El día de la Trilla (Empíreo 3.5) Mira
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Teine: Verde Cola de Garrote

(Macho) Descendiente de la estirpe de Cruaidhuaine

— Compendio de los dragones , actualizado por última vez por el coronel Valin Kaori

Llevo años entrenando para este día. Por fin ha llegado, pero Zihnal es caprichoso, y el Verde Cola de Garrote que vi en la Presentación no está por ningún lado.

Teine. Ese es el nombre que aparece en las cartas de la Trilla. Creo. No es que sea buena idea mirarlos fijamente durante la Presentación, pero le eché un vistazo y lo supe al instante.

El bosque es un mar de colores. Me paso la mano por la frente sudorosa, apartándome mechones del cabello castaño, que llevo corto, y observando desde la rama más alta del árbol más alto que he encontrado.

Deambular por el bosque durante la última hora no me ha servido de nada, y como sé que cuando Brennan se vinculó estaba encima de un árbol, he pensado que no le hará daño a nadie si trepo a uno.

La visibilidad sería increíble si no fuera porque los dragones caben debajo de los árboles más pequeños y las ramas bloquean la visión, pero ya he divisado a algunos marrones, un par de naranjas e incluso al azul que está dispuesto a vincularse este año, pero ni rastro de dragones verdes.

—¿Dónde estás? —le susurro al viento, negándome a entregarme a la frustración que me carcome por dentro.

Brennan presentaba esta prueba como lo más simple del mundo en el libro que me dejó, pero mi perfectísimo hermano mayor y yo tenemos conceptos distintos de lo que significa la palabra fácil .

Si no lo quisiera tanto, la gracia natural con la que destaca en absolutamente todo lo que hace me pondría de muy mala hostia.

El corazón se me encoge y tenso los dedos sobre la corteza áspera del árbol al mirar al sur, hacia Tyrrendor y las líneas del frente de la Rebelión de esa provincia.

«Dunne, cuida de mi hermano».

Pagaría lo que fuera por protegerlo, pero debo confiar en que la diosa de la guerra no permitirá que le ocurra nada.

Espero que Fen Riorson arda por haber intentado dividir el reino.

Comprendo la frustración del duque debida a los permisos de minería del taladio (uno de los minerales que necesitamos para potenciar las protecciones), pero ese recurso solo se encuentra en Tyrrendor.

Y, aunque simpatizo incluso con la rabia por las desproporcionadas tasas de reclutamiento de su provincia, poner en riesgo la seguridad de todos los ciudadanos de Navarre a causa de la secesión es imperdonable.

Sin la provincia de Tyrrendor, los enemigos de Poromiel cruzarán nuestras fronteras y perderemos la guerra que llevamos siglos combatiendo.

Las bajas civiles serán incontables si no sofocamos la Rebelión.

«Ahora no pienses en eso». Ese es básicamente mi mantra para controlar el miedo cerval que me atenaza la garganta cuando recuerdo que Brennan está en el frente, a pesar de que se graduó hace apenas unos meses.

Deberían haberlo colocado en un puesto intermedio, más seguro, pero los reparadores, y sobre todo los que son tan poderosos como Brennan, escasean.

Los heridos necesitan toda la ayuda que podamos ofrecerles.

Al menos está bajo el mando de nuestra madre, en Luceras.

Puede que Violet y yo seamos prescindibles para ella, pero removería cielo y tierra para proteger a Brennan.

No me cabe duda de que mi padre está cuidando de Violet con los escribas en el puesto de guardia, lo cual explicaría por qué a mí no me ha hecho una visita antes de la Trilla, como sí hizo, en cambio, con Brennan.

Está claro que eso dice mucho de cuál es mi lugar en la familia.

—¡¿Ves algo?! —me grita Cowan Zana desde la base del árbol, arrancándome de mis pensamientos.

Me estremezco y miro hacia las copas de los árboles. Grita demasiado para mi gusto.

—Nada desde el azul —le respondo a mi compañero de pelotón favorito con un tono mucho más bajo, más respetuoso con los dragones.

Ya nos estamos arriesgando a ser objeto de su furia por habernos pasado la última hora juntos, pero me negaba a obligar a Cowan a ir solo cuando me había pedido que no me alejara de él. Ya hemos perdido a cuatro cadetes de primero de nuestro pelotón, y no quiero que Cowan sea el quinto.

—¿Ninguno rojo? —pregunta, esta vez con voz más queda.

—Te prometo que te avisaré.

Me agarro al tronco con una mano y me desabrocho el cuello con la otra.

Octubre suele ser un mes bastante templado en Basgiath, pero hoy hace tanto calor que me pregunto si mi madre no habrá venido desde su puesto en Luceras y estará utilizando su sello de manipulación del clima para joderme.

No sería la primera vez que me ha puesto las cosas más difíciles para retarme, como si llevar su apellido en el uniforme no fuese ya una carga lo bastante pesada.

Aunque agradezco que los tres años que estuvo al mando del Cuadrante de Jinetes fueran durante la época de Brennan y no de la mía.

Las cosas siempre pueden ser peores. Mi madre podría estar apostada aquí y yo notaría su aliento en la nuca con el recordatorio constante de que los Sorrengail siempre ascienden al rango de líder de ala.

