El día de la Trilla (Empíreo 3.5) Garrick
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Garrick

Chradh: Marrón Cola de Escorpión

(Macho) Descendiente de la estirpe de Aldayrmar

— Compendio de los dragones , actualizado por última vez por el coronel Valin Kaori

Estoy bastante seguro de que acabo de dejar a mi mejor amigo a punto de morir en aquel claro, a manos de esa pesadilla de dragón Azul Cola de Daga, y no puedo hacer nada en absoluto al respecto. Vincularse no es precisamente un deporte con público, y no te dan puntos extras por trabajar en equipo.

De todas formas, Xaden no me dejaría ayudarlo ni aunque pudiera. Puto cabezón de los cojones.

—¿Estás bien? —me pregunta Masen mientras caminamos hacia el sur por una espesa arboleda de pinos altos.

—Sí. —No, ni mucho menos. La presión que noto en el pecho amenaza con partirme las costillas.

Pero no pienso admitir algo así delante de otro marcado.

La función de Xaden es liderarnos, y la mía es ayudarlo, vigilarle la espalda, protegerlo, incluso de sí mismo. Para eso, estar «bien» es irrelevante.

«Eres mi orgullo, Garrick, mi corazón. Pero él es el de Tyrrendor.

Debe vivir. Tyrrendor solo sobrevivirá si él sobrevive».

Esas fueron las últimas palabras de mi padre antes de partir con Fen Riorson, como la fiel mano derecha que había sido siempre.

Me miró a los ojos, señaló a Xaden mientras daba la orden, me besó en la coronilla, como si aún fuera un crío a sus ojos, y luego se marchó a la batalla de Aretia.

Se pondría lívido de furia si supiera que acabo de dejar que la esperanza de Tyrrendor se enfrente a un dragón a solas, pero quedarme con él podría haber reducido aún más sus probabilidades de sobrevivir.

«Zihnal, permite que sobreviva».

— Has cumplido con tu cometido, Garrick Tavis. —Una voz ronca y avejentada que enfatiza ligeramente las erres me consume la cabeza por tercera vez hoy, y me coge desprevenido—. Ahora ven aquí.

Tropiezo con la raíz de un árbol y extiendo los brazos para no perder el equilibrio.

Me cago en este estirón repentino y en cómo ha hecho que empeore mi inmejorable coordinación.

En cuanto haya sobrevivido al día de hoy, pienso matarme en el gimnasio hasta que pueda volver a machacar a Xaden en la estera.

«Primero necesito asegurarme de que Masen está a salvo». Lo pienso con convicción y con la esperanza de que el dragón que me ha estado hablando desde que hemos llegado al bosque me oiga y lo entienda.

El suspiro de impaciencia que me repiquetea en el cerebro significa que quizá he logrado el primer objetivo, pero tengo dudas sobre el segundo.

No era consciente de lo mucho que deseaba a un dragón mayor, que hubiera vivido toda la historia por la que estamos luchando, hasta que he oído su voz, pero ni siquiera habiendo memorizado las tarjetas se me ocurre cuál de todos los dragones que sé que están dispuestos a vincularse puede estar entrando en la mediana edad.

—No me puedo creer todo lo que acaba de pasar —masculla Masen mientras atravesamos la arboleda, en dirección a una sección del bosque donde los pinos son más anchos que un dragón y tan altos que parten el cielo.

La nieve se filtra por las ramas y se acumula en los amplios espacios entre los árboles.

—Yo tampoco. —Me paso la mano por el pelo y, con una serie de respiraciones profundas, intento quitarme esta sensación opresiva del pecho.

Acabo de ser testigo de cómo Xaden ha matado al príncipe Alic.

No es que el cabrón no se lo mereciera, porque se lo merecía.

De algún modo, habíamos conseguido que el tocacojones real no me rajara la garganta y, en un día como el de hoy, cuando las normas son sugerencias y la ética es poco más que algo hipotético, me siento como si la vida me hubiera dado una tercera oportunidad.

