Brennan #2
—Vete a saber. Tal vez cierta impredecibilidad no te iría mal; te equilibraría, ya me entiendes. —Una sonrisa le baila por el rostro.
—Por Zihnal, ni hablar. —Me pongo pálido y le ofrezco una súplica al dios de la fortuna—. El fuego y la impulsividad no deberían mezclarse.
—Recuerda que Zihnal no solo favorece a los que necesitan suerte, sino también a los que están dispuestos a aceptar sus obsequios sin vacilar.
—Mi padre hace girar una cuenta negra de la pulsera que lleva en la muñeca izquierda antes de quitársela y entregármela—.
Un dragón es sin duda el mayor regalo que puede ofrecerte un dios, pero quiero que te quedes con esto.
—Llevas esa pulsera desde... siempre —respondo, y me la deslizo por la mano. Sigue caliente por su calor corporal.
—Y ahora es tuya. Me sentiré mejor sabiendo que una parte de mí está contigo.
—Gracias. —Hago rodar las cuentas de la pulsera como tantas veces le he visto hacer a él.
Otro cadete aúlla al sur, en las profundidades del bosque, y los dos nos volvemos hacia allí.
Trago saliva sonoramente.
—Tengo que irme.
—Te quiero, Brennan. —Me da otro abrazo y yo lo estrecho con fuerza—. La próxima vez que nos veamos, serás jinete —dice con el mismo tono calmado de siempre.
No hay desesperación en su abrazo, tampoco el temor de que esta sea la última vez que nos veamos.
—Sí, te lo prometo. —Son la certeza de su voz y el convencimiento de que sobreviviré a este día lo que me permiten soltarlo. Mi padre nunca se ha equivocado en nada, y hoy no pienso hacer que se demuestre lo contrario—. Yo también te quiero.
—No te agobies, Brennan. Disfruta del día. Los dragones adoran a los Sorrengail.
Se aleja y desaparece entre los árboles con una facilidad que me hace preguntarme cuántas veces se habrá desvanecido en otros entornos de situaciones peligrosas en nombre de sus investigaciones.
Me vuelvo hacia el centro del bosque, controlo la respiración y el corazón acelerado y luego estiro los hombros.
«Vamos allá».
Las hojas del otoño crujen bajo mis pies mientras avanzo por la arboleda y presto atención a la vocecilla que nos mencionó Kaori, a la espera de que mis instintos me guíen. Sobre mi cabeza, el cielo se tiñe de marrón cuando un dragón se eleva. Supongo que ese no es mío.
—¡Te juro que he visto a uno azul por allí! —grita alguien.
—No había ninguno azul en la lista de Kaori —le discute otra persona.
Se me queda en la punta de la lengua advertirles de que se dividan en cuanto una llamarada cruza los árboles que tengo a mi izquierda.
Salto detrás del tronco de un pino gigante y el corazón se me acelera tan pronto como las voces desaparecen. Un Rojo Cola de Escorpión entra en mi campo visual y contengo el aliento, consciente, por instinto, de que ese tampoco es mío.
Espero a que el dragón se marche y luego alzo la vista hacia las enormes ramas del árbol bajo el que me he refugiado. Estoy seguro de que a Violet le encantaría trepar por uno como este.
Y me ofrecería un punto de observación fantástico.
Rama a rama, asciendo por el árbol con el menor ruido posible, procurando no tocar la corteza áspera con la espada que llevo envainada a un costado.
Un dragón ruge en la lejanía, y lo sigue un grito, pero yo trepo con un solo objetivo en mente.
Si me entregara al miedo que atenaza mi corazón con la sutileza de un ariete, los dragones lo olerían.
Y los dragones no se vinculan con cobardes.
Las ramas se vuelven ralas y delgadas con los nuevos brotes, pero ninguna parece capaz de aguantar mi peso, así que planto los pies justo donde están y me agarro con ambas manos a la rama más fina que hay sobre mí antes de examinar el bosque.
Un caleidoscopio de colores inunda mi visión. Las copas de los árboles muestran los incontables tonos del otoño y las hojas ofrecen camuflaje a todos los dragones salvo a los azules y los negros, que este año se han abstenido de participar en la Trilla.
Las ramas se mecen en varios puntos del bosque, sin duda movidas por los dragones que acechan bajo el dosel.
Hay tres, no, cuatro columnas de humo y un fuego preocupante al este que claramente pide la atención de un manipulador del agua.
Un Verde Cola de Daga corta el aire hacia el oeste con un jinete que se aferra a la silla mientras el dragón bate las alas para ganar altura.
El mío aún está ahí, en alguna parte.
Cierro los ojos y escucho el martilleo de mi corazón con la esperanza de que me guíe hacia el dragón al que estoy destinado a vincularme, pero no hay nada. Ninguna atracción, ningún tirón. Ni siquiera el susurro de un estremecimiento. Solo una brisa caliente en la cara.
Mi plan brillante quizá no sea tan brillante, al fin y al cabo.
No habría estado de más que mi madre me hubiera ofrecido algún consejo o me hubiera advertido sobre...
algo, lo que fuera. El Parapeto. El Guantelete.
La Presentación. La futilidad de subirme a los árboles.
Debería anotar todas estas mierdas para que Mira no tenga que descubrirlas por su cuenta.
De repente, el calor se intensifica y abro los ojos.
