El día de la Trilla (Empíreo 3.5) Xaden #3
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Xaden #3

—Veamos —cacarea Alic mientras avanzamos por el sotobosque—. Soy dueño de vuestra ciudad, o de los restos calcinados que quedan, vaya. Los dragones dejan más bien poco cuando queman una ciudad, ¿no os parece?

—Debemos conseguir que se confíe —le signo a Garrick. Si he aprendido algo sobre Alic Baran en los últimos setenta y ocho días es que, ahora que cree que tiene el poder, no matará a Garrick hasta que lo haya humillado lo suficiente—. Necesitamos que cometa un error.

Él parpadea dos veces.

Un dragón ruge hacia el sur y, al rugido, lo sigue un grito de dolor. La presión de mi espalda desaparece y continuamos andando.

—Y luego están las tierras que rodean vuestra ciudad —prosigue Alic—. Ah, y esa espléndida fortaleza que consideráis vuestro hogar. Esa es mía, también.

—Voy a necesitar tu espada —le signo a Garrick.

Él parpadea una vez.

—Voy a necesitar tu espada —le repito con signos. Cabezón de los cojones.

Él pone los ojos en blanco y luego parpadea dos veces.

—Muchos impuestos no recaudaremos, porque toda vuestra gente está muerta. —Alic suspira—. Algo que, evidentemente, explica por qué ningún otro noble ha reclamado tu título. Bueno, el título de tu padre. Porque nunca ha sido tuyo del todo, ¿verdad?

—Maniobra de Aldwin —le signo a Garrick, con las manos pegadas al pecho.

Él parpadea una vez.

—Vale. ¿Gerwin? —Le signo otra opción. Lo bueno de haber entrenado casi toda nuestra vida juntos es que tenemos el mismo vocabulario de combate.

Garrick parpadea dos veces.

—Me sorprende que no nos conociéramos antes del Parapeto, la verdad —prosigue Alic—. No me cabe duda de que tu padre te prohibía relacionarte para mantener en secreto su revuelta.

—Mi padre me alejaba de los aristócratas porque sabe que sois una panda de capullos engreídos que solo pensáis en vuestros propios intereses —replico; que se joda.

Entramos en el claro y el sol me bendice con una imagen nítida de las sombras de nuestros atacantes. Hay un espacio entre sus hojas y mi espalda que me ofrece una cierta libertad de movimiento, pero la sombra de Alic está fundida con la de Garrick.

Una nube de vapor nos baña y nos quedamos inmóviles.

Los pulmones se me contraen. Cerca de un árbol solitario, hacia el centro del campo, hay un gigantesco dragón azul zafiro, con una cicatriz en el morro, agitando su cola de garrote.

—Vaya, hola —dice Alic en voz baja.

—¿Es tuyo? —le signo a Garrick con un destello de esperanza.

Él parpadea una vez. «No».

Mierda. Adiós a mi esperanza, muerta de un golpe certero.

Los azules son los dragones más despiadados del Empíreo, son máquinas letales con unas escamas preciosas y ansia de sangre.

Y si ese no está llamando a Garrick, o bien está esperando para vincularse a uno de los capullos que tenemos detrás o bien para matarnos.

Y ninguna de las dos opciones contribuye a nuestra supervivencia.

Pero al menos no es la azul marino...

Una sombra cubre el campo y bloquea el sol durante una fracción de segundo antes de que otro dragón azul aterrice junto al Cola de Garrote.

Entorna los ojos dorados al enderezarse hasta su altura máxima y, justo cuando pienso que ya no puede ser más grande, se eleva aún más. Escamas azul marino. Cola de daga.

Joder, mierda.

«Sgaeyl».

—Sgaeyl —musita Alic boquiabierto.

De todos los dragones que nos proyectó Kaori, Sgaeyl es a la que nos dijo que no nos acercáramos bajo ninguna circunstancia.

No solo es despiadada, sino también directamente perversa.

Abandonó a su primer jinete a su muerte por cobarde, se rumorea que mató al segundo y no se ha molestado en buscar a otro desde que murió el último, hace más de cuarenta años, antes siquiera de que saliera del cuadrante.

No soy descendiente directo, pero resulta que su apellido también era Riorson.

El corazón se me acelera cuando se sienta e inclina la cabeza, como si estuviera preparada para que le ofrezcamos un espectáculo. El de la cola de garrote la mira, y ella gira la cabeza y le da una dentellada a pocos centímetros del morro.

El Azul Cola de Garrote se revuelve y deja un amplio espacio antes de detenerse a varios metros de ella.

Sgaeyl posa de nuevos los ojos dorados en nosotros, y que Malek me perdone por mi estupidez, pero no puedo apartar la mirada.

—Hostia puta —masculla Eian.

Exacto. No solo es majestuosa, sino también aterradora, y estoy preparado para todo.

—Mía —susurra Alic arrancándome de mis pensamientos.

«¿Suya?». Y una polla.

Una rabia inexplicable me sube por las costillas y se me acumula en la base de la garganta, pero no me entregaré a ella. Respiro hondo y recibo de buen grado el aire frío en los pulmones, dejando que congele la rabia y no quede más que la meticulosidad fría y cruel que exige la situación.

—¿Le demostramos que soy el jinete que busca? —dice Alic captando toda mi atención. El pequeño corte que le ha hecho antes a Garrick sigue sangrando.