Utilicé la segunda para sacar a mi madre de Aretia antes de que los navarrenses vinieran a por nosotros, antes de que nos arrastraran a las ejecuciones, antes de que ella terminara como el padre de Sloane y Liam, asesinados en secreto en el patio de su casa.

Por los dioses, espero que Sloane esté bien. Sus padres adoptivos no han sido simpatizantes clandestinos como algunos de los nuestros.

—Riorson sobrevivirá, ¿verdad? —me pregunta Masen mirando hacia atrás de reojo—. Porque estamos jodidos como le pase algo. Que no dudo de la capacidad de Bodhi para liderarnos, pero los dos sabemos que no quiere...

—Riorson sobrevivirá —respondo con más convicción de la que siento—. Y se vinculará a la dragona más formidable del Continente.

A ver quién se atreve a tocarle los huevos entonces. Con una dragona como Sgaeyl, podría manifestar un sello que cambiara las tornas de esta guerra. Además, una dragona como ella..., bueno, nos habría quemado vivos si no hubiera querido vincularse con él, ¿no?

—Sobrevivirá —repite Masen enderezándose y levantando la cabeza.

Espero no equivocarme.

—¿Qué le ha pasado a Soleil?

Me echo el aliento en las manos para calentármelas y me preparo para su respuesta.

Vuelve a nevar en la que debe de ser una de las heladas más tempranas de la historia de Basgiath, pero no me subo la capucha de la capa.

Que Alic nos haya cogido por sorpresa es un error que podría haber terminado matándome a mí o, aún peor, a Xaden, y no pienso inhibir ninguno de mis sentidos.

—Se ha ido volando con una Marrón Cola de Garrote —contesta él limpiándose las gafas por tercera vez desde que Sgaeyl nos ha lanzado una nube de vapor.

—Bien.

Una sonrisa me curva los labios. Que haya un dragón llamándome, otro vinculándose a Soleil y Sgaeyl estudiando a Xaden significa que estábamos en lo cierto.

Hay dragones en el valle de la Trilla que están de nuestro lado.

Este día no será una sentencia de muerte.

Hay esperanza, y no solo para nosotros diez, sino para los noventa y siete que vendrán.

Hay esperanza para ella el año que viene, y eso es lo que importa.

La he querido desde la primera vez que me dio un puñetazo en la cara cuando yo tenía nueve años por sugerir que ensillara a un caballo fiable en vez de al jamelgo que había elegido, y no habría soportado la vida si pensara que solo he llegado hasta aquí para morir.

Me descubro mirando al sur, a mi hogar, en la dirección opuesta hacia la que me atrae el dragón.

La añoranza es tan honda que poso una mano sobre mi pecho para intentar sofocar parte de la pena que siempre me acompaña.

Tardamos semanas en viajar hasta aquí a caballo, y daría lo que fuera por cruzar esos cientos de kilómetros y montañas solo para verle la cara.

Necesito que sepa que tenemos una posibilidad, que todo nuestro entrenamiento no ha sido en vano.

Ha perdido más que la mayoría de nosotros, y se merece saborear esta esperanza.

Un sonido de alas llena el aire, y levanto la cabeza justo cuando la Azul Cola de Daga nos sobrevuela y, cuando se inclina, veo a Xaden acomodado en el asiento de vuelo.

Siento un alivio tan sobrecogedor que me flaquean las rodillas; es tan profundo que no consigo sonreír ni hablar. Todo lo que puedo hacer es asentir mientras veo cómo se aleja el amigo más antiguo que tengo.

Xaden se ha vinculado a Sgaeyl. Si consigue volar con ella hasta el campo de vuelo, aún habrá esperanza para Tyrrendor, y Aretia, aunque herida, seguirá contando con su heredero. Al menos hasta que algún noble navarrense decida reclamar aquella tierra en ruinas por puro desprecio.

