Capítulo 51 Historia omitida
El calor de la chimenea impregnaba la sala con una tibieza antigua.
Parecía que el tiempo se hubiera asentado allí para descansar.
Las llamas crujían con pereza dentro del hogar de piedra e iluminaban las estanterías atestadas de volúmenes encuadernados, frascos opacos y artefactos cuya función solo Bastius podría explicar.
Sobre la mesa, extrañamente despejada, descansaban platos de barro, cubiertos aún por paños humildes para conservar el calor, y un aroma delicioso se mezclaba con el humo de la leña e inundaba la habitación.
Las preocupaciones que cada uno cargaba se habían quedado fuera, en la puerta.
Deetra se inclinó hacia delante y escrutó con avidez infantil el contenido de las fuentes. La punta respingona de su nariz casi rozó el vapor, y sus ojos, mercuriales entre verde y gris, brillaron como si evaluaran un botín.
—¿Me pasas...? —preguntó, con la vista puesta en las salchichas y el labio inferior atrapado entre sus dos dientes delanteros, apenas más largos que el resto, como quien reprime un deseo travieso.
Egon extendió el brazo para alcanzarlas. Aquella velada había limado su gesto habitual de acero. Al pasárselas, a Deetra se le abrió la cara en una sonrisa amplia que le arrugó las pecas sobre el puente de la nariz.
Bastius se aproximó a la chimenea y, con una tosca manopla de cuero, extrajo una bandeja de barro. En ella reposaba un pollo asado de generoso tamaño, rodeado de patatas cortadas a rodajas, tomatitos pequeños, cebolla dorada y hierbas silvestres que aún conservaban un perfume tenue.
En un extremo, frente a Deetra, Juzaontux estaba sentado como podía en una de las sillas de madera, demasiado pequeña para su complexión.
Sus rodillas quedaban mucho más altas de lo habitual, y sus hombros sobresalían por encima del respaldo, similar a los de un gigante mal disimulado entre humanos.
Aun así, mantenía la compostura con dignidad,.
Mas cuando el profesor depositó la bandeja en el centro de la mesa, sus pupilas se dilataron como si hubiera visto un conejo saltar por los platos.
Sus fauces se entreabrieron en una mueca que, en otro rostro, habría sido una sonrisa; en él, la curvatura dejaba entrever dientes afilados, algunos cortos, otros más grandes.
La luz del hogar le iluminaba las escamas no cubiertas por su coraza y cota de láminas, y las dotaba de un brillo cálido que provocaba en ellas un cambio de color.
Renek observaba la escena con cierta fascinación.
El desorden de Bastius seguía presente, pero había en todo ello un cierto esmero: la mesa estaba limpia, las sillas firmes, las mantas dobladas en las esquinas...
Era un desorden ordenado, que transmitía una sensación hogareña.
Algo en aquel momento, el olor a leña, la familiaridad de las voces, el calor compartido, le resultaba conocido, como el eco de un recuerdo que aún no lograba alcanzar del todo.
Enfrente, Kida se mostraba menos vigilante que de costumbre.
Había en ella un atisbo de serenidad, una tregua breve entre deberes.
Sus manos descansaban abiertas sobre su regazo, y el trazo firme de sus labios carnosos parecía más relajado que de costumbre.
Lo cazó ojeándola, y hubo en ella una leve demora al posarse en él, un latido de más, antes de regresar su atención a Bastius.
El ermitaño se movía entre los comensales como un anfitrión improvisado mientras repartía porciones con torpeza afectuosa y pedía disculpas cada vez que rozaba una pila de libros o se topaba con un taburete desplazado.
Su túnica estaba manchada de tinta en varios puntos, y una quemadura reciente bordeaba el bajo del dobladillo, pero su rostro rebosaba satisfacción.
—Muchas gracias por todo esto, señor Bastius —dijo Kida, más mansa de lo habitual.
Los demás se unieron al agradecimiento, casi en coro, y él agitó la mano mientras se dejaba caer en su silla con un suspiro satisfecho.
—Bah, tonterías, ya ves tú. Gracias a vosoutros por venir a ver a este viejo gruñón.
Se aclaró la garganta con un carraspeo áspero y retomó la conversación que había dejado en suspenso antes de atender el pollo.
—Así que en Hiclaria hay cambios. Cambios buenos, por lo que decís. Pues me alegra oírlo, ya iba siendo hora, mmm.
—Sí —afirmó Kida—. Después de la guerra, era necesario. También se están reforzando los lazos entre las naciones de la Unión. Todo lo que pasó, sumado al resurgimiento de los nox..., lo hace necesario.
Bastius ladeó la cabeza y frunció los labios.
—Ya... Pues nunca fui muy partidario yo de esto de la Unión, mmm.
—Gellandyn me habló de sus reservas respecto a ello —respondió Kida con calma—. Yo creo que la Unión nos hace fuertes ante amenazas como Librark o los nox.
—Quizás sí, no lo sé —dijo, y se encogió de hombros—.
Yo ya estoy viejo, pero siempre pensé que, cuanto más disperso y descentralizado esté un territorio, más difícil es de someter —y al hablar, alzó la voz en palabras aleatorias, como si el énfasis se le escapara sin querer, lo que le daba un aire teatral y profético—.
