Dain #2
—No tengo pruebas suficientes. Todavía. Por eso te necesito. —Afloja la presión en mis hombros—. Ni siquiera debería estar diciéndote esto, pero te quiero, y necesito que estés alerta. Necesito que...
—¿Qué? —Arrugo la frente. ¿Cómo es posible que espere que actúe contra algo que no me cuenta cuando encima ni siquiera él dispone de toda la información?
—Avísame si rompen el Código. —Me pasa las manos por los hombros y luego me da unas palmaditas como si fuera un niño—. Puedes hacerme ese favor, ¿verdad?
Niego con la cabeza.
—Si rompen el Código, se encargará de ellos la cadena de mando, tal como dictan el Código y el Reglamento de Conducta —replico—.
Esas son las normas, y siempre me has enseñado que, para hacer que te sintieras orgulloso y para sobrevivir a este sitio, debo seguir el Código al pie de la letra, porque los dragones establecieron las normas y su palabra es ley.
—Sí, por supuesto —conviene, y asiente con la cabeza—. Confías en mí, ¿verdad, Dain?
Menudo golpe bajo.
—Claro que sí, papá. —Pongo una mueca—. Señor.
—Pues confía en mí ahora. —Desvía la mirada y, cuando vuelve a posar los ojos sobre los míos, se le ha suavizado el gesto y de nuevo se parece a mi padre—. También me preocupa que Riorson te desafíe —añade, y le cambia la cara.
Tenso la espalda.
—He ganado todos los retos menos uno...
—Y él no ha perdido en la estera ni una sola vez. —Mi padre traga saliva y me da un apretón delicado en la parte superior de los brazos—. ¿Recuerdas lo que te dije sobre cómo le hicieron las cicatrices de la espalda?
—Sí, me acuerdo. —Me entran náuseas mientras oigo un batir de las alas en la lejanía.
—Ahora imagínate que tiene la oportunidad de ejercer su venganza sobre Violet —dice, y frunce el ceño—. La quiero como a una hija, Dain, pero los dos sabemos que jamás sería capaz de defenderse sola. Aunque se le dan bien las dagas, ese cuerpecito frágil que tiene... La romperían en mil pedazos.
Tenso todos los músculos del cuerpo.
—En el campus está a salvo. Y el año que viene estará a salvo con los escribas.
Su sueño siempre ha sido vivir entre libros y, por los dioses, si alguien merece que se cumplan sus ilusiones es Violet, especialmente después de haber perdido a Brennan y a su padre.
—Siempre que los marcados no rompan el Código y la rastreen —musita él.
—No lo romperán. —Siento un miedo que me paraliza la columna y deja un escalofrío a su paso.
—Tú... —Mi padre suspira—. Estate alerta, por su bien. Sé que no quieres que corra peligro. Los dos habéis tenido siempre una relación muy estrecha, y estoy seguro de que te echa de menos.
Asiento.
—Es mi mejor amiga.
Cuando salga de aquí y ella se gradúe en el Cuadrante de Escribas, quizá seamos...
algo más. Lo que siento por Violet es increíblemente complicado, pero me he prohibido pensar en nada más allá de lo que necesito para sobrevivir a cada día.
Todo lo demás deberá esperar. Aunque al ritmo al que este lugar cambia a la gente, es muy probable que el año que viene no me reconozca, cuando nos ganemos el privilegio de visitar a los miembros de los otros cuadrantes.
—Mira eso —dice mi padre con la cabeza inclinada hacia arriba.
El cielo se llena de color en el instante en que los dragones dispuestos a vincularse pasan volando sobre nuestras cabezas, y los dos disfrutamos del espectáculo.
Según Kaori, este año hay ciento treinta y siete dragones dispuestos a encontrar jinete, bastantes menos que el año pasado. Los cadetes los superamos por mucho en número. La manada se deja caer en el enorme bosque y desaparece entre los árboles.
Se me hace un nudo en la garganta. En ese bosque me espera el futuro o la muerte.
Mi padre vuelve a darme palmaditas en el brazo y luego deja caer las manos.
—De verdad que no pretendía preocuparte con todo esto, y menos en un día tan trascendental. —Sonríe—. Venga, métete ahí y reclama a tu dragón verde.
Lo miro desconcertado ante el repentino cambio de tema.
—Yo pensaba más bien en uno rojo.
Él se pone lívido.
—Uy, ni hablar. Un dragón rojo sería demasiado temperamental para ti.
Escúchame, hijo, te hablo desde la experiencia.
Deberías acercarte a uno verde; respetará tu naturaleza honorable y tu entrega a Navarre.
Y le he pedido a Foirn que les hable de ti a los demás miembros de su guarida.
—Una sonrisa tímida le curva los labios.
Lo que me faltaba.
—Seguro que a los dragones les ha encantado. Nada les gusta tanto como el nepotismo...
—Sí, soy el peor padre del mundo por querer asegurar la supervivencia de mi único hijo —bromea, y luego me da un último apretón—. Ya hablaremos de los marcados más tarde. Gánate tu uniforme de vuelo.
