Capítulo 50 Una tierra por escribir
Recorría el corredor del ala oriental de la Casa del Pueblo con la presión de quien ha sido convocado y no invitado.
Intentaba mantener un compás firme pese al extraño nerviosismo que le cosquilleaba el estómago.
Ya no era el niño al que los colegas de su padre saludaban por ser su hijo.
Ya no era una simple extensión. Ahora era un ente propio, alguien a quien se citaba de forma expresa, no alguien al que se dirigían de rebote.
Al fondo, como un punto final inevitable, aguardaba el despacho de Monekin. La puerta, como la de los demás despachos, era de un color amaderado, con un patrón metálico oscuro que cruzaba la puerta en horizontal a la altura de los ojos y de las rodillas.
Se detuvo delante. Estaba entornada, abierta solo un par de dedos. Leyó la inscripción de la placa:
«Despacho ministerial: Ética y Moral»
Cuando estaba a punto de golpear con los nudillos, le llegó una voz elevada, áspera y cargada de impaciencia. No pudo evitar acercarse un poco más.
—No me vengas ahora con escrúpulos, Monekin —dijo aquella voz, grave y cortante—. Bastante he cedido ya.
Siguió un mutismo tenso, que derivó en una respuesta más baja.
—No son escrúpulos. Hay que ser prudente. Hay equilibrios que conviene no forzar. La opinión pública es volátil.
—La opinión pública se educa —espetó el primero.
—Estoy haciendo todo lo posible para que esto no escale —insistió, con un deje defensivo.
—No lo parece.
Se oyó el roce de una silla al desplazarse.
—El Consejo no es perenne. No olvides quién te sostuvo cuando tu nombre empezó a circular con demasiada ligereza —añadió—. Sería una lástima que terminaras como Reyo por una mala interpretación de tus... cautelas.
Siguió un silencio.
La puerta se abrió de golpe.
Retrocedió un paso, sorprendido, y se encontró frente a frente con Loblo. El ministro lo observó con una ceja alzada. Luego esbozó una sonrisa breve, sin calor.
—Señor Chessan.
Malgo inclinó la cabeza por puro reflejo.
—Señor ministro.
Loblo pasó junto a él sin añadir nada más. El aire pareció aligerarse cuando sus pasos se alejaron por el corredor.
Tardó un segundo en recuperar el pulso.
Inspiró por la nariz, se permitió un instante de pausa y golpeó con los nudillos.
—Adelante —dijo una voz templada.
El despacho no era severo, pero sí austero.
Estaba revestido con paneles de madera oscura, lisos, cuya única decoración era una cenefa esculpida en bajorrelieve.
El mobiliario era sobrio y funcional, casi todo en madera barnizada.
En el centro, un escritorio amplio y sin ornamento sobre el cual reposaban tres objetos: una pluma de hueso blanco, un libro abierto y una especie de aparato con un péndulo en constante movimiento que emitía un sonido repetitivo tipo tictac.
Las estanterías que ocupaban la pared izquierda albergaban volúmenes de lomo uniforme en tonos apagados.
En la pared del fondo, entre dos estanterías altas, colgaba un único cuadro.
No dominaba la estancia, pero tampoco se perdía en ella.
Representaba una extensión de terreno plano, sin caminos ni asentamientos.
Una llanura pálida bajo un cielo negro. No había montañas, ni árboles prominentes; apenas unas sombras difusas que podían ser arbustos, rocas o simples errores del pincel.
Lo más perturbador del cuadro era su quietud: no sugería ausencia, sino expectativa.
Como si esa tierra, todavía intacta, esperara ser escrita.
Monekin se levantó tras el escritorio. Vestía su sotana azul con su habitual banda blanca al sesgo y sus gafas circulares ridículas. Era un hombre menudo, de gestos cuidados y presencia tranquila, mas, en aquella ocasión, el pesar le velaba la expresión.
—Joven Chessan —dijo con cordialidad deliberada—. Me alegra verte. Por favor, toma asiento.
Obedeció. La silla, como todo lo demás, no ofrecía ni comodidad ni castigo: solo estructura.
Se sentó. Monekin volvió a acomodarse de nuevo en su lugar, apoyando las manos en los reposabrazos de la silla, como quien coloca una idea sobre otra sin que se derrumben, y lo observó por encima de sus gafas con una mirada que oscilaba entre la curiosidad y la admiración.
—¿Qué es eso? —Malgo señaló el aparato del péndulo con la cabeza.
—¿Esto? —estiró su brazo y posó la mano sobre el aparato —. Es un reloj de escritorio. Un regalo de un buen amigo de Dasteura.
—¿Un reloj? ¿Tan pequeño? —se extrañó—. ¿Y por qué no tiene cifras?
—¿Para qué quieres las cifras si ya conoces la distribución de un reloj? No es que las horas ni el tiempo cambien según quién los lea — bromeó, riendo de su propia ocurrencia.
Malgo se quedó pensativo mientras contemplaba el instrumento.
—Pero bueno, dime, Malgo —reinició mientras se recostaba en el respaldo de la silla—, ¿cómo llevas la doble marcha? Formación militar en la academia, adiestramiento arconte en el Santuario del Ocaso... Imagino que no deja mucho respiro.
