El Devorador de Virtud: el rostro que despierta (El Devorador de Virtud 1) Capítulo 50 Una tierra por escribir #2
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Capítulo 50 Una tierra por escribir #2

Las palabras se deslizaron como gotas de aceite sobre agua, suaves pero imposibles de ignorar. Recordó las numerosas ocasiones en que Guldan había tomado la palabra por ambos. Siempre sabía qué decir para complacer a todo el mundo.

—Claro que también entiendo a quienes se preguntan si esos gestos de humildad no esconden algo más —añadió, mientras hojeaba de forma distraída el libro abierto sobre su escritorio.

Se inclinó un poco hacia delante, hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta y sus pequeños ojos brillaron tras los cristales de los anteojos—.

Hay quienes usan la modestia como herramienta de manera muy efectiva.

Sobretodo cuando quieren dirigir la atención.

Las palabras de Monekin, aunque suaves, le provocaron un sabor amargo en la boca.

Rememoró las innumerables veces que Guldan lo había ayudado en los entrenamientos, cuántas noches en vela habían practicado juntos, su paciencia infinita mientras le explicaba los conceptos más complejos.

No, su hermano no era un manipulador. La rabia burbujeó en su pecho ante la mera sugerencia.

Se puso en pie con decisión.

—Mi hermano jamás ha buscado opacar a nadie —su voz salió más grave—.

Todo lo que hace lo hace por convicción.

Guldan siempre ha sido así. He entrenado con él toda mi vida.

He crecido con él. Lo he visto ayudar a otros cadetes sin buscar reconocimiento.

Se queda en el Santuario hasta tarde para asistir a los más jóvenes.

Su humildad no es una estrategia. Es quien es.

Mantuvo la mirada fija en Monekin, sus ojos duros como rocas. El reloj sobre el escritorio marcaba su ritmo. Notaba el pulso acelerado en las sienes, pero mantuvo la compostura. No iba a permitir que nadie, ni siquiera un ministro, manchara la integridad de su hermano con insinuaciones veladas.

El ministro le devolvió una mirada indescifrable. No entendía nada. Tenía el aspecto de un animal indefenso al que acababan de soltarle una bofetada. Malgo relajó la postura y adoptó una pose más formal y cordial.

—Disculpe, señor ministro —las palabras salieron más dóciles—. Solo quería decir que Guldan no necesita calcular nada. Sus acciones hablan por sí solas, y ha hecho mucho bien por mucha gente.

Monekin mostró las palmas abiertas en un gesto de conciliación. El movimiento hizo que su sotana azul ondeara con suavidad.

—No, no. Soy yo quien debe disculparse —expresó casi de manera paternal—. No me refería a... Me he expresado con torpeza y he herido sensibilidades que no pretendía tocar. Lo siento.

Malgo aflojó los puños, aunque la tensión seguía presente en sus hombros. El ministro se levantó y rodeó el escritorio, acercándose unos pasos.

—Observo desde fuera, y quizás mi perspectiva está sesgada por mi situación personal y lo que veo en las sesiones —continuó mientras se ajustaba las gafas con un gesto delicado—.

Tu defensa apasionada de tu hermano solo confirma lo que muchos dicen de los Chessan: la lealtad corre por vuestras venas.

El ambiente de la habitación cambió de forma sutil y se tornó más relajado.

—Mi única preocupación, Malgo, es que los logros de quienes trabajan duro reciban el reconocimiento que merecen. —Posó una mano sobre el respaldo de la silla vacía—. No pretendía sembrar dudas sobre Guldan. Solo me inquieta que alguien tan prometedor como tú pueda sentirse desmerecido.

La última palabra flotó en el aire cual pluma, casi imperceptible.

—Los jóvenes talentos como vosotros sois el futuro de la Unión. Y es una lástima cuando ese talento no brilla con toda su intensidad por malentendidos en los reportes oficiales.

Estudió al ministro, que ahora rodeaba el escritorio y se acercaba a una de las estanterías. Sus dedos recorrieron varios lomos hasta detenerse en un volumen delgado. Extrajo el libro con cuidado. De otra estantería inferior, abrió una caja y extrajo una pieza.

—Antes de que partas a tu próxima misión, permíteme hacerte un obsequio.

Siguió observándolo, expectante.

—Este es un regalo para la mente —dijo mientras extendía un grimorio reducido de ética comparada—. Contiene pasajes sobre decisiones complejas y dilemas de gobierno. Aforismos de varios autores antiguos.

Malgo tomó el libro, sorprendido por su peso ligero y el tacto suave de su cubierta.