Estamos un paso más cerca no solo de sobrevivir a la prueba que en teoría debía matarnos, sino también de salir de aquí con mucho más poder del que incluso la general Sorrengail podría haberse imaginado el día que cerró aquel pacto con Xaden.

—¡Toma! —grita Masen alzando un puño al aire.

«Gracias, Dunne». Sin duda, la diosa de la guerra favorece a Xaden de una forma en la que nunca bendijo a su padre.

El sonido de fuertes pisadas atrae nuestra atención hacia el este. Una cadete de primero del Ala Dos corre hacia nosotros a una distancia de unos cincuenta metros, y grita mientras su trenza rubia da sacudidas:

—¡Ayuda!

—Corre —le digo a Masen. El alma se me cae a los pies, y me preparo para moverme, pero él me coge del antebrazo. Con fuerza.

—No —susurra al ver que un Naranja Cola de Garrote rodea un árbol, dejando hondas zanjas en el sotobosque con las garras, y se gira hacia nosotros—. Nos quedamos.

Mierda. Tiene razón. Debemos ayudarla. No sé cómo, pero... ya se nos ocurrirá algo.

—¡A mí no! —grita la cadete agitando los brazos al tiempo que corre en nuestra dirección. Me suena vagamente, tal vez sea una de las compañeras de pelotón que disfrutaban provocando a Bryn—. ¡Mátalos a ellos! ¡Son unos perros separatistas!

Cualquier instinto de ayudarla se evapora en un instante.

—¡Ese insulto no significa lo que tú crees! —exclama Masen—. Los perros son bastante leales...

Por Amari, ¿en qué está pensando? Mi cuerpo se prepara para echar a correr cuando miro de reojo a Masen y abro los ojos como platos.

—Tenemos que irnos cagando leches.

Me preparo para empujarlo si no me queda otra opción. Joder, incluso estoy dispuesto a cargármelo al hombro. Los naranjas son la hostia de impredecibles, y no pienso dejar que nos convirtamos en su próximo objetivo.

—No —insiste él plantando los pies.

¿Por qué estarán hoy tan tozudos mis amigos tyrrish?

El Naranja Cola de Garrote da tres pasos enérgicos antes de abrir las descomunales mandíbulas y enroscar la lengua.

Respiro hondo y contengo el aliento cuando le brota de la boca una llamarada que incinera a la cadete.

El calor del fuego nos golpea como una ola, me arde en la piel y nos echa las capas hacia atrás.

No percibo el azufre en el aire hasta que el dragón naranja cierra la boca.

—¿Te parece si nos vamos corriendo ahora mismo? —le pregunto a Masen.

Él niega con la cabeza, me suelta el brazo y comienza a andar hacia el dragón a medida que se le desempañan las gafas.

—Es mía.

Ah. Vale, eso sí lo entiendo.

—¡Te veo en el campo de vuelo! —me grita sin girarse del todo con una sonrisa de oreja a oreja.

— Estás poniendo a prueba mi paciencia .

La atracción regresa con el doble de intensidad que antes, empujándome de nuevo hacia el oeste. Bajo la vista cuando la Naranja Cola de Garrote me lanza una mirada asesina, y hago caso al instinto que me impulsa hacia la derecha.

Por segunda vez hoy, dejo a un amigo enfrentándose a una posible muerte.

Pero posible es un adjetivo inconmensurablemente mejor que certera .

«Ya voy». O eso creo. En el claro, estaba convencido de que había localizado la fuente de la voz, pero no he encontrado más que a dos dragones azules cabreados, y con una mirada me ha bastado para saber que no era ninguno de ellos.

Le ofrezco otra plegaria a Dunne, esta vez por Masen, y continúo hacia el oeste, en dirección a un conjunto de pedruscos enormes.

— ¿Siempre antepondrás a los demás a tus propios intereses? —me pregunta mientras la nieve arrecia.