Un grito rompe la quietud del bosque hacia el norte y giro la cabeza justo a tiempo de ver cómo una llamarada engulle un pequeño claro en aquella dirección. Sí: definitivamente, las cosas podrían ponerse mucho más jodidas...

Pero, de pronto, siento una atracción en el pecho que desvía mi atención a unos cien metros al oeste, donde un árbol se mece tras otro, como si un dragón se dirigiera hacia aquí.

—¿Eres tú? —susurro, con una llama de esperanza en el pecho.

«Muévete», me dicen mis instintos, y se me eriza el vello de los brazos.

Obedezco a la sensación de inmediato. Desciendo por el árbol y resbalo más de una vez allí donde la espada corta que llevo se engancha con las ramas.

Violet se reiría si me viera ahora, tan torpe en algo en lo que ella sobresale tanto. También me daría una paliza con las notas, pero las exigencias físicas del Cuadrante de Jinetes le borrarían esa dulce sonrisa que tiene en un instante.

Gracias a los dioses que mi hermana pequeña estudia para ser escriba, como nuestro padre, y no llegará a conocer el miedo que me inunda las venas desde que puse un pie en el Parapeto.

—Viene algo.

Salto los últimos dos metros que me faltan y aterrizo en el sotobosque cubierto de hojas secas, cerca del lugar en que me espera Cowan. Doblo las rodillas para absorber el impacto y luego me limpio las manos en los pantalones.

—¿Uno rojo? —pregunta él, con un brillo de esperanza en los ojos marrón oscuro.

—No le he visto el color de las escamas.

No pienso decirle que creo que es Teine, porque pocas cosas me gustan menos que equivocarme.

—Puf. —Deja caer hacia atrás la cabeza y gruñe, y la luz moteada del sol se le refleja en las gotas de sudor que perlan la piel tostada de sus mejillas.

—Te invito a que te subas tú al árbol si crees que puedes hacerlo mejor que yo —le sugiero señalando el tronco. Mientras, examino el límite de los árboles con la esperanza de vislumbrar lo que sea que ha puesto mis instintos en alerta.

—No tengo la culpa de ser tan bajito. —Y, como para demostrarlo, Cowan da un salto con la intención de agarrarse a la rama más cercana, pero apenas roza la parte inferior con los dedos antes de aterrizar—.

Créeme, si pudiera crecer un par de centímetros para llegar a tu altura, lo haría.

—Esboza una sonrisa rápida—. Y entonces a lo mejor sería el mejor de nuestro año, o al menos te haría un poco la competencia...

—No soy la...

Se rompen varias ramas cerca y los dos giramos la cabeza hacia la izquierda.

«Por favor, que sea Teine».

Un morro rojo rubí aparece entre los árboles, pegado al suelo en posición de combate, y un Cola de Escorpión pasa a unos doce metros de nosotros sin prestarnos atención. Bajo la vista al sotobosque por si al dragón escarlata le da por mirarnos, y todos los músculos del cuerpo se me paralizan.

El miedo me martillea el corazón a un ritmo cada vez más rápido y luego me recorre la columna.

Una cosa es ver a los ciclópeos dragones con sus escamas ondeantes, púas intimidantes y garras letales, incluso a tan poca distancia como en el Parapeto y la Presentación; y otra muy distinta es que te pase uno por delante y sepas que ha llegado el día en que o se vinculará a ti o te matará.

Dado que la única conexión que he sentido ha sido con Teine, lo más probable es que este dragón rojo me incinere si lo ofendo lo más mínimo.

Cowan, por otro lado...

—Ahí tienes a tu rojo —susurro mirándolo de reojo.

—Efectivamente. —Asiente, y los hombros le suben y le bajan deprisa mientras observa sin ningún disimulo al Rojo Cola de Escorpión—. Por los dioses, ha llegado el momento.

—Ve con cuidado...

—Lo tengo controlado —me promete con una sonrisa explosiva—. Ni siquiera tú puedes protegerme del destino. —El arco le rebota en la espalda cuando echa a andar hacia el bosque, detrás del dragón—. ¡Buena suerte, Sorrengail!

—Te veo en el campo de vuelo.

Se oye un rumor de hojas y me giro hacia el oeste para examinar las ramas que se mecen en la distancia. Noto la misma piel de gallina en el brazo, pero esta vez el doble de fuerte, en cuanto el movimiento de las copas se aproxima.

«Muévete».

El corazón se me acelera, pero vuelvo a honrar a mi intuición y me dirijo hacia el espacio abierto entre los árboles, a pleno sol. El hecho de avanzar me deja la espalda expuesta, y no puedo evitar preguntarme si este dragón quiere ver si estoy dispuesta a mostrarme vulnerable a cambio de su favor.

A pesar de que elijo hacerlo, me cuestiono al instante si esta decisión hará que mañana aparezca en el listado de decesos.

Las copas de los árboles que tengo justo delante se separan y el corazón se me sube a la boca cuando el gigantesco dragón verde aparece a seis metros de mí, con las alas plegadas para caber entre los huecos que dejan los troncos.

Es él: Teine.