Sgaeyl mira hacia el norte antes de volver a clavar la mirada en nosotros, y de nuevo siento un atisbo de esperanza. Se acerca alguien.

—Demuéstrale cómo recibes a la realeza, Tavis. —Alic le desliza la daga por el lateral del cuello—. Ponte de rodillas y límpiame el barro de las botas para no mancharle las escamas cuando me monte en ella.

—Vete a la mierda —responde Garrick.

Se me curva una comisura de la boca al ver que los arbustos del norte han empezado a moverse.

—Hazlo —le signo.

—Vete tú también a la mierda —me dice Garrick a mí.

—¡De rodillas! —brama Alic.

El Azul Cola de Garrote enseña los dientes y yo enarco las cejas. Hay demasiados malos temperamentos en el claro como para que esto termine bien para cualquiera de nosotros, salvo para los dragones.

—Antes muerto que... —empieza Garrick.

—O te pones de rodillas o Riorson muere —nos amenaza Alic, y las sombras del suelo se mueven hasta que vuelvo a notar algo afilado en la capa.

Me voy a poner de muy mala hostia si tengo que arreglarla cuando acabemos—.

Soy el segundo en la línea de sucesión al trono de Navarre, ¡y tú eres un don nadie!

—Está claro que alguien tiene complejo del orden de nacimiento—.

¡Eres el hijo de un traidor muerto y me obedecerás! —ruge—. ¡Ponte de rodillas!

El Azul Cola de Garrote exhala otra nube de vapor y luego retrocede hacia los árboles altos del límite del claro, dejando solo la cabeza a la vista.

No... me lo esperaba.

—Hazlo —vuelvo a signar.

El cuchillo sigue pegado al cuello de Garrick y su espada roza el suelo cuando se arrodilla. Tensa los músculos de la mandíbula. Me va a matar por esto, pero al menos estará vivo para vengarse.

Masen emerge de la arboleda y entra tambaleándose en el campo. Por fin. Ahora ya somos tres marcados y tenemos alguna posibilidad.

—A ver si te queda clara una cosa —digo despacio—. No eres el dueño de nada mío.

—¿Disculpa? —me escupe Alic.

—Tu padre es el dueño de las tierras de mi padre. Tu padre es el dueño del título de mi padre. Tu padre es tu dueño. —Giro la cabeza despacio para mirar a Alic a los ojos.

—¡Soy un príncipe! —grita, y se pone rojo como un tomate, con los ojos fuera de las órbitas.

De aquí en adelante, todo sucede bastante rápido.

Bajo la mano izquierda con la palma abierta, donde Garrick me pone el mango de su espada y, acto seguido, aparta la mano.

En cuanto el acero me toca la piel, la sujeto con fuerza y giro hacia la izquierda.

Levanto la espada en un movimiento de revés, acierto a Alic en el antebrazo y le hago tirar la daga.

Alic grita de dolor, pero no me molesto en comprobar el daño que le he causado.

Lorne y Eian se abalanzan sobre mí apuntándome al pecho con las espadas, de modo que me lanzo al suelo cubierto de nieve y las armas entrechocan en algún punto por encima de mi cabeza.

Cuando Garrick se mueve, yo hago lo mismo.

Eian gruñe, yo me pongo en pie de un salto y advierto que tiene una hoja alojada cerca del corazón. Es la mano de Garrick la que cubre la empuñadura de la daga enjoyada de Alic.

Le devuelvo a mi amigo su espada para que pueda encargarse de Lorne y centro de nuevo mi atención en Alic.

El príncipe retrocede renqueando; tiene los dedos empapados de sangre y se agarra fuerte el antebrazo. Oigo un ruido metálico detrás de mí, pero no me hace falta girarme. Tanto Garrick como yo sabemos cuidarnos solos: los duques Lindell y Lewellen se encargaron personalmente de ello.

—No vas a salirte con la tuya —aúlla Alic, pero veo que le tiembla el labio inferior.

—Desenvaina. —Me desabrocho el botón del cuello y mi capa cae al suelo mientras avanzo hacia él. La emoción me arde en las venas.

—No. —Comienza a sacudir los pies al tiempo que se aleja de mí—. No puedes matar a un cadete desarmado.

—¿Que no? —repongo, oigo a Lorne gruñir y, un instante más tarde, gritar de dolor—.

Mereces morir por lo que le has hecho vivir a Garrick desde el Parapeto, y no permitiré que vuelvas a hacerle ni una sola marca más, y eso incluye el peso de la responsabilidad por tu muerte. Esto termina ahora. Coge tu espada.

—¡No quieres matarme! —Alic abre los ojos como platos y se mueve hacia atrás, cada vez más deprisa.

—Por supuesto que quiero. —Dejo caer los brazos a los lados mientras le doy caza igual que a una presa, que es como él nos ha tratado a nosotros.

Soy más que consciente del par de ojos dorados que observa cada uno de nuestros movimientos, pero lo hago de todas formas.

Si está aquí por mí, ya debe de saber de lo que soy capaz, y si ha venido a matarme, al menos libraré al mundo de Alic antes de morir—.

Desenvaina el arma. No te lo advertiré ni una vez más.

—¡Soy príncipe de este reino! —Saca la espada de su vaina y deja de retroceder.

—No confundas un título con poder. —Niego con la cabeza y recorto la distancia que nos separa.

El miedo le dilata los ojos antes de que cargue contra mí sin la destreza que le he visto en la estera. El miedo será su condena.