Xaden #2
Keanan y Bryn se dirigen hacia el oeste cogidos de la mano.
Soleil y Masen desaparecen entre los árboles de la derecha.
Garrick y yo vamos de frente, directos hacia el centro del bosque, y ya no se ve nieve cuando nos refugiamos bajo el dosel que forman los gigantescos árboles. Desvío la mirada a izquierda y derecha, y luego repito el gesto, en busca de cualquier amenaza.
Una sonrisa pícara le cruza el rostro a Garrick en cuanto los otros se pierden de vista.
—Ay, los amores de juventud. Keanan y Bryn siguen como dos tortolitos, a pesar de haber crecido en familias de adopción distintas. Me da esperanzas.
—Querer a alguien en este sitio es una puta gilipollez. —Niego con la cabeza y observo los árboles en busca de cualquier movimiento—. Te hace vulnerable, y eso es una debilidad. Los dragones matan a todo lo que consideran débil.
—Tú siempre tan romántico. —Su sonrisa se ensancha y se le reabre el corte del labio mientras examina el perímetro de la izquierda.
—Soy realista.
Yo me encargo de vigilar la parte de la derecha, y procuro girarme para revisar también la retaguardia.
—Algún día aparecerá alguien en tu vida que lo pondrá todo patas arriba, Xaden —me dice entre risas—. Y espero estar vivo para verlo... —Le cambia la cara—. Mierda, se me había olvidado.
—¿Que me faltan unos ocho meses para estar prometido con alguien a quien no soporto? —Un conejo me distrae, pero lo ignoro deprisa.
—Ya, lo siento. Joder. —Se frota la nuca con la mano izquierda; con la derecha aún sujeta la espada—. Bueno, a lo mejor algún día llegarás a sentir algo por Cat y...
—Imposible. Son negocios, no amor. —Todos los encuentros que he tenido con esa aristócrata mimada han reforzado mi convencimiento de que vamos a ser muy infelices—. Pero el contrato nos da una posibilidad de luchar, y eso es lo único que me importa.
—Claro. —Garrick deja escapar un largo suspiro, y la culpa me da una palmadita en la espalda.
Garrick es mi mejor amigo desde que tengo memoria, y lo último que quiero es que se sienta mal porque yo tenga que cumplir con el trato que cerró mi padre, así que le doy la vuelta a la tortilla.
—Además, no todos nos enamoramos de la primera chica que vemos y no hacemos nada al respecto...
—No era la primera chica que veía —protesta cambiándose la espada a la mano izquierda para poder hacerme una peineta con la otra—. Y tú no decides de quién te enamoras.
—A ver cómo te las apañas el año que viene cuando esté por aquí. Tendrás que dejar de hacer el idiota, y lo sabes.
Una sonrisa me curva los labios al ver que se ruboriza.
—Estás tú para hablar, teniendo en cuenta que esta mañana has salido arrastrándote de la habitación de una de tercero.
—Se ríe entre dientes—. Además, esa mujer no reconocerá jamás que me quiere y, por tanto, para lo nuestro no hay posibilidad alguna.
Seré libre de follar con quien me apetezca el resto de mi vida, mientras que tú, mi queridísimo osito, no tendrás esa suerte.
Uno de nosotros estará en un matrimonio sin amor, y el otro estará enamorado sin posibilidades de casarse. No sé de quién me compadezco más.
—Menudo par estamos hechos. —Asiento y me fijo en que ha dejado de nevar.
—La tristeza es menos tristeza si es compartida, y tú y yo navegaremos por esas aguas melancólicas como hacemos con todo lo demás: juntos. —Me rodea el cuello con el brazo—. Supongo que habrá que aprovechar al máximo este año.
Se oye un chillido en la distancia y él deja caer el brazo mientras bajamos el ritmo.
—La buena noticia es que ya hay una persona menos que podría haber intentado matarnos —digo, y me encojo de hombros.
—¡Alabado sea Malek! —Se detiene—. ¿No sería uno de los nuestros?
Niego con la cabeza.
—Se ha oído demasiado lejos.
El sol atraviesa las nubes cuando tomamos el camino occidental en torno a una secuoya que es más ancha que las torres de Basgiath, y Garrick se lleva una mano al pecho.
—¿Estás bien? —le pregunto con el ceño fruncido.
—Hay algo... —Mira hacia la lejanía tras rodear el árbol, y sigo su línea de visión hacia lo que parece ser un claro al oeste—. Hay algo en el pecho que me... duele. Como si tuviera un gancho incrustado entre las costillas y me estuviera tirando... —Garrick deja de caminar.
—Podría ser tu dragón.
Lo miro de reojo y me paro en seco.
El corazón se me encoge cuando veo la daga enjoyada que alguien sostiene contra la garganta pálida de mi mejor amigo.
Una de las únicas personas del mundo a las que no podría matar sin consecuencias está detrás de Garrick, y es lo bastante alto como para que su pelo rubio y los ojos verdes, distintivo de la realeza, asomen por encima del hombro de mi amigo.
—¿Te atreves a atacarme por la espalda? Es de una bajeza tremenda incluso para ti. —Garrick arquea el cuello para alejarse de la hoja, y yo levanto inmediatamente mi espada—. Pero al menos ahora estoy despierto.
