Dain
Cath: Rojo Cola de Espada
(Macho) Descendiente de la estirpe de Berradhdyr
— Compendio de los dragones , actualizado por última vez por el coronel Valin Kaori
—Las únicas palabras que puedo ofreceros aparte de estas son «buena suerte».
Kaori nos observa detenidamente, y tengo el mal presentimiento de que está intentando memorizar nuestras caras para poder proyectarlas más adelante si fuese necesario.
Luego asiente para sí mismo y echa a andar hacia la derecha, desapareciendo entre los árboles que conducen a la colina de este valle en forma de cuenco que será la tumba de algunos de nosotros.
Kaori es el último profesor que nos verá a todos vivos y el responsable de prepararnos para un día tan letal; debe de suponer una carga muy pesada.
Los cadetes se dispersan, algunos en grupo, en dirección al bosque, mientras que otros se quedan atrás despidiéndose de sus amigos.
—¿Quieres que entremos juntos? —me pregunta Cianna recogiéndose los rizos rubios en una coleta y girándose hacia mí. De todas las personas de mi pelotón, ella es con la que me llevo mejor.
—Se supone que tenemos que ir solos.
Ignoro el impulso de entregarme al miedo que me atenaza. Contar con una amiga en la Trilla sería bonito, reconfortante incluso, pero los dragones prefieren comprobar si un jinete es capaz de apañárselas por su cuenta.
—He oído que algunos de los pelotones del Ala Cuatro tienen pensado ir en equipo. —Mira a la derecha, donde el Ala Cuatro parece estar formando grupos pequeños.
—Solo los que disfrutan llevando al límite las normas —interviene Aura, que me mira de reojo—. Seguro que te alegras de que no te hayan puesto en el pelotón de Xaden Riorson. Corre el rumor de que te la tiene jurada.
—Solo porque el padre de Dain es la mano derecha de la general Sorrengail —dice Cianna, como si eso lo justificara—. Y... bueno, ya sabes que ayudó a la general a dar caza a Fen Riorson para ejecutarlo.
—Estoy convencida de que le encantaría desafiarte. —Aura ladea la cabeza y me estudia.
—Ya, pues su padre mató al hermano mayor de mi mejor amigo durante su absurda Rebelión, así que, créeme, el sentimiento es mutuo.
He estado vigilando las sombras en busca de Xaden Riorson desde que crucé el Parapeto. Primero, porque ese cabrón arrogante manipula precisamente las sombras, y segundo, porque no es ningún secreto que quiere verme muerto, aunque aún no haya venido en persona a por mí.
Gracias a los dioses que Violet comenzará en el Cuadrante de Jinetes el año que viene, porque, si no, es muy probable que Riorson rompiera todas las reglas posibles del Código para matarla.
Solo espero que no aproveche la Trilla como excusa para matarme a mí.
—¡Cadete Aetos! —La voz de mi padre retumba a nuestras espaldas, y aprieto la mandíbula para disimular la vergüenza.
Adoro a mi padre. Es el epítome de lo que debería ser un jinete: leal, inquebrantable y disciplinado. Es todo lo que quiero ser dentro de unos años, y que se sienta orgulloso es mi principal objetivo en el cuadrante. Pero ¿cómo cojones voy a defenderme solo si lo tengo siempre acechándome?
—Te llama tu papaíto. —Aura sonríe y me pongo rojo como un tomate—. A lo mejor podrías vincularte a su dragón, ¡os pasaríais toda la vida juntitos! —Su risa estridente me pone de los nervios mientras la veo marcharse hacia los árboles.
—Buena suerte. —Cianna me da una palmada en el hombro y me ofrece una sonrisa de consuelo—. Te veo en el campo de vuelo.
—Igualmente.
Respiro hondo, me preparo para escuchar la lista de todas las decepciones que se ha llevado conmigo últimamente y me doy la vuelta para enfrentarme a mi destino.
Mi padre me espera de brazos cruzados a unos cinco metros, en la base de la colina, lo que significa que es muy probable que se haya enterado de todo lo que acabo de decir.
Tiene la inquietante capacidad de oír todo lo que no quiero que oiga y de ignorar lo que sí.
No ha escuchado nada de lo que le he dicho desde que mamá se marchó cuando estábamos apostados en Luceras.
Teniendo en cuenta que mi padre afirma que fue porque mi madre intuyó que él no sería capaz de protegerla de los tyrrish rebeldes, puedo entender que esté bastante encima de mí.
Pero esto tiene que acabar. Los otros cadetes se están dando cuenta, y no solo paso una vergüenza horrorosa, sino que encima podría restarme posibilidades de llegar a ser líder de ala.
—Papá. —Levanto la mano para saludarlo y me dirijo hacia él.
—¿«Papá»? —Él arquea una ceja.
—Señor —corrijo deprisa.
«Ya lo estás decepcionando y la conversación ni siquiera ha comenzado».
—Pensaba que te alegrarías más de verme —me reprende cuando recorto la distancia que nos separa.
—Te vi la semana pasada, en Informe de Batalla. Exactamente a cinco sillas de mí.
Me cruzo de brazos y me doy cuenta de lo mucho que nos parecemos. Compartimos los mismos ojos marrones, la misma complexión, el mismo pelo castaño e incluso los mismos gestos. Tal vez por eso mi madre se fue sin mí, porque le recordaba demasiado a él.
