El día de la Trilla (Empíreo 3.5) Brennan #3
11%

Brennan #3

— Todo es un juego si eres lo bastante listo para ver el tablero.

No se han pronunciado jamás palabras más veraces.

—Hecho.

Sonrío. Sí: este dragón es mío.

Esperar a que acceda sería una necedad —seguramente se retiraría justo antes solo por la diversión de verme caer—, así que cojo carrerilla y mis pies vuelan por la rama.

Corro por el árbol con la mirada clavada en el extremo verde para no perderme el primer indicio de que se va a hundir bajo mi peso.

En cuanto la rama tiembla, doy un salto.

El tiempo se ralentiza durante los brevísimos segundos que estoy en el aire y el naranja bate las alas, preparándose para retroceder.

Estos son o bien los primeros instantes del resto de mi vida o los últimos de mi existencia.

Agito los brazos en el aire, como si así pudiera recortar la distancia, y pataleo mientras el impulso me dirige hacia el dragón.

Definitivamente, así no es como Kaori nos enseñó a montar.

Choco contra el espacio que hay entre sus fosas nasales y el impacto me deja sin aire. Me sujeto a los primeros agarres que encuentro, que resultan ser el borde de una escama y el surco de una de sus fosas nasales.

— El gorrioncillo sabe volar —me provoca, y, en efecto, estamos navegando por el aire cuando su cabeza se aleja ya de la rama.

Hundo los dedos en los huecos entre las escamas y cada músculo de mi tronco superior se tensa en el momento en que me aúpo, reacio a acercar los pies a sus colmillos.

El suelo me pasa por debajo a toda velocidad, o tal vez se trate de las copas de los árboles.

Sea como sea, no pierdo tanto la concentración como para mirar mientras repto por la cara del dragón mediante la técnica menos ortodoxa conocida (o desconocida) por el hombre.

El ángulo cambia y, de repente, caemos en picado, lo cual hace que me cueste todavía más escalar entre sus ojos.

—¡¿En serio?! —le grito con la atención puesta en la escama siguiente a la que me sujeto—. Como si esto no fuera ya lo bastante difícil...

— Si querías algo fácil, tendrías que haberte enrolado en la infantería —repone.

Entendido. Lo único que puedo esperar de este dragón es que hará todo aquello para lo que yo no esté preparado.

— Veo que vas aprendiendo.

Detiene la caída en seco mientras las ramas le rozan un lado de la cara, y yo llego a la parte superior de su cabeza.

El cambio abrupto en la dirección me manda a toda velocidad al espacio que hay entre sus cuernos, y me deslizo por su cuello.

Lo único que puedo hacer es mover el peso del cuerpo de un lado al otro para ir esquivando por poco las púas afiladas de su cuello, que no forman ningún patrón aparente a lo largo de sus hombros.

Por Dunne, debemos de estar ascendiendo casi en vertical, porque las copas de los árboles del valle se extienden más allá de las puntas letales de su afiladísima cola de daga, y si no detengo este impulso resbalaré directo hacia mi muerte.

Es imposible sobrevivir a una caída desde esta altura; solo quedaría recuperar el cadáver.

La adrenalina me inunda el sistema cuando planto las manos y acepto el daño que puedan hacerme las escamas, con el objetivo de ganar aunque solo sea un segundo de tracción.

El dolor me atenaza los brazos, pero me agarro al borde de unas escamas que hay justo antes de sus hombros y hundo los talones de las botas en el siguiente conjunto, a una distancia suficiente como para tumbarme.

El viento me golpea de cara mientras el dragón continúa ascendiendo hacia el sol de mediodía, y voy moviendo el cuerpo de una escama a otra, asegurándome de encajar los pies entre ellas de camino al asiento.

A la gravedad le importa una mierda que yo sea el hijo de Lilith y Asher Sorrengail.

Si logro mi objetivo, será solo por méritos propios.

Los pies me resbalan por las escamas del pomo y luego sobre el ligero hueco de su asiento. Allí no hay punto de apoyo para los pies ni forma de colocarme con facilidad. Saltar del árbol era una cosa, pero necesitaré la suerte del mismísimo Zihnal para llevar a cabo esta hazaña.

El corazón me late con tanta fuerza que lo noto en los oídos, y la visión me palpita al ritmo de los latidos cuando alcanzo el siguiente conjunto de escamas y me agarro solo con las manos.

En cuanto me sujeto a las escamas del pomo, dejo escapar un grito de victoria.

—¡He ganado! —aúllo al viento, que me arranca la humedad de los ojos.

— No hables en primera persona —me corrige; se pone en horizontal y el culo se me acomoda en el asiento—. Ahora solo existe un nosotros.

Doblo las rodillas y fijo las puntas de las botas entre sus escamas, tal como nos ha enseñado Kaori, para asegurar así la posición.

Luego el dragón de las narices cae en picado trazando una espiral.

— Marbh —me dice—. No «el dragón de las narices». Aunque también respondo si me llaman el Glorioso, el Brillante o el Elegido de Zihnal, como prefieras.

—¡Me quedo con Marbh! —grito.

El suelo da vueltas como una peonza, y me empujo contra el pomo para mantenerme en el asiento, desafiando tanto los movimientos centrífugos como la mismísima gravedad para demostrar mi valía.

— Tu valía ya no está en entredicho —me reprende Marbh—. Ahora lo que estamos poniendo a prueba es la resistencia de tu estómago.

Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo.

Asciende y se lanza en picado hasta que la cara se me pone verde, y me arrepiento de todas las decisiones que he tomado durante el desayuno, pero me mantengo firme en el asiento. Me gano el negro de los jinetes.

Cuando alzo la vista, el campo de vuelo se dibuja ya en la distancia y veo el suelo del cañón, salpicado con todos los colores de los dragones que ya se han reunido para ser testigos de este día y los de aquellos que ya han aterrizado con sus cadetes.

Solo espero que mis compañeros de pelotón, que Ennis, puedan contarse entre esos jinetes.

— Ahora solo existe un nosotros —me repite Marbh de camino a casa—. Marbh y Brennan.

Ya no soy solo un Sorrengail.

Ahora soy el jinete de Marbh.