Imogen
Glane: Naranja Cola de Daga
(Hembra) Descendiente de la estirpe de Fhaicorain
— Compendio de los dragones , actualizado por última vez por el coronel Valin Kaori
Las hojas crujen bajo mis botas cuando me adentro en el bosque después de que haya concluido la charla motivacional (y pocha) de Bodhi, que no ha hecho nada por mejorar mi mal carácter.
Espero de corazón que algún capullo navarrense intente vengarse de mí, porque hoy me he levantado con ganas de matar a alguien.
Me cago en este día.
Me cago en este reino.
Me cago en todas las personas que nos han metido en esta sala de tortura dejada de la mano de los dioses y camuflada de colegio de guerra.
Me estremezco. No puedo culpar a Riorson de eso.
Él tomó la única decisión que pudo tomar para salvarnos la vida después de que Navarre se la arrebatara a nuestros padres.
Esa decisión es el único motivo de que sigamos respirando, y le debo mi lealtad inquebrantable hasta que uno de los dos se reúna con Malek.
Me cago en la general Sorrengail por haber cerrado el acuerdo.
Sí, así mejor.
Camino entre los árboles sin ningún tipo de inquietud, más que preparada para afrontar mi destino, igual que hicieron mi madre y mi hermana. Al menos, el que creía que sería mi destino antes de que Kaori proyectara a cierta Naranja Cola de Daga en mitad de la clase hace unas semanas.
Una Naranja Cola de Daga que debería estar muerta.
—¿Dónde cojones estás? —susurro, muy consciente de que me oye.
Me ha estado rondando tan cerca de la mente desde la Presentación que incluso podría activar un canal mental para comunicarme con ella si no sintiera que antes merezco algunas respuestas. Porque me las merezco.
Sobre todo después de irme a dormir tras la Presentación con una deslumbrante reliquia nueva de un dragón Naranja Cola de Daga que me envuelve la cadera izquierda, algo que no le he contado a nadie.
Es una marca de propiedad, el lugar donde la magia entra en nuestro cuerpo cuando la canalizamos a partir de nuestro dragón, pero estoy segura de que hay una forma de rechazarla si resulta ser la tocacojones que creo que será.
¿Cómo no la vi en la hilera de dragones? ¿Cómo me hizo esa marca sin que lo notara? La otra reliquia que tengo me dolió como un demonio.
— ¿Has sido siempre tan desagradable? —me pregunta, invadiéndome la cabeza con una voz tan dulce que casi parece miel. Si la miel fuese venenosa.
«Mira quién fue a hablar», replico para mis adentros. Es posible que sea la dragona más malhumorada e impetuosa del Continente.
— Te he oído.
«Pues deja de escucharme, a menos que estés dispuesta a mostrarte».
Se ríe, y el sonido me hace cosquillas en el cerebro, pero no la veo bajo las copas de los árboles, entre los brillantes colores del otoño.
—Katrina, cuida de Quinn, por favor —le susurro a mi hermana muerta a través del éter.
Tengo que darme prisa. Bodhi ha desbaratado el plan que tenía de afrontar este día junto a Quinn, y no me lo perdonaré en la vida si le ocurre algo a esa rubia insoportablemente alegre antes de que llegue al punto de reunión que hemos elegido a toda prisa.
— Pon fin a tu amistad con la navarrense y tal vez te permita salir volando de este valle.
«Ella no es como los demás. Y tú no decides quiénes son mis amistades». Se me tensa el vientre.
— Eso ya lo veremos.
Oigo un grito agudo hacia el este, y hago una mueca. Por Dunne, si tengo que morir, no chillaré como un gorrino cuando Malek venga a buscarme.
Algo se agita delante de mí y alargo la mano para atrapar una hoja con cinco puntas de un intenso color magenta.
—Fíjate. Es tu color favorito, mamá. —La sostengo para que pueda verla desde donde sea que me esté mirando.
Puede que mi madre y mi hermana murieran ejecutadas en Calldyr, pero nunca las he sentido lejos de mí.
Joder, cómo echaba de menos estos otoños.
Los árboles de Tyrrendor son sobre todo coníferas, o al menos lo eran cuando estaba con mi familia de acogida cerca de Lewellen.
Pero en mi hogar, en la provincia de Deaconshire, tenemos árboles parecidos a estos, que pierden las hojas conforme llega el otoño.
No importa cuántos años hayan pasado o cuánto llegara a amar Aretia; Hardincourt siempre ha sido mi hogar.
Levanto la cabeza cuando Garrick Tavis, con dos espadas a la espalda, sale de detrás de un árbol y planta sus enormes pies en mitad del camino.
Entorno los ojos y le recuerdo a mi corazón que se relaje de una puta vez.
Puede que esté tan bueno que me lo comería de un solo bocado, pero no voy a ir por ahí. Ni ahora ni nunca.
Será por hombres con los que tener una aventura en Basgiath.
Todas las personas cercanas a mí acaban muertas. Papá. Mamá. Mi hermana, Katrina. Elyse, la única amiga que hice durante el primer año que estuve de acogida en Ivyndelle. No importa lo cabreada que esté con él; antes muerta que permitir que Garrick termine en esta lista.
Con su enorme complexión, su insoportable belleza, la mandíbula cuadrada y unas habilidades imbatibles en la estera, no creo que tenga problemas para encontrar mujeres que le calienten la cama.