De todas formas, eso no explica por qué dejó de escribirme el año pasado. Tengo la sensación de que está relacionado con que me ofreciera voluntario para entrar en el Cuadrante de Jinetes, pero cabe la posibilidad de que no llegue a saber jamás lo que ocurrió en realidad, y eso me mata.
—Estaba evaluando los métodos didácticos de Devera. —Agita la mano como si pudiera restarle importancia a todas las veces que se ha entrometido en mi vida a lo largo de los últimos meses.
—Claro —respondo. Me rasco la barba incipiente que me está saliendo en el mentón y lo miró con las cejas levantadas—. Y necesitabas ver a Kaori justo después de mi clase hace una semana, y tuviste que hacerle una pregunta a Emetterio durante uno de mis retos...
—La mayoría de los cadetes están completamente aislados de su familia.
Confiaba en que agradecerías que hubiera encontrado formas de estar presente en tu vida durante tu primer año.
—Se altera y veo que el cuello se le está poniendo rojo, una señal clara de que he metido el dedo en la llaga—.
Siempre dentro de las normas, por supuesto.
—Por supuesto.
Joder. La culpa me pesa como el plomo en el estómago, y me arrepiento al instante de haberle dicho nada.
Es normal que mi padre sea sobreprotector; somos la única familia que tenemos los dos. No me puedo imaginar lo que debe de ser enviar a tu único hijo al cuadrante, consciente de que las probabilidades de que no vuelvas a verlo en la vida son bastante altas.
—Solo... —La expresión se le suaviza—. Solo quería verte.
Dejo caer los hombros.
—Me alegro de que hayas podido...
—Ala Dos —me interrumpe con un tono melancólico y los ojos puestos en el parche de mi hombro—. Serás un fantástico líder de ala en el Ala Dos, igual que yo en mis años mozos.
Sin presiones.
—Lo haré lo mejor que pueda...
—¿Qué está pasando ahí? —dice, y frunce el ceño al mirar más allá de mí.
Al girarme, veo lo que le ha llamado la atención: el primo de Xaden Riorson, otro estudiante de primero, charla en la linde del bosque con un puñado de cadetes con reliquias de la Rebelión. La mayoría están en el Ala Cuatro, pero Imogen Cardulo es una de los nuestros.
—Vaya, Bodhi Durran les estará dando una charla motivadora a algunos de los marcados. —Me vuelvo hacia mi padre.
Él entrecierra los ojos.
—Hay cuatro de los nuestros —advierte.
—Sí. Creo que este año hay quince marcados, divididos de una forma bastante equitativa entre las alas.
—Su presencia representó un gran conflicto durante los primeros meses, teniendo en cuenta lo que sus padres le habían hecho sufrir al reino, pero la mayor parte de las rencillas personales se han resuelto sobre la estera, como marca la tradición del cuadrante—.
Tenemos a tres en el Ala Dos, incluida Cardulo, y están todos separados entre secciones y pelotones, así que tampoco es que se infrinja el addendum ...
—De momento. —El rubor le sube hasta la parte alta del cuello mientras los atraviesa con la mirada—. Saben que el Reglamento de Conducta ha cambiado este año y que ya no pueden reunirse en grupos de tres, y mucho menos de cuatro.
—No están reunidos, papá. —Inclino la cabeza y le bloqueo la línea de visión—. Es como si hubieran acabado de romper filas o se hubiesen topado con los otros en el ala académica.
—¿Y Durran hace eso muy a menudo? —Deja caer las manos y aprieta con fuerza los puños—. Lo de darles charlas motivadoras.
—A veces, supongo. —Otras veces he visto a los de segundo ayudándolos—.
La verdad es que no lo sé a ciencia cierta, porque no son de mi ala.
Pero entiendo por qué se hacen compañía siempre que pueden.
Algunos de los cadetes creen que los marcados no deberían estar aquí, y he oído que muchos de ellos están preocupados por si los dragones los matan...
—La idea era que no sobrevivieran al año pasado —susurra mi padre.
Me quedo boquiabierto.
—No lo dices en serio.
—Y ahora hay dos que han llegado a líderes de pelotón. Siendo de segundo. Es... inaceptable. —Se ha puesto rojo como un tomate y prácticamente tiembla de rabia.
—Los dragones avalaron su presencia aquí. Sus intenciones. Su lealtad —digo con suavidad—. Y nunca cuestionamos a los dragones, ¿verdad? —Va contra todo lo que él mismo me ha enseñado.
Mi padre me agarra de los hombros y me mira a los ojos con una intensidad que casi le hace parecer un extraño.
—No sabes todo lo que yo sé, hijo. Puede que los veas como críos inocentes que están pagando los pecados de sus padres, pero no es verdad.
—¿En serio? —Le inspecciono la expresión de los ojos, pero no tiene motivo alguno para engañarme.
Me clava las puntas de los dedos en los hombros hasta hacerme daño.
—No puedo contártelo porque es información clasificada, pero no te fíes de ellos, de ninguno, y mucho menos de Riorson.
—Papá, si están cometiendo algún delito, podéis presentar cargos...