Mira #2
Agacha la descomunal cabeza y la mueve a un lado y a otro como una serpiente verde oscuro. Una serpiente con patas. Y garras. Y dientes. La saliva le gotea de los colmillos cuando los muestra y repta hacia delante.
Hago acopio de toda mi autodisciplina para no apartarme.
«Mierda, mierda, mierda».
¿Está pasando de verdad o estoy a punto de morir porque mis instintos no son tan fantásticos como yo creía y este no es mi dragón?
Casi desearía tener el sello del general Melgren, capaz de predecir el resultado de cualquier batalla, pero a mí no me queda otra que seguir recurriendo a mis instintos.
Un rugido ronco hace vibrar mi espada en su vaina, y me recuerdo que debo respirar. Morir de hipoxia sería algo tremendamente ridículo teniendo en cuenta las distintas formas de morir, todas ellas mucho más respetables, que se están produciendo hoy aquí.
Un momento. Se supone que no puedo mirarlo a los ojos, ¿verdad?
No, eso es con los rojos. No..., con los verdes también. Bajo la vista hacia sus garras.
Mierda. ¿Era algo sobre adoptar una actitud de súplica y esperar su aprobación? Me cago en mi vida. Violet sabría la respuesta.
No hay estrés lo bastante fuerte en el mundo que enturbie los miles de millones de datos que atesora mi hermanita en la cabeza. Tiene el encantador y extraño hábito de escupir información para relajarse en situaciones en que lo mejor sería que reculara, por su propia seguridad.
Recular. Respiro hondo. Lo tengo: «Jamás recules ante un verde», eso es lo que Kaori nos enseñó.
Debo mantenerme firme, cueste lo que cueste.
Parecía infinitamente más fácil sentada en clase, con tiempo para valorar la naturaleza más razonable de los verdes.
No hay nada en los colmillos afilados de la criatura que hay frente a mí que me parezca razonable, porque sigue siendo un puto dragón.
Tal vez le parezca razonable comerme para obtener calorías en lugar de limitarse a incinerarme y marcharse por donde ha venido.
Además, ¿qué es lo que define exactamente lo que es y no es razonable?
Cierro con fuerza los puños para que no me tiemblen las manos en el momento en que el verde exhala una bocanada de aliento que huele a azufre y me envuelve en vapor. Al menos no es fuego; seguro que es una buena señal.
¿Estaría Brennan igual de asustado cuando encontró a Marbh? ¿Le temblarían las rodillas a mi madre cuando se le apareció Aimsir?
Lo dudo mucho.
Teine abre unas mandíbulas que miden más de ancho que yo de alto, y contengo la respiración. Luego profiere un rugido ensordecedor que hace que mi pelo se estire hacia atrás y que yo tiemble hasta los huesos.
«No te muevas. Que no se te ocurra moverte».
Hundo las uñas en las palmas de las manos, pero mantengo los pies inmóviles a pesar de que mi corazón se esté esforzando por golpearme el pecho como si pudiera escapar.
El dragón adelanta la cabeza y cierra los dientes a pocos metros de mí, como si pensara que necesito que me recuerde que es capaz de decapitarme por pura diversión, pero no me muevo ni un milímetro.
Entonces retira la cabeza lo suficiente para poder inclinarla y entrecierra los ojos dorados mientras me examina con descaro. Alzo la vista hacia sus iris, que bien podría ser la mejor o la peor decisión del mundo. Supongo que el tiempo lo dirá.
Si va a matarme, al menos no me cogerá desprevenida.
— Disimulas bien el miedo. —Su voz es grave, autoritaria, y el corazón me da un vuelco.
Por los dioses. Los dragones solo hablan con los jinetes a los que eligen.
—Si eso fuera verdad, no sabrías que tengo miedo —repongo, dejando que mi boca sojuzgue mi sentido común.
Kaori me bajaría varios puntos si me viera desobedeciendo flagrantemente la norma más fundamental de todas: un jinete jamás debe hablar con dragones a los que no esté vinculado.
— No seas ridícula. Lo sé todo sobre ti, Mira Sorrengail.