El corazón me da un vuelco.
Un morro escamoso de una tonalidad siena flota a apenas dos metros de mi cara, escupiendo vapor a través de unas fosas nasales la mitad de altas que yo.
La nube de aire caliente me golpea el rostro un segundo antes de que el dragón incline la cabeza y me paralice con sus inquisitivos ojos dorados.
Los cuernos se le extienden hacia atrás desde la cara, pero no veo las puntas ni el resto del cuerpo; tiene la cabeza encajada entre las ramas de un árbol.
Se supone que debería apartar la mirada, bajar los ojos en actitud de súplica, retirarme sin invadir el campo de visión del dragón, pero no puedo. Es como si tuviera los pies pegados a la rama. Por primera vez en mi vida hago lo opuesto a lo que se espera de mí y lo miro fijamente a los ojos.
— Las copas de los árboles son para los pájaros. —Una voz ronca y masculina me inunda la mente—. ¿Eres un pájaro, Sorrengail?
—¿Qué coño...? —balbuceo; entonces sacudo las manos y me suelto de la rama.
Los pies me resbalan y el estómago se me revuelve cuando la gravedad reclama su premio y me caigo de la puñetera rama.
Me doy un golpe contra la rama de abajo y aleteo en busca de un punto de agarre, enganchándome con los brazos a la corteza resbaladiza por el vapor que antes pisaban mis botas y arañándome la piel desnuda del antebrazo.
Agito los pies en busca de apoyo mientras el dragón mueve la cabeza entre las hojas, al tiempo que bate las alas despacio para mantenerse estático.
— Por eso los humanos no deberían trepar a los árboles .
—¡No suelo caerme! —le grito sin lógica alguna cuando mis pies encuentran por fin una rama baja—. Y tú no deberías hablar con ningún humano que no sea el tuyo.
— Y tú no deberías mirar fijamente a los ojos a un dragón, y aquí estamos . —Ladea la cabeza como examinándome—. ¿Quieres que juguemos a un juego, mayor de los Sorrengail?
—No —respondo al instante, pero sigo sin ser capaz de apartar los ojos de él, henchido de orgullo—. Y me llamo Brennan.
¿Dónde está el verde predecible al que estoy destinado? ¿O el marrón sutil y escurridizo que me había imaginado?
— Tu apellido aún se impone ante tu nombre. ¿Por qué buscas a un dragón tan aburrido como tú? —me pregunta.
Joder, ¿acaba de resumir todos los problemas de mi puta vida? Un momento..., ¿cómo que aburrido ?
—No soy aburrido —replico bajando la mano de la rama que tengo encima y maldiciendo al verme el arañazo sanguinolento que me recorre el antebrazo—. Soy leal, inteligente y el mejor estratega de mi año...
— Y aburrido . —Las fosas nasales se le ensanchan al respirar hondo antes de que escupa otra nube de vapor—. No hace falta que me digas lo que ya sé sobre ti y que demuestres que tengo razón. ¿Tanto te pesa la sombra de tu madre que deseas vincularte a la misma raza que ella?
Abro y cierro la boca como un maldito pez.
— ¿No ansías un reto? —prosigue—. ¿Alguien que te suponga un desafío? ¿O acaso me engaña mi instinto? ¿He encontrado un dócil petirrojo en lugar del halcón astuto que buscaba? —El naranja entorna los ojos, aún flotando en el mismo sitio.
¿Instinto? Un momento: ¿este dragón me está eligiendo a mí?
— Si tienes que preguntártelo, quizá deberías replantearte lo que has dicho antes sobre la inteligencia.
Pero los naranjas son erráticos, quisquillosos y, lo peor de todo, impredecibles.
— Gracias, Sorrengail —responde.
Ignoro el ataque a mi orgullo y me río entre dientes, una respuesta del todo inapropiada durante la Trilla.
«Un dragón es sin duda el mayor regalo que puede ofrecerte un dios», eso me ha dicho mi padre.
Si este es el dragón al que tengo que dedicarle mi vida, ¿quién soy yo para rechazar un obsequio tan espléndido?
Y ¿no es irónico que el mejor consejo que me han dado para la Trilla provenga de mi padre, el escriba?
Respiro hondo y asiento, quitándome de la cabeza todas las expectativas que tenía para este día.
—Te seguiré el juego.
— ¿Y si ya he cambiado de idea acerca de ti? —Me muestra unos colmillos afilados y puntiagudos.
El pulso se me acelera, pero me mantengo firme.
—Si hubieras cambiado de idea, ya te habrías ido volando o me habrías calcinado.
— Piensa en todas las batallas que ganaremos con ese cerebro de gorrión que tienes. —Percibo una nota de entusiasmo en su voz que hace que me cuestione el insulto—. Si consigues encontrar tu asiento sin tocar el suelo, te aceptaré como mío.
—¿Y si no puedo? —le pregunto, calculando ya mentalmente la distancia entre el extremo de la rama y las fosas nasales que no deja de ensanchar.
— No quiero a un jinete que no pueda adaptarse a mi «impredecible» naturaleza. O te matas en la caída o comprobaré si esas plumas rojas ensortijadas tuyas arden o no.
—O sea, que no es tanto un juego como un ultimátum —le cuestiono saltando ligeramente sobre la rama para poner a prueba el movimiento ahí donde se estrecha, a más o menos un metro de su nariz.