Por desgracia para mí, pero por suerte para Garrick, yo no soy la única por aquí que se pone a cien ante una demostración letal de destreza.
Está claro que a los que logramos cruzar el Parapeto se nos jodió algo en la cabeza.
Puaj. Me entran ganas de vomitar al acordarme de Sharla Gunter frotándose contra él anoche, en el pasillo de los dormitorios.
—¿Qué haces aquí? —le espeto tirando al suelo mi bonita hoja magenta.
Joder. Me juré que no le dirigiría la palabra durante los dos años que tuviéramos que convivir en este sitio. Acabo de cargarme setenta y ocho días de contención.
—Observar, como buen líder de pelotón. —Sonríe y, me cago en todo, se le marca un hoyuelo en la mejilla izquierda. Puede que los navarrenses sean la maldición de mi existencia, pero ese hoyuelo va a acabar conmigo—. Así que sabes cómo hablarme —dice—. Ya empezaba a dudarlo.
Ignoro con descaro el comentario.
—Tú no eres mi líder de pelotón, así que vete a tomar por saco adonde puedas observar a algún estudiante de primero que quizá valore tu presencia. —Lo atravieso con la mirada—. Yo estoy muy bien sola.
— Es posible que tratar con amabilidad al objeto de tus deseos te dé mejores resultados.
«O te muestras o ya puedes irte a la puta mierda».
Intensifico aún más mi mirada asesina y me aparto un mechón de pelo rosa de los ojos cuando Garrick se pone en medio de mi camino.
—Agradeces mi presencia —dice, tan imperturbable como de costumbre. Luego recoge la hoja magenta y la gira por el tallo andando hacia mí.
Cuesta creer que este hombre blanda espadas gigantes con esas manos, que pudiera cogerme a mí y...
Basta. No puedo permitirme estos pensamientos.
No he dejado jamás que Garrick Tavis me ponga una mano encima y no empezaré ahora.
—Y esto —alza la hoja— te recuerda a tu hogar. Admítelo.
Me mira a los ojos y yo evito deliberadamente hacer contacto visual. Me conoce tanto que da miedo, y hoy no tengo energía para él.
Observo de reojo la hoja, y luego encojo un hombro.
—Puede ser. —Es más fácil admitir algunas afirmaciones que otras.
—Echarlo de menos no tiene nada de malo.
—Gracias por darme permiso. —Acelero el paso y él me alcanza enseguida con sus largas piernas.
—Por los dioses —dice riendo—, tienes la paciencia de una santa con todos los marcados menos conmigo. ¿Qué te he hecho yo, Imogen?
El sonido de mi nombre en sus labios amenaza con derretirme por dentro, así que me cierro en banda de inmediato.
—No me caes bien.
—Venga, no hay ninguna necesidad de que me mientas. —Sonríe, y se le vuelve a marcar el hoyuelo.
—¿Tanto te cuesta creer que haya una mujer inmune a tus encantos? —Mantengo la mirada al frente, estudiando el bosque que nos rodea en busca de los dragones escupefuegos que deberían estar rondando por aquí.
—¿Te parezco encantador? —Su sonrisa se ensancha, y yo pongo los ojos en blanco.
Ha tenido una tolerancia casi masoquista a mi injustificable nivel de gilipolleces desde el día en que le solté un puñetazo en la cara a los ocho años, y sigo sin entender por qué.
Katrina se puso pesadísima con que le pidiera perdón, pero no me disculpé; ¿qué derecho tenía a decirme cuál de mis caballos debía montar cuando era solo un invitado en mi casa?
Qué poco nos imaginábamos que la amistad de nuestros padres acabaría arrastrando a mi familia a una rebelión siete años más tarde.
—Yo no he dicho eso.
Identifico el gigantesco roble que mi madre me describió a unos cien metros de distancia y le rezo a Dunne por que Quinn lo haya encontrado. Es el único del bosque que acabó partido en dos a causa de un rayo hace eones, cuando todavía contábamos con un manipulador del rayo en nuestras filas.
—No me has dirigido la palabra desde que cruzaste el Parapeto. —La sonrisa de Garrick se difumina al tiempo que se guarda la hoja otoñal en el bolsillo del uniforme.
— Eso, ¿por qué no has hablado con él? Un chico tyrrish tan guapo.
Empujo mentalmente los hilos calabaza del vínculo que se está formando en los límites de mi mente, con la esperanza de que esa especie de telaraña se disperse.
«No te doy permiso para que te vincules conmigo hasta que me expliques un par de cosas».
— Haré lo que me plazca —me espeta—. Soy una asesina probada, cuento con más de mil muertes a mis...
«Bla, bla, bla». Vuelvo a empujar el vínculo y trato de imaginarme levantando un muro mental.
Por los dioses, mamá y Katrina pasaron tanto tiempo intentando enseñarme, preparándome, y yo apenas escuché una fracción de lo que me decían, tan convencida estaba de que jamás me ofrecería voluntaria para entrar en el cuadrante.
—Imogen. —Garrick sabe que no debe tocarme, así que da un giro y se planta justo delante de mí, en mitad del camino, lo que me obliga a detenerme—. ¿Por qué no me hablas?
—¿Y a esto cómo lo llamas? —Nos señalo, y luego doy un paso hacia la izquierda.
Él me imita.
—Yo lo llamo suplicarle a Riorson... —empieza a decir.