El día de la Trilla (Empíreo 3.5) Xaden #4
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Xaden #4

Me llevo ambas manos detrás de la cabeza, agarro las empuñaduras de mis espadas, las desenvaino y esquivo su estocada con un único movimiento fluido. Él se recupera con gracilidad, eso debo reconocérselo, y se gira para encarar el nuevo ángulo.

Pero yo soy más rápido.

Mis espadas convergen en su cuello y le doy un segundo para mirarme a los ojos, para que comprenda lo que está a punto de ocurrirle.

Retiro las espadas y le rebano el cuello de un corte limpio. Alic suelta la espada y cae de rodillas, agarrándose la garganta con las manos llenas de sangre, tiñendo de carmesí la nieve que hay a sus pies.

Lo observo en silencio mientras la vida le desaparece de los ojos.

Se desploma a un lado sin ceremonias, con la mirada perdida, y la sangre se acumula en el manto blanco.

—Hostia —dice Masen resollando después de haber cruzado el campo corriendo—. Pues está muerto.

—Sí. —Asiento.

—¿Sin unas últimas palabras? —pregunta Garrick envainando sus espadas y poniéndose a mi lado—. Me ha parecido un poco anticlimático sin el típico discurso del héroe.

—No tenía nada más que decirle. —Limpio mis espadas en la capa de Alic y luego las guardo en las vainas que llevo colgadas a la espalda.

—¿En serio no podías dejármelo a mí? —Garrick se cruza de brazos mientras Masen comprueba los otros cuerpos, que yacen a pocos metros de nosotros.

—No. —Un nudo de inquietud me oprime el estómago—. Si alguien descubre lo que ha pasado aquí, habrá ejecuciones, y no puedo permitir que vayan a por tu cuello.

—Prefieres que vayan a por el tuyo. —Garrick se ríe y niega con la cabeza, lanzándome una mirada que fulminaría a un hombre débil—.

Cómo no. La madre que me parió. —Respira a conciencia y contempla el cuerpo inerte de Alic—.

Si alguien lo ve así, sabrán que lo ha asesinado otro cadete. Pedirán una investigación.

Mierda, no se me había ocurrido.

—Tenemos que deshacernos de los cuerpos —coincide Masen desde algún lugar detrás de mí.

Un gruñido ronco y amenazador a nuestra derecha me recuerda que ya nos ha visto alguien.

Me giro despacio hacia la Azul Cola de Daga y, esta vez, recuerdo que debo mantener la mirada baja. Se ha ido acercando en silencio durante todo el combate, y cuando alzo los ojos, descubro que está apenas a unos metros de nosotros. Me fijo de repente en las relucientes garras de sus patas.

Si Alic era el jinete al que pretendía vincularse, tiene todo el derecho del mundo a estar hecha una furia.

— Muévete. —Una voz femenina penetrante resuena dentro de mí.

—¿Qué? —Levanto la cabeza de golpe.

¿Acaba de hablarme? Ni de coña.

Agita la cola y, un segundo más tarde, salgo despedido hacia atrás. Caigo de culo sobre la nieve y noto una punzada de dolor en el lado izquierdo de la cara, más ardiente que el metal fundido.

— No me gusta repetirme.

—¡Xaden! —grita Garrick, y echa a correr hacia mí dándole la espalda a la dragona azul sin pensárselo dos veces, pero Masen retrocede unos pasos con la cabeza agachada.

—Quiere que nos movamos. —Me pongo de pie con la mitad de la visión teñida de rojo.

—¿En serio? —Garrick me pone las manos en la cara y comienza a examinarme la cabeza—. Joder, te ha dado de lleno. Tienes un tajo desde la ceja hasta el principio de la mejilla. Me sorprende que aún conserves el ojo.

Una nube de calor estalla a nuestra izquierda y funde la nieve bajo nuestras botas. Los tres nos damos la vuelta.

El fuego va brotando de la boca de Sgaeyl a medida que mueve la cabeza como una serpiente sobre los cadáveres de Eian, Lorne y Alic.

El hedor a azufre y ceniza me escuece en los pulmones y la cara empieza a palpitarme.

Los cuerpos de los tres cadetes desaparecen en un riachuelo fangoso y, cuando se seca, no son más que marcas calcinadas en la tierra. Desaparecen incluso sus espadas.

Los tres contemplamos el suelo quemado con distintos estados de conmoción.

—Supongo que ya no tenemos que preocuparnos por que encuentren los cadáveres —musita Garrick.

Sgaeyl gira la cabeza en nuestra dirección y los tres damos un gigantesco paso hacia atrás. El corazón se me sube a la garganta cuando sus ojos dorados me observan desafiantes. Debería volver a retirarme; es lo que Kaori esperaría de nosotros.

Pero, en vez de eso, doy un paso al frente y levanto la cabeza, a pesar del flujo constante de sangre que me cae por la mandíbula. No me acobardaré.

Ella abre mucho los ojos en un gesto que espero, por los dioses, que sea de aprobación.

— Esto no es un trabajo en grupo. Diles a tus conocidos que se marchen.

El corazón se me acelera.

—Tenéis que iros. —Dejo caer los brazos y agradezco la brisa fresca entre el calor palpitante que me consume la mitad del rostro.

—Xaden... —empieza Garrick.

—Marchaos. —Mantengo la vista fija en Sgaeyl. Que me haya hablado es una señal fantástica (significa que me está valorando), pero dada su tendencia a matar a sus propios jinetes, no pienso abusar de su buena voluntad—. Estaré bien.

O muerto. Sea como sea, Garrick no debería estar presente.

—Eh... —Oigo los pasos de Garrick a mi espalda, seguidos de los de Masen—. ¿Estás seguro?

—Completamente. —Le sostengo la mirada a Sgaeyl sin pestañear—. Os veo en el campo de vuelo.

—No te mueras —me susurra, y sus pasos desaparecen por la izquierda.