—A veces no hay tiempo para pensar. Pero si lees esto hoy, quizás no tengas que dudar mañana.

No le hizo especial ilusión. Al contrario que su hermano, no era muy aficionado a la lectura. Leía lo justo para entender las lecciones y pasar las pruebas.

—Y este —prosiguió— es un regalo para el espíritu.

Volvió a extender la mano y le colocó un estuchito de cuero en las manos.

Curioso, lo abrió con cuidado. Dentro había un medallón con una cadena de plata.

El amuleto era bonito, tallado con extrema técnica, de un color bronce, con los relieves brillantes.

En el centro tenía una pequeña piedra negra, ovalada y brillante.

Obsidiana, con toda probabilidad. Quizás onyx.

En horizontal, la piedra tenía el aspecto de un ojo.

Colocado en vertical, junto al resto del cuerpo del amuleto, recordaba a la silueta de una araña. Malgo no podía parar de observarlo.

—Me gustaría poder decirte que se trata de una joya muy preciada, pero la verdad es que no tiene demasiado valor. Al menos no monetario. Tampoco es un medallón que se entregue por cortesía. Se entrega por potencial.

Eso último lo pilló por sorpresa.

—Lo recibí de un antiguo mentor, que en paz descanse.

Su posesión implica que el portador ha sido observado con interés —dijo, orgulloso, a la vez que la guiñaba un ojo y le dedicaba una sonrisa genuina—.

Llévalo contigo. Si alguna vez te sientes solo, confuso o incluso perdido; si alguna vez te preguntas si alguien observa más allá de lo superficial, recuerda que sí hay quienes observamos y apreciamos los actos de la gente capaz.

Se le hinchó el pecho y le empezó a temblar la mandíbula. Quería sonreír, pero se obligó a no hacerlo. Sus ojos se aguaron por unos instantes, pero tragó saliva e hizo retroceder esas lágrimas para evitar romper la compostura ante el ministro. Apretó el medallón contra su pecho y dijo:

—Gracias, señor ministro.

Monekin alzó los brazos y bajó la cabeza, como si le restara importancia al asunto.

—Hay muchos ojos puestos en ti, Malgo. Lander habla maravillas de tu progreso, y la ministra Gellandyn siempre destaca tu potencial en las reuniones del Consejo. Estoy seguro de que harás un buen trabajo. Buena suerte en tu próxima misión.

Fuera del despacho, se dio cuenta de que los obsequios que había recibido pesaban más de lo que aparentaban. No por su encuadernación, ni por la densidad del medallón, sino por lo que representaban: una entrega amable, un detalle por parte de alguien que no tenía por qué tenerlo.

Aun así, la voz del ministro, cortés, precisa, no cesaba de repetirse en su memoria.

¿Y si tenía razón? ¿Y si, sin proponérselo del todo, Guldan era un maestro del gesto oportuno, de la palabra exacta, del mérito que cae siempre del lado correcto de la balanza?

Le vinieron imágenes: su hermano inclinando la cabeza en un consejo, aceptando elogios con modestia, saliendo de la sala con esa elegancia natural que parecía fabricada para los ojos ajenos.

La esquina del corredor lo obligó a detenerse al casi impactar con dos trabajadores del Parlamento, que, después de superar el sobresalto, le saludaron con simpatía y le dijeron que habían visto a su padre allí hacía un rato, pero que había tenido que marcharse. Entraron en una de las salas.

Le vinieron a la cabeza los entrenamientos compartidos con su hermano.

Recordó la mano de Guldan sobre su hombro, firme cuando él flaqueaba.

Recordó la manera en que lo dejaba hablar cuando nadie más lo hacía, y cómo, en las noches de estudio en el Santuario del Ocaso, lo escuchaba sin prisa, sin juicio.

Guldan no acumulaba méritos para oscurecerlo o relegarlo a un segundo plano.

Caminaba con la misma determinación con la que uno se levanta cada mañana: sin querer demostrar nada, solo porque es lo que se debe hacer.

Se ajustó el libro contra el costado y un mechón rebelde de su cabello indomable le cayó sobre las cejas.

Lo apartó con un gesto distraído y reanudó la marcha, impávido, pero con las manos todavía apretadas alrededor del lomo de cuero.

Iban con él los ánimos de Lander, la atención sincera de Gellandyn, incluso el gesto de Monekin.

Y cómo no, el apoyo y amor de su hermano.

Iban con él como señales de un camino que aún podía escribir con su propia letra.

Y por mucho que algunas preguntas volvieran a rozarle la nuca, sabía que no todas merecían respuesta. Algunas bastaba con dejarlas atrás.