—Papá. —Me esfuerzo por deshacer el nudo que tengo en la garganta—. Los otros cadetes no pueden pensar que estoy recibiendo un trato especial. Si me vinculo hoy, si salgo volando de este valle como jinete, quiero que dejes de rondar cerca de mí.
—Si sobrevives hoy, ya no me hará falta. —Asiente—. Haz que me sienta orgulloso de ti.
—Sí, señor.
Espero hasta que mi padre se ha marchado y luego me giro hacia el bosque, considerablemente más estresado y con el mismo miedo que antes de que apareciera.
Haría lo que fuera por él, pero a veces es un puto infierno ser su hijo.
Me quiere. Tiene buenas intenciones. Junto con Violet, es la única persona de este mundo que nunca me ha fallado. Ninguno me ha engañado jamás, no se han levantado y se han marchado cuando hablar les resultaba demasiado difícil.
No tengo motivos para no fiarme de él, no cuando ha sido el que se ha quedado a mi lado.
Así que, de acuerdo, estaré alerta por si los chavales con las reliquias de la Rebelión rompen el Código; es lo mínimo que puedo hacer por el hombre que me lo ha dado todo, y si así además protejo a Violet, mejor que mejor.
El bosque está en silencio mientras ando por debajo de las copas. Soy oficialmente el último cadete que ha entrado en la espesura.
Las hojas caídas crujen bajo mis botas de camino al sur. He elegido un sendero central para aumentar mis probabilidades de toparme con el dragón adecuado, pero también debo apartarme de la ruta de cualquier dragón inadecuado si quiero sobrevivir a este día.
Es irónico que lo que está a punto de serme más útil sea toda una infancia escalando árboles con Violet y no estos meses de entrenamiento en el cuadrante.
Veinte minutos más tarde, encuentro el árbol perfecto. Es lo bastante alto como para que un dragón camine por debajo, pero tiene las suficientes ramas muertas y rotas para escalarlo sin dificultad. Escojo mis puntos de apoyo con cuidado, pongo a prueba su resistencia y empiezo a subir.
Tengo que rodear el tronco en algunos puntos, y ya estoy sudando a mares cuando al fin alcanzo la primera rama que creo que aguantará mi peso, algo ideal para mi propósito.
Estar a seis metros del suelo debería bastar.
Levanto los brazos para sujetarme a la rama siguiente y no perder el equilibrio, y me dispongo a esperar.
El único Azul Cola de Daga que ha accedido a vincularse este año es el primer dragón que me pasa por debajo —ni de coña, gracias—, seguido de un par de naranjas cuyas colas se agitan al unísono. Me pregunto si serán pareja y querrán vincularse a un par de gemelos, como los Wyckley.
No siento a ninguno de los tres como mío, así que procuro quedarme inmóvil y le deseo suerte a Sawyer Henrick cuando pasa por aquí.
—¡Mierda! —grita alguien desde arriba, y al levantar la cabeza veo una cosa precipitándose entre las ramas y golpeándose todas las extremidades durante el trayecto hacia abajo. No, no es una cosa: es una cadete.
Me siento a horcajadas sobre la rama, a poco más de un metro del tronco, y entonces cruzo los tobillos mientras la pelirroja cae a toda velocidad hacia mí.
Alargo los brazos y el cuero de su uniforme me resbala de los dedos, pero consigo agarrarla de la parte inferior y su cinturón me golpea las manos. Entonces la sujeto con todas mis fuerzas.
El mundo me da vueltas a medida que ella pierde velocidad, y el cinturón se me clava tanto en las manos que me sorprende que no me las atraviese, pero no la suelto. Cuando nos detenemos, estoy colgado boca abajo y la sangre se me acumula en la cabeza. La chica ha dejado de sacudirse.
—¡Aetos! —exclama Joelle Tadita, una cadete de segundo, que me mira con los ojos fuera de las órbitas.
—Aguanta —le ordeno entre dientes, y entonces tiro de ella hacia arriba recurriendo solo a la adrenalina—. ¡Agárrate!
Ella se sujeta a la rama.
—¡Ya está!
La suelto y Joelle se queda colgando un instante antes de dejarse caer sobre la rama que hay unos centímetros más abajo.
Hasta que no veo que ha recuperado el equilibrio no me aúpo con los abdominales, me agarro a mi rama y coloco ahí las piernas.
Acto seguido también me dejo caer sobre la rama en la que está ella, y la encuentro resollando y tratando de recuperar el aliento.
—¿Qué haces en un árbol? —le pregunto apoyando la palma de la mano en el tronco.
—Observar, como buena cadete de segundo. —Se pone una mano sobre el corazón—. Gracias por recogerme. Te debo una.
—De nada.
Extiendo la mano. Tengo un cardenal rojo en el centro y, en cuanto lo veo, las dos manos comienzan a dolerme.
—Se te dan bien los árboles.
Me coge de la mano y los dos nos giramos incómodos sobre la rama de modo que ella esté más cerca del tronco.
—Tuve una buena maestra. —Sonrío, y ella empieza a descender—. Intenta no caerte de otro árbol hoy. A lo mejor no estoy allí para ayudarte.