos será lo último que veré en este mundo—. Aún no has volado.
—¡Que te digo que sí! —aúllo, y me convierto en una voz escandalosa más en medio de un bosque repleto de muerte.
—Respira —me ordena él con la voz de trueno que solo le he visto utilizar con su pelotón—. Se te pasará, te lo prometo, pero tienes que respirar.
Me concentro en sus ojos y cojo aire entre jadeos ardientes, tratando de recordar lo que mamá y Katrina me contaron al respecto.
«Tomar tierra».
—Tengo que tomar tierra.
Cierro los ojos y pienso en el vestíbulo de la casa de mi infancia en Hardincourt.
Los cuadros de las paredes. Las chaquetas de vuelo colgadas junto a la puerta.
Los suelos de madera desteñidos por el sol.
Lo imagino con tanta claridad que casi huelo el pan que se está horneando en la cocina.
Luego me giro hacia la puerta principal, donde un poder naranja y fundido se cuela en mi santuario, y cierro mentalmente la casa a cal y canto.
El poder se agolpa contra las ventanas e inunda los cristales, pero no consigue entrar.
Respiro sin dolor por primera vez y, al abrir los ojos, me encuentro con Garrick mirándome con los ojos fuera de las órbitas y la mandíbula desencajada. La rabia vuelve a consumirme.
—Voy a matarla.
—Por Malek, ¿cómo es posible que sepas tomar tierra? —Me acerca las manos a la cara, pero no llega a tocarme.