El cuerpo se le mece y agita la enorme cola de garrote hacia la izquierda, la hace chocar contra el tronco de un árbol grueso, y la madera se astilla y luego se parte con un sonido que corta el aire viciado.
«Chas». El árbol gruñe y se precipita a través del follaje, arrancando ramas de camino al suelo.
Lo miro de reojo para asegurarme de que no estoy en medio de la trayectoria del tronco, pero el resto de mi cuerpo sigue completamente inmóvil. Si el corazón se me acelera más, alzará el vuelo mucho antes que yo.
— Lo sé todo... menos cuál es el punto en que te vienes abajo —dice Teine con un suspiro antes de que el árbol toque el suelo, y la rama más próxima impacta lo bastante cerca de mí como para que sienta una ráfaga de viento en la mejilla.
—Ese punto no existe.
Me esfuerzo por controlar la respiración.
Mi padre se reiría de mí si alabara a Hedeon por concederme la sabiduría necesaria para no moverme, así que le ofrezco una plegaria rápida de agradecimiento a Zihnal por no haber permitido que el árbol me enterrara.
— Eso ya lo veremos. —Teine avanza una pata y araña la capa superior de hojas muertas con la garra, a apenas unos centímetros de mi bota, sin llegar a la tierra que hay debajo.
La precisión me asusta más que sus colmillos—.
No me he vinculado con nadie hasta ahora porque me niego a cargar con un jinete que se venga abajo si se encuentra sometido a presión.
De pronto, alza la garra hacia mí y la baja directa al centro de mi muslo izquierdo.
El cuero de mi traje cede, dejo de respirar y le sostengo la mirada entornada cuando la primera descarga de dolor me inunda el torrente sanguíneo.
Noto un fuego que me sube por la pierna y siento cómo se me rasga la piel, pero me niego a apartar los ojos de los de Teine.
Este vínculo solo funcionará si confiamos el uno en el otro.
Supongo que los dragones creen que la confianza comienza con dolor.
—Mi infancia fue una prueba constante —me obligo a decir entre dientes—. La presión es mi campo de juego. Puede que no sea la primogénita de los Sorrengail, pero soy la hija mayor. No sé qué significa venirse abajo.
— Ah, sí, una legendaria Sorrengail.
Pronto el dolor se convierte en un suplicio cuando me hunde la garra en el muslo. Aprieto los dientes para no gritar y, de alguna forma, consigo mantenerme en pie a pesar de que las rodillas amenazan con fallarme.
— Siento curiosidad. Tu hermano es el hijo predilecto de tu madre y tu hermana lo es de tu padre, así que ¿a quién perteneces tú?
Estas palabras me calan más hondo y me duelen más que el corte que me ha hecho en el muslo. Teine no solo ha encontrado mi única inseguridad, sino que además la ha acercado a la luz y ha hurgado en ella para hacerme sufrir.
Lleva razón. Brennan es el niño de mi madre, y Violet, la niña de mi padre. Yo... no soy de nadie. Pero todos ellos son míos, y con eso me basta.
—Me pertenezco a mí misma —respondo, y respiro hondo para asimilar todas las clases de dolor que me está infligiendo—. Y quizá a ti, pero solo si me sacas la garra de la pierna. No me das miedo.
Teine abre mucho los ojos durante una milésima de segundo y luego levanta la garra y me la acerca a la cara. Mi sangre gotea de la punta afilada y el muslo comienza a palpitarme.
Vale. Esa cantidad de sangre da un poco de... miedo.
—Tienes razón, no soy la favorita de nadie. —Lo miro a los ojos, más allá de la garra, para no obsesionarme con la sustancia carmesí que hasta hace un momento me corría por las venas—. Pero eso solo me ha enseñado a esforzarme más por conservar aquello que puedo controlar.
— Y ¿qué harás con todo el poder que podría ofrecerte?
—me pregunta tras posar la mandíbula en el suelo y examinarme con detenimiento—.
¿Repararás aquello que se rompa, como tu hermano?
¿Convocarás tormentas, como tu madre? ¿Controlarás el fuego, como tu abuela?
¿Dominarás las mareas, como tu bisabuelo? ¿Serás...?