«No siempre antepongo a los demás. Ansío muchas cosas para mí» .

Miro hacia el norte y luego hacia el sur, en busca de la mejor ruta para rodear la formación rocosa, porque Malek sabe que no pienso escalarla.

— Ansiar algo, o a alguien, para ti no es lo mismo. Lo que importa son las acciones, y tú tienes un largo historial de actuar por el interés de otras personas.

«O quizá comparto esos intereses».

Tuerzo el gesto cuando la nieve comienza a pincharme la cara. ¿Es que aquí no hay nada que pueda ser suave?

Cambio ligeramente de ruta, optando por tomar el camino sur que rodea los pedruscos. Es un tramo con más nieve, pero hay algo en la dirección norte que no me encaja. Y así, al menos, veré las pisadas de los demás cadetes en la nieve.

— Lo sé todo sobre tus intereses, Garrick Tavis . —Enfatiza mucho las erres de mi nombre—. Y sé el poder que necesitas para perseguirlos.

«Entonces también sabrás que estoy dispuesto a hacer lo que sea». Me protejo los ojos con la mano y sigo arrastrándome hacia delante mientras la visibilidad va empeorando más y más.

— Por eso buscaba a alguien de tu linaje.

El comentario me hace enarcar las cejas, pero continúo avanzando y giro alrededor del pedrusco más grande de todos.

— Por eso te buscaba a ti.

La tierra se mueve a mi derecha y me aparto del camino de un salto, con el corazón en la garganta. De pronto, el pedrusco se desenrosca y se sacude la nieve de las escamas marrón intenso hasta revelarse como un descomunal dragón con cola de escorpión.

Lo contemplo boquiabierto. Siempre me he enorgullecido de mis dotes de observación, y hoy ya es la segunda vez que quedo a la altura del betún.

El dragón despliega las alas para desprenderse de los restos de nieve que le han quedado en las puntas, y veo que tiene numerosas cicatrices en la membrana traslúcida antes de que vuelva a recoger las alas.

— A mí también me desconcierta tu falta de percepción.

—No se repetirá —le prometo, esta vez en voz alta, y estudio el patrón de sus cuernos para ubicarlo a partir de las tarjetas que Kaori insistió en que memorizáramos.

— Ya lo sé. Otro motivo por el cual, por fin, he decidido mezclarme de nuevo con los de tu clase. —Me observa sin pestañear con sus ojos dorados.

—Eres Chradh —digo despacio por si me equivoco, porque admito que ese «de nuevo» y la voz me han cogido desprevenido.

— Ahora que ya nos hemos presentado... —Se incorpora hasta alcanzar su altura máxima—. ¿Nos marchamos? La nieve no me importuna, pero no tengo deseo alguno de que mueras congelado ahora que por fin te he elegido.

Otra vez ese «por fin».

—Según Kaori, no te habías vinculado con nadie hasta ahora. Solo tienes veintisiete años. —No tiene ningún sentido.

— ¿Qué significa siquiera un año? —Ladea la cabeza—. Y este clima, ¿te resulta demasiado complicado? —me pregunta con un dejo desafiante en la voz.

—Te sorprenderá descubrir que para mí no hay nada demasiado complicado.

Doblo los dedos para desentumecerlos y luego corro hacia su pata delantera.

La nieve hace que la bota derecha se me resbale sobre las escamas a medio camino, pero consigo apoyarme con la izquierda.

Trepo a base de puro músculo, dando gracias por todas las lecciones de escalada que me obligó a recibir Lewellen, y consigo llegar a su hombro.

— Todo lo contrario. Cuento con ello.

Limpio la nieve de las escamas del pomo, me acomodo en el asiento y alzamos el vuelo.

El corazón se me desboca cuando aterrizamos en el campo de vuelo media hora más tarde.

Puede que sea el último en llegar, pero los diez nos hemos vinculado. Los diez somos jinetes.

Que te follen, Navarre.