El día de la Trilla (Empíreo 3.5) Brennan
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Brennan

Marbh: Naranja Cola de Daga

(Macho) Descendiente de la estirpe de Fhaicorain

— Compendio de los dragones , actualizado por última vez por el coronel Valin Kaori

Hoy es el día en que haré sentir orgullosos a mis padres, el día en que me convertiré en jinete, como hizo mi madre y como hicieron sus padres antes que yo.

Aunque también podría morir y ser la mayor decepción del linaje de los Sorrengail.

Joder, de verdad que espero que no.

No sé por qué, pero incluso la muerte se me antoja un destino preferible a que mi madre sienta que no tiene otra opción que cambiarme el apellido en la lápida porque no he estado a la altura.

Su familia es tan legendaria entre los jinetes que mi padre adoptó el apellido de ella cuando se casaron, a pesar de que el suyo era igual de célebre entre los escribas.

—¿Seguro que no quieres venir con nosotros? —me pregunta Flynn Ennis mientras los de primero se dispersan por el valle de la Trilla.

El chico, moreno y musculado, agarra la empuñadura de su espada corta como si el arma tuviera alguna posibilidad de protegerlo frente a un dragón.

A diferencia de Ennis, yo me he criado lo bastante cerca de Aimsir, la dragona de mi madre, como para saber que, si un dragón quiere matarte, ya estás muerto.

No podría importarles menos un arma más pequeña que una ballesta, y si te atreves a alzar una espada contra ellos solo conseguirás cabrearlos.

—Seguro. —Acompaño mi palabra de un breve gesto con la cabeza y le ofrezco una media sonrisa para aplacar el miedo que veo en sus ojos.

Pasamos la noche juntos hace unas semanas, pero no puedo permitir que nada de lo que siento por él me distraiga de los años que llevo preparándome para este momento.

Sobre todo cuando sé que está tomando una decisión estúpida—. Nos vemos en el campo de vuelo, Ennis.

—Nos vemos en el campo de vuelo, Sorrengail —responde él con un sutilísimo temblor en los labios.

Cuando se gira hacia un puñado de compañeros de mi pelotón, el grupo se marcha hacia el bosque de altísimos árboles.

Por los dioses, qué necios son.

Con el corazón en un puño, contemplo como desaparecen.

Es muy probable que no vuelva a verlos, al menos a alguno de ellos.

Están cometiendo un error al optar por la seguridad aparente de avanzar acompañados e ignorar el consejo del profesor Kaori de superar este reto por nuestra cuenta, pero no he conseguido convencerlos con nada de lo que les he dicho durante los últimos días.

Tratar de persuadirlos ahora sería un ejercicio fútil, y hoy no es el día para malgastar energías de forma innecesaria ni para perder el tiempo.

Las únicas decisiones sobre las que puedo influir son las mías.

Debo encontrar el árbol más alto y céntrico del valle y, allí, montar guardia mientras veo pasar por debajo a los dragones hasta que presienta la llegada del que está destinado a vincularse conmigo.

Es un plan sencillo y, con suerte, efectivo.

Debería estar aterrizando en el campo de vuelo dentro de una hora.

Percibo un movimiento con el rabillo del ojo y el corazón me da un vuelco cuando me vuelvo hacia la amenaza; giro la cabeza a la derecha en cuanto veo aparecer a una persona con el uniforme crema de los escribas por detrás del ancho tronco de un árbol, a pocos metros de mí.

—Los dragones aborrecen a las multitudes. Ha sido una buena decisión afrontar esto solo —me dice mi padre con un gesto de aprobación.

La luz moteada del sol se refleja en los hilos dorados de la insignia de comandante que lleva bordada en el hombro de la túnica mientras se acerca a mí con los brazos abiertos.

—¿Papá? —Apenas tengo tiempo de cerrar la boca antes de que me estreche en un fuerte abrazo y me dé palmadas en la espalda.

Me agarro a él e inhalo el relajante aroma a pergamino que emana de su uniforme, y algo dentro de mí se recoloca, me sosiega.

Puede que mi madre sea la firme columna de la familia, pero mi padre es el corazón—. ¿Qué haces aquí?

—¿Aquí en Basgiath? —Se retira y me obsequia con la sonrisa de oreja a oreja que compartimos, según afirma mi madre.

También tenemos el pelo del mismo tono anaranjado, aunque a él poco a poco le estén saliendo franjas plateadas y el mío tenga tendencia a rizarse, y unas narices rectas idénticas.

Cuanto mayor me hago, más me parezco a él, y no me importa en absoluto—. ¿O aquí en el valle?

—En los dos sitios. —Hay muy pocos escribas autorizados para entrar en el Cuadrante de Jinetes, pero absolutamente a ninguno se le permite presenciar la Trilla—. Pensaba que estabas en una misión en algún lugar clasificado.

Llevaba fuera desde mayo, algo que no es inusual porque es uno de los escribas eruditos que se dedican más al análisis histórico que a la recopilación de acontecimientos recientes.

Es famoso por desaparecer, algunas veces durante meses, primero para documentarse y luego para escribir, pero siempre trae consigo los mejores regalos del mundo.