Malgo se reclinó en su asiento.
—Las jornadas son largas. Es cansado, no lo negaré, pero es parte del proceso.
—Desde luego —asintió—. Aunque uno diría que semejante desgaste no es común en cadetes de tu edad. Exigir tanto a alguien tan joven... Yo lo confieso: no sería capaz ni ahora ni a tu edad. Pero tú no eres un joven cualquiera.
—Mis mentores e instructores dicen que progreso bien.
Monekin ladeó la cabeza y saboreó la frase.
—«¿Bien?» —repitió, como quien encuentra una joya pequeña donde esperaba una gema mayor—. Una palabra prudente. Yo me quedé boquiabierto el otro día en la arena. Le aguantaste bien el ritmo a tu hermano. Creo que incluso sufrió para bloquear algunos de tus golpes.
—Sí, aquel fue un buen combate —respondió con una sonrisa y orgulloso—. Noto mucha mejoría. Lander es un gran maestro y Guldan siempre está ahí para corregir mis imperfecciones.
—Eso no lo dudo. Los Chessan tenéis una inclinación natural a la adaptabilidad y a la resistencia.
Virtudes raras de ver en alguien tan joven.
Virtudes que, bien guiadas, pueden convertirse en faros.
Pero, si no se potencian... —hizo un gesto ambiguo con la mano—.
Oí el reporte sobre la misión en Kamarga y la emboscada en el Valle de Lec.
Notable actuación, Malgo. Enfrentarse a librarkanos experimentados, mantener la calma bajo ataque enemigo... No cualquiera lo logra.
El calor le subió por el cuello. No estaba acostumbrado a los elogios directos.
—Para eso me entrenan. Hice lo que debía hacer, como cualquier soldado.
—¿Como cualquier soldado? —Monekin arqueó una ceja—.
La modestia te honra. Pero permíteme discrepar.
He visto veteranos perder los nervios en situaciones menos tensas.
Además, «soldado» se queda corto para alguien a las puertas de convertirse en arconte.
Pero bueno, sé que la humildad forma parte de vuestro código, lo cual me parece exquisito.
Se levantó y caminó hasta la ventana, donde la luz del día iluminaba su perfil.
—Aunque... —su voz adoptó un tono más bajo, casi confidencial—. Me sorprende que La Voz de Hiclaria apenas te mencione. Tres párrafos dedicados a la brillante estrategia de Guldan, y tu nombre casi aparece como una nota al margen.
Malgo tensó la mandíbula. No lo sabía. No tenía la costumbre de leer el noticiero. Siempre se enteraba de los acontecimientos más importantes de una manera u otra.
—Mi hermano capitaneó la misión. Tiene más experiencia que yo. No sería justo que se me diera el mismo mérito...
—Por supuesto, por supuesto —lo interrumpió con suavidad—.
Hay razones de sobra para loar la labor de Guldan.
Es un muchacho excelente. Pero me pregunto si es justo que tu labor no se elogiara en proporción, si de verdad el noticiero refleja la realidad de lo sucedido en Kamarga.
Cómo Ministro de Ética, entenderás que me preocupe la credibilidad de los noticieros —hizo una pausa— ¿Cuántos eran?
¿Catorce? Y tú aguantaste por ti solo a tres de ellos que, con toda probabilidad, doblaban tu edad.
Eso se merece algo más que una nota al pie de página.
Su mente vagó por los recuerdos de Kamarga. La emboscada, el combate, la sangre.
—En realidad, Guldan tuvo que venir a mi auxilio…
La frase le raspó por dentro. Monekin captó el rubor en él y lo miró con compasión.
El rigor en la postura del ministro se aflojó.
Pareció que se quitara una capa de rectitud.
Regresó al escritorio y se sentó con menos ceremonia que antes, decidido a dejar a un lado el cargo para hablar, por fin, de igual a igual.
—Sé lo que es que te miren por encima del hombro, Malgo. De veras lo sé. Por desgracia, vivimos en un mundo que exige y no perdona. Me gustaría decirte que eso cambia cuando te haces mayor, pero te estaría mintiendo. Si acaso, la gente espera aun más de ti.
Permaneció callado.
—Sea como fuere —prosiguió—, yo lo veo una gesta digna de alabanza, incluso para un aprendiz de arconte.
Lamento que la sesión de ayer hiciera más hincapié en la pérdida del comerciante que en el conjunto de la operación, pero tu hermano defendió vuestro desempeño con una eficacia notable.
Con esa elocuencia, uno casi acepta de buen grado los costes inevitables.
Su estómago se retorció. Conocía bien esa habilidad de Guldan. La había presenciado incontables veces en las cenas familiares, en las reuniones con su padre, en los entrenamientos.
—Sí... tiene ese don especial —concedió, sin lograr que la alabanza sonara del todo sincera.
—Sin duda, se le da bien la oratoria —se quitó las gafas para limpiarlas—.
La manera en que maneja las palabras, cómo sabe con exactitud cuándo intervenir en una conversación y cuándo guardar silencio...
Es fascinante. Algunos en el Consejo comentan que está destinado a cargos más elevados.
Quizás en el cuerpo diplomático. Tiene ese tacto especial para manejar las situaciones delicadas.