Dain #3
—Ya, ya. —Se sopla un rizo rojo para apartárselo de la cara y salta al suelo—. Bueno, pues buena suerte... —Gira la cabeza hacia el oeste y esboza una sonrisa—. ¡Se acerca uno verde! —Echa a correr hacia el norte y yo regreso a mi puesto de observación anterior.
Un dragón verde. Exactamente lo que esperaba mi padre; lo que ha organizado. Estoy hasta las narices.
El corazón comienza a martillearme cuando oigo que los pesados pasos se aproximan. Estará orgulloso de mí. Confiará en mí tanto como yo confío en él y dejará de estar tan pendiente de mí.
Hay movimiento en un grupo de árboles al este, y desvío la mirada.
Un Rojo Cola de Espada con las escamas de la tonalidad de un tomate oscuro camina entre los árboles sacudiendo las ramas con la cola en dirección a mí, y le gruñe al verde que se acerca.
Tiene la cabeza baja, en posición de escupir fuego, y mueve los ojos dorados como si estuviera evaluando el posible campo de batalla de una forma que me recuerda a mí buscando el árbol perfecto.
El verde maniobra hacia la derecha del árbol mientras el rojo se prepara para pasar por la izquierda. Estarán debajo de mí en cuestión de segundos, y todos mis instintos me dicen que vaya a por el rojo.
— ¿Qué elegirás, Dain Aetos? —Una voz ronca y masculina irrumpe en mi cabeza, enfatizando las eses—. Si te equivocas, descubriré cuánto tardas en acabar reducido a cenizas.
Siento una opresión en el pecho, como si las costillas estuvieran intentando dejarme sin respiración. Uno de los dragones me está hablando, lo que significa que es mío. Pero ¿de cuál se trata?
Debería ir a la derecha, hacia el verde. Seguro que es ese el que me está hablando. Eso es lo que me dice la lógica. Eso es lo que querría mi padre.
Pero esta será la relación más importante de mi vida, y mis deseos y mis sentimientos también importan.
«Que Dunne me asista». Salto hacia la izquierda.
Mis botas caen pesadamente entre los hombros del rojo, justo delante del asiento, y doblo las rodillas para absorber el impacto.
El rojo gira la cabeza a un ángulo imposible, y yo extiendo los brazos para no perder el equilibrio cuando abre la mandíbula y ruge. Una ola de calor y azufre me golpea el rostro. La pura fuerza del sonido sacude todas las escamas bajo mis pies.
Reconozco su cara por las tarjetas: Cath.
Ay, mierda... Más me vale estar convencido de que es él si no quiero pasarme la jornada poniéndome al día con el padre de Violet y con Brennan.
— ¿Cuán seguro estás? —me pregunta la voz, y todo se mueve. Los músculos del dragón, debajo de mí, se contraen en el momento en que el rojo sale corriendo.
El impulso me empuja hacia atrás y pierdo el apoyo de los pies. Me agarro al pomo, pero me doy un golpe en la barbilla con el canto duro de una escama. Noto un dolor insoportable en la cara, aunque no tengo tiempo de procesarlo: Cath ha alzado el vuelo.
—¡Estoy seguro! —grito resbalándome hacia atrás a medida que asciende con amplios movimientos de las alas.
Me sujeto a las escamas del pomo con las manos doloridas, y luego tiro con toda mi fuerza y me aúpo hasta el asiento. Busco las hendiduras entre las escamas con las puntas de los pies y me agazapo contra su lomo cuando emprende un ascenso en vertical que me revuelve el estómago.
— ¿Estás dispuesto a contradecir a tu padre? ¿A tu oficial superior?
Cath alcanza una cima y nuestro impulso se detiene durante un suspiro. El mundo se ralentiza y, en ese instante, toco lo que inexplicablemente siento como... la paz.
Estamos a cientos de metros sobre el suelo; aquí arriba, nada más importa. Ni mi padre, ni los retos futuros, ni el cuadrante. Mi vida depende de lo que ocurra durante el próximo minuto, de las acciones del dragón que tengo debajo, y eso hace que todo lo demás se me antoje insignificante, vano.
La gravedad reclama lo que es suyo y Cath repliega las alas mientras caemos.
—¡No hay vínculo más vital que el de un dragón y su jinete! —bramo tensando los músculos para no moverme del asiento—. No hay orden que pueda contravenir su importancia ni considerarlo ilícito...
— ¿Muestras lealtad al Código mientras sobrevuelas el umbral de Malek?
Aprieto los muslos con todas mis fuerzas cuando Cath se inclina hacia la derecha, y llevo el peso del cuerpo al lado contrario para no perder el equilibrio cuando comienza a bajar en espiral.
El horizonte gira sin parar y el viento me azota la cara.
Tiene razón. El Código no va a salvarme aquí arriba.
—No.
— Entonces, ¿a quién le debes lealtad, en realidad? —Se endereza y el mundo vuelve a su orientación habitual.
—A ti.
El pulso se me acompasa. Nunca he estado más convencido de que la voz que he estado oyendo es la de Cath, de que he tomado la decisión correcta.
Él gira la cabeza lo justo para poder mirarme de reojo.
— No lo olvides jamás. Es la única condición de mi lealtad.
—Jamás —le prometo.
Nada ni nadie podría ser más importante o esencial que el vínculo que siento, que ahora encaja en su lugar. Hace que incluso el entrometimiento de mi padre me parezca irrelevante.
Por primera vez en mi vida, estoy conectado a alguien a quien no puedo defraudar, porque ya lo sabe todo sobre mí.
Cath gira de nuevo la cabeza hacia el horizonte y volamos como un solo ser.