El muy cabrón fue a por Garrick la semana pasada, mientras dormía, sin preocuparle lo más mínimo que estuviera saltándose el Código, consciente de que nadie le diría una mierda al ser príncipe de Navarre.
Yo no me desperté hasta que ya le había dado una buena paliza a Garrick, y ni muerto permitiría que volviera a salirse con la suya.
—Suelta la daga, Alic —le ordeno.
Él sonríe como un maniaco y ladea la cabeza.
A la mierda. Si estamos solos, lo destriparé y no se enterará nadie. El rey Tauri tiene tres hijos, dudo que eche de menos a uno, y Alic tampoco es el primero en la línea de sucesión al trono. Ese acabó en el Cuadrante de Infantería, como todo buen primogénito de un aristócrata.
Lo mismo que deseaba mi padre para mí.
El problema es que aquí solo hay dos personas con reliquias de la Rebelión, lo que significa que, si provoco una pelea, el sello de Melgren le permitirá vislumbrar el resultado.
Y entonces nos ejecutarán a Garrick y a mí por haber matado a este gilipollas, algo que iría en detrimento del objetivo de lo que estamos haciendo en Basgiath.
—Es «vuestra alteza real, Alic Tauri Baran». ¿Dónde están tus modales? —Alic chasca la lengua—. Si detecto un solo movimiento, Tavis teñirá el suelo de rojo —sisea, y le roza la piel a Garrick con la daga.
Me cago en sus muertos. Noto un regusto metálico en la boca generado por el miedo, pero mantengo la espada en alto y los ojos clavados en la daga.
La punta de mi hoja está apenas a un metro de hacerle daño, pero está utilizando a Garrick como escudo.
Por muy rápido que me mueva, Alic puede degollar a mi mejor amigo antes de que lo alcance.
—¡Mirad a quiénes tenemos aquí, chicos! —exclama Alic—. Al hijo del líder de la Rebelión y a su mano derecha.
Dos de sus patéticos lameculos del Ala Dos, Eian y Lorne, salen corriendo de detrás de una gigantesca secuoya con las espadas en ristre. Solo son un par de centímetros más bajos que yo, pero Lorne tiene la complexión de un toro.
Nos superan en número, y aún no he solucionado el detalle de que Garrick tenga una daga en el cuello, algo que Alic me recuerda presionándosela lo suficiente para que brote una única gota de sangre.
—Baja la espada, Riorson —me ordena con un tono arrogante que solo posee por la autoridad con la que nació.
—No le hagas... —empieza Garrick, y Alic hace que de la garganta le brote otra gota de sangre.
En vez de bajar la espada, me limito a devolverla a su vaina, colgada a mi espalda; me resulta más útil tener las manos libres. Al fin y al cabo, dispongo de al menos una decena de dagas sujetas al cuerpo bajo la capa.
Eian y Lorne se apresuran hacia nosotros y se detienen con la punta de las espadas a unos centímetros de mi pecho.
Este año ya he machacado al mequetrefe de Eian en la estera, pero Lorne puede ser un contrincante formidable.
Seguro que sigue cabreado conmigo por haber matado a su amigo más cercano durante la tercera ronda de retos después de que le rompiera un dedo a Soleil. Ups.
—Shhh, tranquilo, Tavis. —Alic mueve la hoja hacia arriba a tan poca distancia de la cara de Garrick que el estómago se me cierra por completo—.
Están hablando los aristócratas. —Se le iluminan los ojos verdes—.
Ay, casi me olvido. Tú eres el duque de Nada ahora, ¿verdad, Riorson?
Supongo que aquí solo hay uno que sigue siendo noble.
No morderé el anzuelo. No: mantengo a raya al monstruo que llevo dentro, consciente de que un movimiento en falso o una palabra equivocada puede hacer que mate a Garrick. Me enorgullezco de mi autocontrol. Todo lo demás es genética o entrenamiento.
«Cuidaos mutuamente». Eso fue lo que me ordenó mi padre al marcharse a la batalla de Aretia.
Intento no recordar lo que le escupí como respuesta cuando se negó a dejarnos ir con él.
—¿No tienes nada que decir? —me provoca Alic—.
Muy bien. Vamos a charlar sobre todo aquello que poseías y que ahora me pertenece a mí, y veamos si Tavis tiene un dragón en el campo.
—Le da un empujón a Garrick, con el puñal aún en su garganta, y me hace un gesto para que lo acompañe—.
Estoy convencido de que le bastará con ver en qué posición os tengo para incineraros en el acto. Andando.
Les doy la espalda a Lorne y Eian para avanzar a un metro de Garrick, con la atención puesta en el blanco de los ojos de mi amigo y en el movimiento de las sombras de nuestros atacantes bajo la luz del sol, que motea el sendero de camino al claro.
Lorne presiona su espada contra mi espalda. Supongo que será el primero en morir. Si seguimos dirigiéndonos hacia el oeste y si los demás mantienen su trayectoria, deberían interceptarnos más pronto que tarde.
—¿Te está amenazando con alguna otra arma? —Utilizo las manos para signar cerca del cuerpo; así evito a los tres que tenemos detrás, pero capto la atención de Garrick—. Parpadea una vez si es que no. Dos si es que sí.
Parpadea una vez. Es la mejor noticia que he recibido en todo el día.
—No te tropieces —le signo.
Él me hace una peineta con disimulo.