—Volví en agosto. —Frunce el ceño—. Siento haberme perdido el Día del Reclutamiento, pero me negaba a dejar que comenzaras la Trilla sin verte.

Mi padre desvía la mirada hacia el bosque que nos rodea y respiro un poco mejor al comprobar que no hay otros jinetes a la vista.

—Me reconforta que estés aquí —replico—, pero las normas son bastante implacables, y si te pillan...

—Si obedeciera las normas, ya me habrían ascendido. No te preocupes por mí. Me arriesgaré con la nueva comandante del Cuadrante de Jinetes. —Su sonrisa se ensancha—. La flamante coronel siente debilidad por mí.

Me río entre dientes.

— Debilidad no es una palabra que yo utilizaría para describir a mamá.

Al menos no delante de ella. —Me cambia la cara, una libertad que no me había permitido desde que crucé el Parapeto en julio, pero no tengo por qué estar en guardia con mi padre—.

Solo la he visto suavizar el tono con dos personas del Continente, y si fracaso hoy, el número se reducirá a una.

—Eres su favorito, pero también siente cierta debilidad por tus hermanas, aunque vosotros no seáis conscientes. —Mi padre me da una palmada en el hombro y la expresión de sus ojos avellana se suaviza—. Y no fracasarás.

—No quiero decepcionarla —admito yo con un susurro—. A ninguno de los dos.

No ha habido un momento en mi vida en el que no haya sido plenamente consciente de los logros de mi padre o del respeto que infunde mi madre en todos los jinetes con los que me he encontrado.

No me importa cargar con el peso de sus legados, pero tampoco quiero que me definan, algo que es difícil de la hostia cuando he decidido llevar el negro de los jinetes.

—¿Estás enfadado por que no entrara en el Cuadrante de Curanderos después de pasarte tanto tiempo instruyéndome sobre plantas?

Mi madre, en cambio, se centró en enseñarme tácticas, como si siempre hubiera sabido que cruzaría el Parapeto.

—Jamás. Escúchame. —Mi padre se acerca a mí—.

No me defraudarías nunca, Brennan. —Niega con la cabeza y me busca la mirada—.

Tu integridad, tu compasión y tu ingenio te convierten en un hombre de un carácter excepcional, y cualquier padre estaría orgulloso de ti.

Tu madre estará que no cabrá en sí de la emoción cuando te vea aterrizar en el campo de vuelo, sea cual sea el dragón lo bastante sabio para elegirte.

Su única expectativa es que vivas, y creo que descubrirás que eso tiene mucho más que ver con que sea tu madre que con que sea tu comandante.

Nuestro corazón no soportaría que algo te ocurriera.

Asiento, tragando saliva para deshacer el nudo de emoción que amenaza con bloquearme la garganta.

—¿Cómo están Mira y Violet?

Mi madre nunca me da ningún trato preferente en el cuadrante, así que no tengo acceso a cartas ni noticias del resto de mi familia, igual que los demás cadetes de primero.

No me habría imaginado jamás que pasaría un solo día en que echaría de menos que mis hermanas pequeñas me tocaran las narices a cada minuto, pero las añoro. A todas horas. Echo de menos los pasos de Mira, siempre siguiéndome de cerca, y esa sonrisa que pone Violet cada vez que aprende algo nuevo.

—Una cabezona, y la otra peligrosamente curiosa, en ese orden. —Otra sonrisa le cruza el rostro mientras deja caer la mano—. Mira estuvo a punto de darle una paliza a Dain Aetos la semana pasada cuando Violet se cayó de un árbol que estaban escalando los dos.

—Es un poco sobreprotectora. —Una sonrisa me curva los labios, pero la pierdo deprisa—. ¿Violet se hizo daño?

Mi hermana Violet siempre ha sido más frágil que Mira o que yo. Es propensa a dislocarse articulaciones y a romperse huesos; sin embargo, la fuerza de su mente es excepcional.

Se oye un grito al sur y giro la cabeza hacia el bosque, pero mi padre apenas mira de reojo. El corazón se me desboca y, un instante más tarde, veo humo elevarse entre los árboles, llenando el aire con el aroma de un peligro inmediato.

Hay gente muriendo en la espesura, y yo estoy a punto de arriesgarme a padecer el mismo destino.

—Violet está bien, nada que no pueda repararse —me asegura mi padre arrancándome de mis pensamientos.

—Me alegro.

Gracias a los dioses que existen los reparadores. No es un don habitual, pero aquellos jinetes con el sello que les permite volver a unir lo que se rompe, como Nolon, son una bendición para mi hermana. Nos hacen falta unos cuantos más como ellos.

Un árbol se incendia en la distancia y la boca se me seca.

—Y ¿qué color esperas conseguir? —me pregunta mi padre como si hablara del tiempo.

—Me habría encantado un dragón negro, pero este año no hay ninguno dispuesto a vincularse.

Me inclino por uno verde, porque tienen una naturaleza más fiable, más razonable.

Seguramente sea más fácil diseñar estrategias con un dragón en el que confíes.

Uno marrón tampoco estaría mal. —Me paso el pulgar por la mandíbula—. Cualquiera menos uno naranja.