Más difícil es prever sus movimientos, apoderarse de sus centros de decisión.
En cambio, cuando tienes un gran bloque...
todos te miran. Siempre eres el blanco. Eres grande y lento, mmm.
Kida se preparó para replicar, pero Bastius alzó un dedo.
—Las decisiones ya son demasiado lentas. Cuando lleguen las órdenes a las fronteras, los nox podrían estar tomando infusión en la Casa del Pueblo.
—También hay más recursos, más coordinación, más apoyo —contestó la arconte con firmeza—. Sadro se preocupa por su gente. Lo da todo por Hiclaria. Y cuenta con expertos como Reyo y Gellandyn.
—Ah... —dejó caer Bastius—. Supongo que no lo sabe, pero Reyo ha dimitido.
Egon irguió el semblante, ceñudo.
—¿El Ministro Reyo ha dimitido?
—¿Cómo lo sabe? ¿Y por qué? —preguntó Kida, con el gesto tenso de repente.
—Vaya, vaya... —murmuró, divertido—. No parece que estéis al tanto de las grietas de vuestra propia estructura, comandante y capitán, je, je, je.
—Las noticias tardan en llegar desde la capital —se excusó Kida con un deje de vergüenza.
Bastius captó las miradas serias de la mesa y se serenó.
—Precisamente —dijo, y golpeó con suavidad la madera con los nudillos—. Y eso que hablamos de la dimisión de un ministro. Imaginad cuando lo que se retrase sean las decisiones que afectan a la gente de a pie.
Entre frase y frase, se aclaró la garganta con ese carraspeo breve que le brotaba solo, igual que el repentino «¿qué?» que lanzaba incluso cuando nadie hablaba, como si pusiera a prueba la atención de todos.
Egon abrió la boca, pero él prosiguió sin darle espacio:
—Pero sí, dimitió hace poco. Me enteré por la ministra Daiarella. No le culpo. La política es una losa muy pesada que te consume. —Hizo una pausa y bajó la voz, casi en confidencia—. Y os digo algo: Reyo no es de los que se rinden. Nunca. Si ha dimitido... es porque algo está muy mal en el sistema.
Siguió un silencio. Deetra y Juzaontux, ajenos a las ramificaciones políticas, siguieron comiendo sin interrumpir, aunque sus ojos pasaban de un rostro al otro con creciente curiosidad.
Renek removió la comida en su plato, consciente de las miradas que en ocasiones se posaban sobre él.
Entonces el profesor se limpió las comisuras con un paño y se dirigió a él con una sonrisa afable.
—Y bueno, ya me ha contado la señorita Venden que los altos arcontes te han aceptado como discípulo. No es poca cosa. —Sus ojos brillaron con genuino interés—. Hace tiempo que no toman aprendices nuevos.
Lo miró y siguió removiendo la comida en su plato. La mención de su nueva condición le provocó un nudo en el estómago.
—Sí... Es emocionante.
—Se te nota, je, je. No cabes en ti de la emoción —dijo Bastius con tono sarcástico.
—La verdad es que no sé muy bien en qué me estoy metiendo.
Es todo muy confuso —confesó mientras se pasaba una mano por el pelo—.
Quieren que estudie con ellos, que aprenda sobre las disciplinas arcontes, que no sé ni qué son...
—Renek dejó la frase a medias—. Me siento como un niño perdido en medio de una conversación de adultos.
Una carcajada ronca brotó de la garganta del profesor.
—¡Ja! Pues imagínate yo, que llevo décadas estudiando y aún me pierdo en los acertijos de la vida.
—El comentario arrancó algunas risas en la mesa.
Incluso Kida esbozó una media sonrisa. Bastius dio un sorbo a su copa y se inclinó hacia delante—.
Los arcontes son así, muchacho. Y más aquellos que se aíslan y dedican su vida al estudio.
—Cómo usted —dijo Egon.
Bastius se acomodó en su silla, que crujió bajo su peso.
—Bueno, cada arconte es un mundo, por supuesto.
Yo me alejé de ello hace ya un tiempo. Yo ya cumplí un ciclo y ahora les toca a las nuevas generaciones tomar el relevo, mmm.
—Hizo una pausa pensando que alguien quería decir algo—.
Y lo de las disciplinas, es muy fácil. A parte de estudiar matemáticas, retórica, física, astronomía...
Estudiarás las seis artes ancestrales—continuó, contando los dedos mientras enumeraba—: elementación, vinculomancia, alteración, inmersión, ecodermia y, bueno...
distorsión. Esa última es difícil de explicar sin caer en la locura.
—Suena complicado... —murmuró Deetra.
—¡Bah! —Bastius agitó la mano—. Son como cualquier otra materia.
Necesitas estudio, práctica y dedicación.
Pero, si la señorita Venden está en lo cierto, y estoy seguro de que lo está, eres un joven capaz.
Lo entenderás rápido. —Volvió a inclinarse hacia delante—.
Aunque te advierto: cada alto arconte tiene una forma particular de enseñar.
Te harán sudar cada gota de conocimiento.